En la oscura densidad del hayedo un caracol se encarama sobre una piedra. Las gotas, por las hojas, dosifican la lluvia. El caracol enlodado, en el follaje, resbala lento y ce. Recogido siente la humedad dle charco y asciende al borde de la pierda. Su sombra lo adelanta, el haz de luz cruza, desde el sol, este momento.
Categoría: el otro
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Al plegarse las alas de la mariposa observé: no son completamente iguales.
Un hombre que sólo se dedicaba a la poda O Castro (Orense), ya viejo, cayó enfermo el mes de brumario. Quedó, por primera vez delante de la ventana del hospital, corrigiendo, mentalmente, a los obreros públicos que hacían su trabajo en la capital... acariciaba una flor y juntó un montoncito de pétalos marchitos.
- De lo desconocido para mi enfermera desconocida.
Así se pasó el resto de su vida. Excepto cuando le venían a ver y comprobar, semanalmente, si estaba listo para la poda. Él se mostraba optimista, algo serio, para evitar comparaciones.
Tus amantes han tenido un oficio extraordinario en ti, mucho mejor que la constancia de tu marido. Aún conservas las poses de alguno y cuando miras de reojo sé que quisieras encontrarte un juguete. Por lo general me gusta la compañía y de recuerdos la cama no se hunde.
Te será extraño como quien me acompaña, pero entre tantos, sólo un par (y quizá no seamos ni tú ni yo) andamos buscando el acuerdo.
Llovía y se había dejado crecer el pelo. Todo un verano de calor y ahora, con las primeras lluvias, todo lo que se había imaginado no le impidió estar atento... como una cortina, también llovía.
Miraban cómo la llama se recogía, justo antes de levantar la cabeza y pensar en que se han acabado las grandes cosas. A partir de ahora van a mirar las estrellas ya sin detenimiento.
Era parte de un proyecto secreto para ensanchar su casa y quizá la ciudad. Hacía grandes extensiones de paisaje con fotos. Hizo un espejo con un balde de agua, lo sacaba al pasillo, al balcón para que reflejase las antenas y tiró fotos sobre ellos como si de los grandes lagos se tratase.
Al día siguiente una vecina, intentando bajar la basura, vio algo desagradable en ellos. Nadie salió al descansillo, pese a todo creyó haber gritado y ver cómo asomaba algo de ellos.
Usaba como baúl un tambor antiguo de detergente. Saca los aparejos de creación (conchas marinas, recortes de fotos, una muñeca sin una pierna) y se extraña de encontrar en él tantas botellas vacías que brillan y señalan a la fábrica de juguetes. Quien beba de este refresco pasará sed, se decía.
Y las apilaba en el alféizar. Imaginaba que, milagrosamente, un pájaro descendía de una nube, cagaba por el estrecho cuello de una, fermentaba el interior. De él, una mirada de padre severo le atendía y le daba la razón. Ya tenía con qué ganarse la vida e Ik podía largarse aplaudiendo la asimetría con la que debe estar construido el mundo.
- Cada uno se apañe con lo que pueda, me han dicho que la realidad no está.
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Sobre Mutas, muto, muta..
Sólo díganle que se ponga a un lado, más allá. El horizonte está bien, la mirada no descansa, pero se restituye, gracias por preguntar.
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