DOCUMENTAL DE TIM BURTON

Tim Burton, consciente del frenesí de los puertorriqueños por el consumo del azúcar, ambientó su Carlitos and the Donut Factory en Puerto Rico. No fue en la fría, sombría e industrial Londres donde se filmó la película sino en la simpática, luminosa y próspera ciudad de Caguas. La trama es sencilla: el relato de varios puertorriqueños ante el inminente momento histórico de la apertura de una fábrica de donas. De corte documental, la filmación comenzó el día antes de la apertura de la fábrica pues quiso registrar la psiquis de los puertorriqueños ante la tentadora oferta de recibir gratis una caja de donas semanalmente por un año. ¿Acaso el énfasis del documental fue en la tentación que suponen las donas para los puertorriqueños o la alegría de recibir un producto gratuito? Habría que verlo, pero lo más probable es que sean ambas cosas.
Para asegurar el éxito de su empresa, Burton diseñó un plan maestro de mercadeo. Legiones de Umpa lumpas repartieron el producto semanas antes para seducir a los clientes. Cuentan que en cada semáforo, centro comercial, escuela y centro de trabajo se estacionaban inmensas guaguas verdes atestadas de donas. Los Umpa lumpas con sus hermosos vestidos blancos y amarillos y sus simpáticas coreografías repartían donas a miles de puertorriqueños que embelesados accedían como corderitos al manjar. Puro oro azucarado, las donas son en sí mismas símbolo de nuestros deseos más profundos. Una vez una dona llega al paladar del comensal, no hay vuelta atrás, la adicción es inmediata. ¿Será el glaseado? ¿Será la textura crujiente de la harina blanca frita en aceite? ¿Será su sagrada redondez? ¿Será el hueco abismal? No hay manera de saberlo, pero lo cierto es que Burton logró su objetivo y miles de puertorriqueños se conglomeraron frente a la fábrica, algunos ilusionados de ser los primeros cincuenta clientes merecedores de la docena de donas semanal, otros resignados a probar una sola dona gratis. Pero todos, todísimos concuerdan: bien valió la pena. A las seis de la mañana, el rumor de los vítores y aplausos de los seiscientos clientes que se encontraban en la fila se oyó en Río Piedras. Ante el letrero fluorescente de “Hot Light” que indica el inicio de la producción diaria de la fábrica, todas las bocas presentes salivaron, los ojos lloraron y los brazos se alzaron al cielo. Dicen que algunos desfallecieron de tanta emoción.
Tim Burton no salía de su asombro, jamás pensó en el éxito de su documental. No estaba preparado para el tumulto que, apostado en las filas que cuidadosamente planificaron, se había congregado. Gente de todos tamaños, grosores, edades y colores siguieron llegando. Todos dispuestos, con su mejor sonrisa, a esperar lo que fuera necesario. Los productores tendieron una carpa, pensando que el sol caribeño y las altas temperaturas amainarían a los boricuas. Acomodaron divisores de metal para lograr una fila decente, querían evocar la experiencia Disney. Consideraron también lograr el efecto carnavalesco para lo que contrataron pleneros, la banda policial cagüeña, animadores radiales y televisivos del país. Hasta a la Gleri invitaron, quien, vestida con una versión más provocadora del atuendo de los Umpa lumpa, se dedicó a entrevistar a los presentes. Un gusano kilométrico en movimiento era esa fila. Hubo gente que después de su quinta hora de espera olvidaban momentáneamente su razón de estar allí, pero continuaban bailando, silbando, moviéndose con frenesí. Entonces, un Umpa lumpa se acercaba con una muestra gratuita del manjar, y el olor dulzón que despedía la dona, hacía entrar en razón a cualquiera. ¡Qué son cinco horas de espera! ¡A quién pueden importar 350 calorías! Una dona bien merece la pena.
Desde la carretera # 40 se podía divisar la fila de carros del autoexpreso. Había cartelones que indicaban, “si ha llegado aquí, le falta sólo dos, una, media hora para probar una sabrosa dona”. Una semana más tarde, aún puede apreciarse el tapón de autos en espera por las donas, según se corroboró ayer en la noche.
Dicen que para Tim Burton la experiencia de filmar el documental fue mística. Sabía de la generosidad y alegría de los habitantes de Puerto Rico, pero nunca soñó que su producción provocaría tanta euforia. En fin, ni su imaginación, ni su documental, podrán dar cuenta de la vocación para la fila, el azúcar y el cachete del puertorriqueño.
¡Que vivan las donas!
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Fernando dijo
Azucarrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr¡¡
Buen dia
22 Mayo 2008 | 09:49 PM