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Los terneros bicéfalos

Soy un periodista que huye de las noticias

Categoría: Retratos

6 Agosto 2008

Bronfman el brontosaurio

Entonces aparece Bronfman. ¡Bronfman el brontosaurio! ¡El señor Fortissimo! Llega Bronfman para interpretar a Prokofiev con tal ritmo y alarde que noquea mi morbidez y la arroja fuera del cuadrilátero. Tiene un torso macizo, es una fuerza de la naturaleza camuflada en una sudadera, alguien que ha entrado en el Cobertizo Musical al salir de un circo donde es el forzudo y que se sienta ante el piano como si fuese un desafío ridículo a la fuerza gargantuesca con la que se recrea. Yefim Bronfman no parece tanto la persona que va a tocar el piano como el operario de mudanzas que va a llevárselo. Yo nunca había visto a nadie tocar el piano como lo hace este judío ruso sin afeitar, bajo y robusto, como un tonel. Cuando terminó, pensé que deberían tirar el piano, pues lo machaca, no le permite ocultar nada. Todo lo que contiene el instrumento sale afuera, y sale con las manos en alto. Y cuando lo ha hecho, cuando todo ha salido, hasta la última pulsación, el pianista se levanta y se va, dejando atrás nuestra redención. Tras un garboso ademán, se marcha de repente, y aunque se lleva contigo todo su fuego, una fuerza no inferior a la de Prometeo, ahora nuestras vidas parecen inextinguibles. Nadie se está muriendo, nadie..., ¡no si Bronfman tiene algo que decir al respecto!

Philip Roth, La mancha humana

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6 Agosto 2008

Papirotazo

Emerjo de una siesta pleistocénica que me ha dado la impresión de que duraba desde la última glaciación hasta el presente (entiéndase el presente en el sentido convencional de los paleohistoriadores: año 1950 del siglo XX), me como una tajada de melón todavía aturdido por la digestión de la paella de pavo y leo a Gontzal, que escribe sobre los usos del papel periódico. Y le recuerdo en la redacción. Y me recuerdo en la redacción, leyéndole. Y me acuerdo de María Cuchillo, leyéndole y llamándome por la línea interna: "Lee lo de Gontzal". Y yo: "Lo estoy leyendo". "Es, es..." Y yo: "Ya, ya..." Y no sé qué fue de María Cuchillo. Sí, sí lo sé. Lo acabo de mirar en google. Es dircom de no se qué empresa óptica. Dircom. Tal cual. Hoy mi madre rescató un carné de prensa de aquella época, haciendo limpieza. Y me lo ha mandado. Y salgo con perilla, flequillazo y gafas de Povedilla. Yo entonces leía a Gontzal mientras le veía el careto, a tres ordenadores de distancia, donde los de Cultura. Yo estaba en Local, los de infantería. Miraba a mi derecha y veía al Buitre con su eterna cara de sueño, detrás estaba Santa fumando eternamente y detrás Gontzal, eternamente despistado y escribiendo algo parecido a esto:

Estoy tomando un café y un agua de Vichy con limón y pensando en mis cosas cuando el parroquiano de mi derecha se desploma y cae al suelo entre espasmos y espumarajos. Alguien me quita el periódico, lo dobla y se lo mete en la boca hasta que pasa la crisis. Me lo devuelve y compruebo la ferocidad del mordisco sobre la imagen de un presidente autonómico que, casualmente, aparece en portada. De todo ello saco conclusiones: los epilépticos lo tienen muy duro en la era digital.

Al día siguiente el ascensor se para centímetros antes de llegar a su destino. El vecino me quita el periódico y lo introduce, con portentosa habilidad, por una rendija: las puertas se abren. Me lo devuelve sin una mancha de grasa. Los que padecen claustrofobia lo tienen muy crudo en la era digital.

Al día siguiente aplasto una cucaracha rubia con el periódico. Desde luego poco he aprendido de las otras utilidades de la prensa, me digo mientras corto la agonía cucarachil con otro certero papirotazo. Las cucarachas han desarrollado toda clase de defensas ante los insecticidas, pero no frente al papel de periódico.

Al día siguiente contemplo, en la tienda de mascotas de la esquina, un perro enano que intenta morderse un rabo enano. En el suelo, convenientemente convertida en jirones de papel, está mi última entrevista realizada a Antonio Tabucchi, transformada en lecho canino y cainita.

Al día siguiente me pongo enfermo, tengo fiebre y sueño que unos señores vestidos de blanco quieren arrojarme a un contenedor azul de papel reciclado. Me quedo dos días en la cama. El domingo salgo a la calle y regreso con más suplementos dominicales de los que soy capaz de leer en mes y medio.

Dicen que cuando los pescateros dejaron de envolver su mercancía en papel de periódico, se pusieron las bases para el inicio de la era de la higiene digital. Parecía que al papel se le arrugaba el futuro, pero quizá es que carecíamos de imaginación. El papel periódico sigue manteniendo múltiples y extrañas funciones. A las ya dichas se suman, por ejemplo, limpiar cristales, limpiarse el culo, envolver un periquito muerto, hacer cucuruchos para la venta de castañas o correr delante de un toro en los sanfermines. Alguien dijo, y no fue el doctor House, que los periódicos no se mueren, los que se mueren son los lectores. Ustedes, supongo, están bien de salud. Me alegro. Sigan así.

Vía: La Verdad

Y he estado a punto de sentir una punzada de nostalgia. Pero he agarrado el periódico y me he arreado un papirotazo. Y ya.

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2 Agosto 2008

Réquiem

Yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur.
En la cena de los hombres quién sabe si mi nombre algo aún será:
ceniza en la mesa
o alimento para el vino.
Los bárbaros no miran a los ojos cuando hablan.
Como una mujer al fondo del recuerdo
yo soy un hombre muerto al que llaman Pertur.

Leopoldo María Panero
Tags: poesia

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2 Agosto 2008

Irati

Fotografía: Efe

El tipo no me interesa en absoluto: veinticinco muertes, veinticinco 21 años. ¿Aparecerá algún día en el libro Guinness? Fue sanguinario y sigue siéndolo, aunque ya no mate, por pura cabezonería, por vanidad. Pero yo solo veo al narcisista descomunal, al plañidero en huelga de hambre (mira lo que me hacen esos txakurras, mira qué flaquito me estoy quedando, pero mírame, ódiame, admírame, pero mírame, soy muy importante, estáte pendiente, mira qué sufrimiento sufro, es equiparable al sufrimiento que he hecho sufrir). Yo solo veo al que se autojustifica rebozado en su propia salsa de coleguitas que le aplauden, donde no hay ni un solo gramo de sentimiento de culpa. Veo al que se regodea mediáticamente, más chulo que nadie, terco, empecinado... Ese tío es un pobre hombre que rumia (y que me perdonen los bovinos), incapaz de conquistar una brizna de grandeza para rectificar o arrepentirse, un mierda sin un átomo de piedad que no me interesa en absoluto, que no me produce ninguna reacción, ningún pensamiento, a no ser que confundamos un pensamiento con un escupitajo.

¿Pero ella?

Escribió Leonard Cohen unos versos que siempre me causaron perplejidad:

Cómo asesinaste a tu familia
no significa nada para mí
mientras tu boca se desliza sobre mi cuerpo.

Ella es fascinante. A él solo lo puedes abordar desde el periodismo, no da para más... Pero ella... Meterse en su cabeza sería un ejercicio de alta literatura.

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2 Agosto 2008

Petrus

Petrus Aura,
el más remoto de mis antepasados
de que tengo noticia,
fue quemado al pie del castillo de Montsegur,
por hereje,
en el lugar que desde entonces se llama
Val de Chemé.
Con ello perdió la tierra,
los frutales,
el solar,
la mujer (también quemada),
y seguramente libros, manuscritos, actas,
y el cuerpo provenzal,
la vida entera.
Pero Petrus,
el más remoto de mis antepasados,
con sus hechos,
ganó su nombre.

Alejandro Aura (in memoriam)
Tags: poesia, obituario

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1 Agosto 2008

Edén bastardo

Fotografías de Donald Weber

Un día me dijo que en la calle Zawalna iban a vender caramelos y que, si quería, podríamos ponernos en la cola. El haberme dicho lo de los caramelos era un gesto muy hermoso, pero ya hacía tiempo que ni siquiera soñábamos con golosinas. Mamá nos dio permiso, y Orion y yo fuimos a la Zawalna. Había oscurecido y nevaba. Ante la tienda ya se había formado una nutrida cola de niños que se extendía a lo largo de varias casas. La tienda tenía echados los cierres de madera. Los niños que se encontraban al principio de la cola nos dijeron que no abriría hasta el día siguiente y que deberíamos esperar toda la noche (...)

El frío, crudo, gélido, penetrante, se volvió mucho más intenso que el que había hecho durante el día. A medida que pasaban los minutos, y luego las horas, se nos hacía cada vez más difícil aguantar a la intemperie. (...) En la mitad de la noche, alguien hizo fuego. Estalló una preciosa llamarada. Uno tras otro, corríamos hasta aquel fuego para calentarnos las manos, aunque solo fuera por unos instantes. (...)

Al alba, la cola estaba rendida de sueño. De nada habían servido las advertencias de que dormir a la intemperie helada significaba la muerte. Ya nadie tenía fuerzas para buscar ramas que echar al fuego ni para jugar al corro l a las cuatro esquinas. El frío, cruel, atroz, monstruoso, nos calaba hasta los huesos. No sentíamos ni las piernas ni los brazos. Para salvarnos, para sobrevivir a la noche, nos aferrábamos unos a otros con todas nuestras fuerzas. La cola se había convertido en una cadena frenéticamente soldada de la que se evaporaban los restos del calor (...)

Aún no había amanecido cuando llegaron dos mujeres envueltas en gruesos mantos y se pusieron a abrir la tienda. Un soplo de vida recorrió la cola. Soñábamos con montañas de caramelos, con maravillosos palacios de chocolate (...) Nos lanzábamos todos hacia adelante aprejutándonos unos contra otros para calentarnos y para poder comprar algo. Pero en la tienda no había caramelos ni palacios de chocolate. Las mujeres vendían latas de caramelo vacías. Una por cabeza. Eran unas latas grandes y redondas que tenían pintados en las paredes unos bravucones gallos de colores y la inscripción en polaco: E. Wedel.

Al principio nos sentimos defraudados y llenos de angustia. Orión se echó a llorar. Pero cuando nos pusimos a examinar de cerca nuestro botín, una gran alegría empezó a apoderarse de nosotros, pues vimos que en las paredes de las latas se habían conservado dulces restos, unas minúsculas migajas de colorines, una escarcha espesa que olía a fruta. Al fin y al cabo, nuestras madres podían hervir agua en aquellas latas y así obsequiarnos luego con una bebida dulce y aromática.

Ryszard Kapuscinski, El Imperio

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20 Julio 2008

Piernas azules


Naufragios en la noche. ¿Qué creéis que había al otro lado de la barra? Deseo y ansiedad en las miradas vidriosas de los hombres. No quise mostrarlo. ¿Se sentía sola? ¿Y ellos? Soledades enfrentadas.

Carlos Carrión, Ojo público

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19 Julio 2008

Kitty Wu

Por comentarios de la charla, deduje que era bailarina, y no había duda de que la camiseta de los Mets le sentaba mucho mejor a ella que a mí. Era difícil no sentirse impresionado, y mientras ella seguía charlando y riendo con los otros, yo le lanzaba miraditas de reojo. No llevaba maquillaje ni sujetador, pero al moverse producía un constante tintineo de pulseras y pendientes. Tenía unos senos bien formados y los exhibía con admirable despreocupación, sin hacer ostentación de ellos ni fingir que no existían. La encontraba muy guapa, pero más que eso me gustaba su forma de estar, el hecho de que no parecía paralizada por su belleza como les ocurre a tantas chicas guapas. Tal vez fuera la libertad de sus gestos, la naturalidad y pragmatismo que notaba en su voz. No era una niña mimada de clase media como los otros, sino alguien que sabía moverse por el mundo, que había aprendido cosas por si misma. El hecho de que pareciese complacida por la proximidad de mi cuerpo, que no rehuyera el contacto de mi hombro y mi pierna, que incluso permitiera que su brazo desnudo tocara el mío, todas estas cosas me llevaron al borde de la tontería.

Paul Auster, El Palacio de la Luna

Francamente, me gustan las tetas de Kitty, aunque el traductor diga que son senos.

Tags: literatura

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Cuando los zapatos aprietan, buena señal. Algo cambia ahí, algo que nos muestra, que sordamente nos pone, nos plantea. Por eso los monstruos son tan populares y los diarios se extasían con los terneros bicéfalos. ¡Qué oportunidades, qué esbozo de un gran salto hacia lo otro! Julio Cortázar



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