Un pequeño indicio, a veces, se convierte en un descubrimiento imperceptible.
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En mi última visita a Lisboa vi que en las estanterías de la pequeña y maravillosamente bien surtida FNAC del Chiado un rostro extrañamente familiar dirigía su mirada, atenta y perdida, al infinito que se abría a mi espalda. Junto a esa máscara blanca, una pegatina de oferta con un precio irrisorio marcado.
No me compré aquel cd pero, en cierto modo, sí que me lo llevé a casa, a la habitación del hotel; sí que lo llevé conmigo. Tras aquel encuentro casual, empecé a prestar la atención que merecía, que merece, un talento único y mayúsculo, como lo fue -y la huella queda- el de KlausNomi.
Recuerdo ahora, vagamente, mirar sorprendido su rostro maquillado de blanco absoluto, el pelo peinado en dirección al cielo, y sus vestidos operísticos y casi imposibles, ver aquella imagen en alguno de los libros de fotografía que había en mi casa.
A Nomi lo habían retratado cantando y posando. Se había convertido en un estrafalario icono de cierto underground neoyorquino de finales de los setenta. Ahora sé que, bastante antes, había influido profundamente en DavidBowie, quien, en gran medida, se había encargado de transmitirnos la imagen y la bizarría sexual casi eterea de Klaus Nomi, y también su impronta musical, pasadas por el genial filtro bicolor de los ojos de -entre otros- AladineSane.
Klaus Nomi fue un enamorado y un amante de la Ópera, escrita con mayúsculas porque, aquí al menos, se trata de una categoría universal. Además, fue un ser humano casi de ficción y con una voz como de otro universo. Fue capaz de jugar con los estilos y las fórmulas de la música popular, y aliar, y alear, pop, música de cámara, electrónica y hasta los suspiros más subterraneos de una escena tan brillante y malhadada como fue la de NuevaYork cuando terminaban los setenta y comenzaban los años ochenta, los del Sida.
Además de todo lo anterior, Klaus Nomi fue un hombre tan terreno que no pudo escapar a su cuerpo, ni siquiera mediante esa vía abierta a lo celestial que nacía en su garganta.
Su cuerpo enfermó de Sida y Klaus Nomi murió, muy joven, a los 39 años.
Murió seis meses después de dejarnos para la posteridad, para siempre, los que sigue:
Seis meses, en la vida de un ser humano, es tan poco tiempo...
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Durante esta sobrecogedora interpretación del aria 'The Cold Song', de Purcell, a Nomi parece faltarle el aire en ocasiones. Y la letra de la canción pide, por él, más aire, aire frío, congelado y que lo congele a él.
Es una inexplicable maravilla, otra: una canción compuesta para simular el frío más gélido, interpretada de tal manera que ese frío se siente. Y a la vez, su belleza reconforta; lo que debe de ser alguna suerte de calor.
Klaus Nomi murió seis meses después de esta grabación. En el momento de la actuación, él ya conocía su enfermedad, ya sufría los primeros síntomas de debilitamiento, pero nada se sabía fuera de su círculo más cercano. En realidad, muy poco se sabía aún en el mundo sobre la terrible plaga del Sida que, en aquellos años, asolaba también el mundo más desarrollado.
Para cuando se fijó este momento, el de la canción, la actuación, entonces... la muerte de Nomi era ya un hecho cierto. Y ante ella, él, lejos de dejar que el escalofría de semejante certeza lo congelase, prefirió compartir sus temblores, y su amor, como siempre lo había hecho. Y quizá, dejar temblando a unos cuantos de nosotros. Al menos, a los que lo conocieron y a los que, años después, hemos tenido la afortunada casualidad de encontrarlo y... entonces, descubrirlo.
Ya ni me acuerdo qué iba a escribir. Pero sí, iba a ser algo sobre Astrud, que fueron un tiempo Stardu. Ahí están las primeras canciones para acreditarlo. Cuando Austrohungaro aún no era Austrohungaro. En realidad, aunque todo esto parezca un juego de palabras... lo es.
Todo es un juego de palabras. Al menos, todo -o casi todo; ya empezamos con las excepciones- lo que se refiera a Astrud.
Y esto ¿a qué viene?
Es difícil saberlo.
Igual sólo es que el que escribe estas líneas tiene la cabeza muuuy agitada tras varias semanas de excesos laborales -los excesos, dicen, nunca son buenos; los laborales, sin duda no lo son en absoluto-.
En fin, que antes se me había ocurrido un post excepcional sobre Stardu/Astrud, y ahora sólo estoy pariendo una serie de líneas, una tras otra, bastante llenas todas de digresiones -o sea, más difíciles de leer seguidas- y en cierto modo carentes de contenido. O, más bien, en modo cierto carentes de casi cualquier contenido.
Porque sí, hay un contenido, pero ¿cuál?
Astrud.
O Stardu.
Ese es el contenido.
Y todo esto es en verdad excepcional. O lo será, espero.
Una excepción porque, imaginate -¡tú!- que lees esto, o algo parecido, cada vez que entras en el blog.
Esto no es prosa experimental. No no no nonó.
Esto es otra cosa.
Esto es un truño.
Y Astrud, en cambio, es algo maravilloso.
Y Stardu también, aunque algo menos.
¡Amén!
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¿Cuántos posts que no van a ningún sitio hay publicados en el webloglapidario?
Últimamente así es -en mi post anterior, en las pélículas del fin de semana, en la cúpula de muchas empresas y también de esas empresas que se hacen llamar "partidos políticos"; los zombies aparecen en canciones, de Alaska, de Los Vegetales, en montones de canciones de psychobilly, hasta en un relato de Roberto Bolaño, creo recordar; los zombies tienen caspa y nunca van a la peluquería-.
Últimamente, los zombies te los puedes encontrar hasta en la peluquería, supongo. Yo voy poco.
Lázaro fue el primer zombie.
Elvis es un zombie, y está por todas partes.
El polen de Madrid es polen zombie.
La comida que comemos es, más que nunca, comida zombie.
Los zombies nos sobrevivirán -o sobremorirán- a todos.
Lo que me lleva, inevitablemente, a repicar el vídeo que he publicado hoy en mi video-log:
En un reportaje muy interesante sobre la calidad del aire en Madrid se mostraban al detalle dos partículas de polen. Una de campo y otra de ciudad, de esta ciudad donde vivo y que me hace llorar (y moquear).
La de campo era algo vegetal, redondo, limpio, algo que parecía vivo o parte de la vida.
La de Madrid era un amasijo abominable, un cadaver, casi un zombie cinematográfico, sin rostro. Sobre la esfera de polen había pegados mil residuos de suciedad, había paredes erosionadas por quién sabe qué veneno, el color de esa bola inmunda estaba directamente sacado de una nube de humo tóxico, de smog, de polución densa.
Uno podría, también, llorar de miedo sólo con ver eso, con pensar en eso entrando por el tabique nasal.
Aunque bueno, a los que deciden sobre la vida de los demás no les es ajeno meterse por la nariz cosas peores; o mejores, si de lo que se trata es de dejar de ser capaz de llorar.
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Cambiamos aire por polución. Y, en general, vida por muerte, es decir, lo inaprensible e incontable, la vida, por cualquier otra cosa, cuantificable y equivocada. No obstante, la esperanza de vida se amplia.
Cuando nos muramos, nos habremos curado de mucho más padecimientos de los que nunca conoció ser humano antes. Y habremos sido alérgicos (casi) todo el tiempo. Y lo habremos sido todos.
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La famosa frase dice, aproximadamente, que sólo cuando se haya secado el último arroyo, marchitado la última flor y, por ejemplo, asfixiado el último animal, entonces nos daremos cuenta de que el dinero no se puede comer.
Bueno, es una gran frase apóloga. Pero habla del Apocalipsis.
Yo no creo en el Apocalipsis, pero sí creo en el desastre ecológico. Y, antes de que llegue ese apocalipsis, ya hará tiempo que hemos convertido la vida en una mierda, irrespirable, vida alérgena, cancer flotando en una nube aire de mierda.
Igual hay que llorar porque, como no llega el Apocalípsis, las personas no somos capaces de ver claro. De ver más acá de nuestra nariz.
Y gris, y color carne -blanco rosado-; y color castaño, la melena. Y las zapatillas blancas, negras y plateadas como sólo unas zapatillas de correr pueden serlo.
Dentro de unos minutos estaré corriendo, espero, como un rayo. Por entre los truenos y relámpagos que acuchillan la noche del sábado, en la ciudad, cuando el calor cae plano y, más que llegar la primavera, pareciera que nos cambian las estaciones de dos en dos, como si uno da una cabezada y ¡zas! Se pasó de estación, sí. Si no fuera por el polen, claro. Los estornudos dicen "es primavera". Y en fin, yo no la paso, al menos hoy, interior noche, escuchando y viendo a Triángulo de Amor Bizarro, como pensaba. ¿Por qué? Pues puede que por la astenia, que es algo así como "qué gan-astenía de escribir una parrafada"... como esta.
Aunque la pasaré, sí, dentro de muy poco -exterior, noche- correteando como un rayo, verde menos el amarillo, o sea, sobre todo azul, por entre los truenos y relámpagos de mi humor, por evitarlos, saldré a correr. Por anticiparlo, dejo escrito esto.
Por dejar escrito esto no falto al concierto. Falto porque, cuando estoy cansado, cansarme más, corriendo, es mejor que hacerlo de pié, aun incluso en uno de mis conciertos soñados -Triángulo..., en la Sala Caracol; y además gratis-, y si escribo esto no es por nada de lo que he (no) dicho antes, sino por lo que (no) digo ahora.
¿Justificarse? ¿Quién ha dicho eso?
En fin, que ahora salgo, a correr, que quizá nos encontremos.
Si no, mientras, aquí se queda esperándonos un vídeo. ¿De Triángulo de Amor Bizarro?
No, aunque podría ser, porque es un montaje -bastante inspirado- de imágenes caseras, azoteas, gatos. Algo hermoso. Y lo mejor, sí, la canción.
El 'Rayo Verde' de Eric Rohmer, digo, del Sr. Chinarro.
Hay días en los que uno queda más expuesto a que la belleza y la fealdad del mundo le hagan daño, le iluminen, le duelan y le den la vida.
Entonces, las frases ingeniosas que uno intenta componer y callar, tratan sobre la inanidad y el amor. La música resuena constatemente, como debe ser, profana y espiritual. Los materiales que nos sostienen muestran sus costuras, las marcas del tiempo en ellos. Los ojos pican, puede que lloren.
Sigo leyendo ese libro maravilloso del que hablaré. Y sigo compartiendo mi vida con personas conocidas, y el mundo con personas anónimas; y mi intimidad conmigo mismo y con alguien más, y ella conmigo. Esa es la mayor suerte.
Al salir del metro, las últimas líneas que he acertado a leer se han convertido en dulce picor, casi en lágrimas. La literatura, las ideas justificadas, bien expresadas, no puedes dejar de ser emotivas, ni pueden llamar sino a la rebelión. Porque las cosas de diario, normalmente, desgraciadamente, tienden más a la inercia y, si uno se descuida, a la opresión.
Esta semana he leído, en otra parte, que lo que nos despierta y pellizca tan bien, lo que hace es volvernos muy pequeños.
Y es que en realidad somos pequeños, y limitados, y nos vamos desgastando a una velocidad directamente proporcional a las bocanadas de vida que queremos tragarnos. Y nuestra eternidad no depende más que de sabernos sentir pequeños, sabernos dejar desgastar, extendernos hasta el extremo de nuestras limitaciones, tragar cielo y mar, y limar aristas con besos, o algo así.
Quizá también ayude dejarse elegir por el azar, y nos caiga un rayo de música y palabras, en el momento justo, y justo allí, en el lugar en el que, sobre nuestra pequeñez, de pronto se pone a girar el mundo.
Ya me pasó. Y hoy me ha vuelto a ocurrir con la misma melodía.
Pero, por alguna razón yo he querido pensar en otra. En las ganas de bailar, en las ganas de dejar que hasta la piedra se piense inmutable, mientras uno se deja cachos tiernos de existencia enganchados en las aristas del día; mientras el otro, llegada la noche, llena esos huecos con sus manos, con el calor de su costado, y los recompone; y, antes de que cuadren lúgubremente las cuentas, desbarajusta la certidumbre regalando a su ser amado un día más, de caduca y esplendida eternidad. Lo que tenemos, lo que nos queda, lo que debemos y más, mucho más de lo que podemos pedir.
El infinito, hoy, no es sino la suerte de saberse amado.
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Para evitar, en un ataque de pudor, mandar al limbo todo lo anterior, borrarlo o dejarlo como un borrador que nunca publicar, quiero pegar un vídeo a continuación. Que trata de baile, de carne y columnas de marmol, de luz y de voz -¿la segunda voz más bonita del mundo, ex aequo con la de Beirut?-.
Tengo más de lo que lo que podría soñar. Quiero merecer lo que tengo.
Y tengo la suerte de -sin necesidad de que otro pierda nada- querer yo algo más.
¡Quiero bailar!
:-)
Lo que ocurre es que, cuando una cultura, con sus usos y costumbres, se va extinguiendo, los que la vivieron -y vivieron en ella los mejores años de sus vidas-, esos van a sentir -y creen pensar razonablemente- que con el final de ese tipo y estilo cultural coincidirá el Apocalípsis, el fin de toda civilización.
Lo que pasa es que no solo las modas pasan: nuestra herencia y hasta nuestro fundamento es como una moda, más duradera; pero pasará igual, por mucho que la sintamos eterna. Y la humanidad se quedará con lo siguiente, sin importarle demasiado si nosotros pensamos que se trata de un avance o, más bien, de una pérdida.
La humanidad seguirá viviendo, abriendo espacios, o bien atrincherándose entre montañas de basura.
Nosotros pasaremos, y el Apocalípsis, que parecerá a punto de volver a acontecer al final de cada época, seguirá y seguirá volviendo, para aplazárse cada vez.
Y así.
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[Hoy, en el unvlog lapidárico, un vídeo de otra época: Los Ángeles]
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