Tenía muchas cosas que decirte desde hace tiempo, pero ahora que me pongo a hacerlo, no sé por dónde empezar. Lo había imaginado de otra forma, tú y yo, frente a frente, clavándonos los ojos… pero supongo que el miedo me ha podido una vez más.
Tú no me conoces, me ves todos los días pero sin mirarme. Para ti soy sólo una voz que pasa a tu lado por las mañanas. Siempre digo “hola”, a veces me respondes y a veces no, depende de lo ocupado que estés en ese momento. Pero a mi no me importa, a la mañana siguiente vuelvo a trabajar con la misma sonrisa, con las mismas ganas de verte, con el mismo “hola” en mi boca.
Voy a mi sitio, y en los escasos veinte pasos que hay desde tu sitio al mío, me da tiempo a imaginarte volviéndote, y llamándome, y preguntándome mi nombre… pero el poder de la mente no es suficiente, y esto nunca ocurre, así que sigo imaginándolo cada día.
Te observo durante ocho horas. Veo tu espalda, que sin tocarla cada vez la siento más mía… y veo tus manos, esas manos que teclean el ordenador con una destreza que no se si es real, o simplemente está en mi cabeza, unas manos que aunque tú no lo sepas han recorrido mi cuerpo mil veces, en mis sueños, en esos breves momentos en que la felicidad llama a mi puerta y la dejo pasar.
Me imagino cómo será tu vida, probablemente tengas una esposa guapísima, a lo mejor incluso tienes hijos, y una casa en la montaña, y un todo terreno… Seguro que eres feliz cumpliendo con lo cánones que la sociedad nos ha impuesto.
Pero nadie, absolutamente nadie, te puede querer como yo lo hago. Daría mi vida por hacerte feliz, porque cada mañana te levantaras con una sonrisa, porque no volvieras a decir “te quiero” por inercia, porque lo sintieras, porque lo sintieras de verdad, porque lo sintieras tanto que te quemara en la boca…
Tú no lo sabes, pero yo se que estoy en este mundo para ti, que te pertenezco, que no puedo ser de nadie más…
Hoy habrás llegado al trabajo con tu traje gris de los viernes, con la camisa azul y esa corbata a juego que alguien habrá elegido por ti. Te habrás sentado y habrás visto una carta sobre el teclado de tu ordenador. Ahora la estarás leyendo y estarás intentando poner cara a ese “hola” que has escuchado tantas mañanas, y estarás nervioso, querrás saber quién soy aunque sólo sea por curiosidad… pero ya será demasiado tarde.
Mi vida sin ti no tiene sentido, y la tuya conmigo supongo que tampoco, así que me voy.
No quiero que te sientas incómodo, necesitaba escribir esta carta porque las palabras me estaban matando dentro, necesitaba sacarlas, escupirlas, gritarlas… y desearte que seas feliz, una felicidad infinita, aunque debes saber que no tendrás a la persona que más te quiere a tu lado.
Se puede decir “te quiero” de muchas formas, yo te lo digo de la forma en que lo siento: ME DUELES EN EL CORAZÓN.
Sólo una última cosa, fíjate en todo lo que tienes a tu alrededor, déjate sorprender, mira, observa, y siempre, siempre, contesta mirando a lo ojos a quien te dice “hola”.
Si cierras los ojos lo puedes ver.
Mi padre siempre me decía eso cuando leía un libro. El ejercicio consistía en leer un capítulo y cerrar los ojos... inmediatamente las imágenes se proyectaban en tu cerebro y todo lo que habías leído comenzaba a cobrar vida. El hecho de leer se convertía en una auténtica aventura.
Los años pasaron y dejé de hacer este ejercicio, seguía leyendo libros, pero ahora las aventuras eran de sus protagonistas, aventuras que poco a poco dejaron de tener forma. El tiempo era demasiado valioso como para perderlo haciendo ejercicios absurdos. Mi vida comenzó a ser monótona, no había lugar para la sorpresa o la improvisación. Las cosas no iban especialmente bien, pero tampoco iban demasiado mal, así que me crucé de brazos y comencé a observar cómo pasaba la vida en vez de sumergirme en ella.
Hace unos meses conocí a alguien especial. Comencé a valorar otras cosas, y aprendí que hay que seguir jugando (que no es cosa de edad, que en el momento en el que dejamos de jugar estamos perdidos).
El otro día me estaba tomando un café y me dio por observar a la gente. En la mesa de al lado estaba sentado un señor mayor, leía un periódico deportivo y fumaba tabaco negro. Cerré los ojos y le imaginé en su casa, sin hablar con su mujer, viendo la tele... y esperando a que llegara el único momento emocionante de la semana, el partido de los domingos. Observé a la gente que estaba a mi alrededor. Me di cuenta de que había empezado a cerrar los ojos otra vez y eso me gustaba...
Ese mismo día, cené con ÉL. Terminamos de cenar, hicimos el amor y nos quedamos dormidos. Esa mañana me despertó con sus besos y se metió en la ducha. En ese momento cogí mi libro preferido, y después de desayunar, cuando nos estábamos despidiendo, le di el libro y le dije: “no te olvides de cerrar los ojos”.
Entendió perfectamente lo que quería decir, y fue en ese preciso momento cuando me di cuenta de que era la persona, que sin yo saberlo, había estado esperando toda mi vida.
Había decidido dejarlo todo, su familia, sus amigos, su novio, su trabajo... Vendió su estudio en el centro de Madrid, y decidió comprarse un apartamento en la costa.
La relación que tenía con su familia no había vuelto a ser la misma desde que su hermana pequeña muriera. Iban las dos en el coche, y aunque ella no era la que conducía, se sentía culpable... se sentía culpable por haber sido ella la que sobreviviera a aquel accidente, y sin quererlo, esa culpabilidad la proyectaba a los demás. Sus padres nunca le habían dicho nada, pero ella se sentía mal, tremendamente mal cuando iba a casa y ella no estaba, así que había dejado de visitarles con la asiduidad con la que lo hacía antes. Sólo se veían en ocasiones señaladas, por cumplir, así que pensó que no lo pasarían mal con su ausencia.
Sus amigos estaban ahí, con ella, siempre lo habían estado, pero cada uno tenía su vida y ya no era como antes. Quedaban de vez en cuando, pero ella se daba cuenta de que cada vez tenía menos en común con ellos, cada vez tenía menos que contarles, así que pensó que no lo pasarían mal con su ausencia.
Con su novio todo había ido bien hasta hacía un año, pero había llegado un momento en el que todo era absolutamente previsible. Ya no había sorpresa, ni pasión... incluso lo que antes eran para ella payasadas graciosas, se habían convertido en gilipolleces absurdas que no le hacían ni pizca de gracia. Había cordialidad entre ellos, pero nada más, así que pensó que no lo pasaría mal con su ausencia.
El trabajo para ella era un puro trámite. Lo hacía porque necesitaba el dinero y punto. No entendía a la gente que se empeñaba en decir que si tuvieran mucho dinero trabajarían igualmente... mentira! no les creía, para ella no había nada mejor que dedicar su tiempo a ella misma, y sus compañeros lo sabían, así que pensó que no lo pasarían mal con su ausencia.
Un dia se marchó, sin decir adiós a nadie.
Decidió vivir el presente e intentar vivir sin preocupaciones, sin agobios, sin depender de nada ni de nadie, pero un día notó que le faltaba la respiración, se ahogaba, era la soledad que venía a matarla... y entonces se dio cuenta de que si hubiera cuidado un poco más lo que tenía, a lo mejor su vida no hubiera sido tan vulgar y la soledad no le estaría comiendo viva.
En el autobús de linea, haciendo ese trayecto que has hecho tantas veces...
Empieza el verano.
Tus amigas se han ido a sus respectivos lugares de veraneo, normalmente a alguna playa atestada de gente (madrileños la mayoría), y tú te vas a tu pueblo, ese pueblo que aunque no tiene playa, tiene todos los alicientes para que este sea uno de esos veranos memorables que recordarás siempre.
Primero haces las visitas de rigor, a tu familia, y entre visita y visita siempre ves a alguien (normalmente una viejecita) que te dice: "¿pero ya habeis venido?" (y tú: noooo, que vaaaa, soy un espejismo!), o "pero madre mía, cómo has crecido!" (y tú: ¿no será que tú has menguado?), o "que guapa!seguro que ya tienes novio..." (y tú: claro señora, a usted se lo voy a contar...). Por supuesto todas las preguntas las respondes con monosílabos (o incluso ni eso, simplemente con movimientos leves de cabeza, aprovechando el movimiento, para soltarte el carrillo de la mano de la vieja...que no veas si tiene fuerza la tía!!).
Llegas a casa, te sientas en el brasero con tus abuelos, cenas algo (cenas que a la larga, por simples que parezcan tampoco vas a olvidar nunca), una partidita de tute con la abuela, y esperas a que sea la hora. Has quedado con tus amigas del pueblo! esas amigas a las que ves de año en año, pero con las que te sientes como pez en el agua.
Besos, abrazos... empiezais a contaros vuestra vida, la resumís en una horita como mucho, y empezais a planificar el verano. Este verano, estudiareis juntas, ireis a la piscina, saldreis de marcha, hareis ejercicio juntas ( si no, cómo vais a gustar a cualquiera de los chicos de esa lista interminable que haceis todos los años de chicos "monos", que con los años te das cuenta de que eran "monos", pero "monos" de verdad, unos más que otros...) Pero bueno, como nunca os hizo caso ninguno, pues nada, os reireis de vuestros gustos y ya está.
Pasan los días, y todos los días, por parecidos que parezcan, tienen algo que hará que los recuerdes. Porque en uno de esos días aprendiste a montar en bici, porque en uno de esos días diste tu primer beso, porque en uno de esos días descubriste que hay amistades que te durarán para siempre...
Llegan la fiestas, la culminación del verano, el momento más esperado... pero también el fin de todo lo bueno.
Bebeis, bailais, os reis, ligais (también unas más que otras...), y después de los años, te acordarás de esos momentos... porque es muy dificil decir si eres feliz o no, la felicidad son momentos, momentos que hay que saber ver y disfrutar. Y tú los habrás disfrutado en esos veranos.
Vuelves a tu ciudad. Estás triste unos días, pero luego te reirás recordando, y esperarás ansiosa que llegue el próximo verano...
7:00 AM. Suena el despertador. Lo apago sin abrir los ojos, me levanto, hago la cama y me meto en el baño. Me ducho, me visto... Me hago un zumo de naranja, cojo el bolso y me voy al trabajo.
7:45 AM. Llego al trabajo y estoy allí, trabajando, durante más de diez horas.
19:00 PM. Salgo del trabajo, una hora de atasco y llego a casa. Reviso mi correo, leo algo, ceno, y me voy a la cama.
7:00 AM. Suena el despertador. Lo apago sin abrir los ojos, me levanto, hago la cama y me meto en el baño. Me ducho, me visto... Me hago un zumo de naranja, cojo el bolso y me voy al trabajo.
7:45 AM. Llego al trabajo y estoy allí, trabajando, durante más de diez horas.
19:00 PM. Salgo del trabajo, una hora de atasco y llego a casa. Reviso mi correo, leo algo, ceno, y me voy a la cama.
7:00 AM. Suena el despertador. Lo apago sin abrir los ojos, me levanto, hago la cama y me meto en el baño. Me ducho, me visto... Me hago un zumo de naranja, cojo el bolso y me voy al trabajo.
7:45 AM. Llego al trabajo y estoy allí, trabajando, durante más de diez horas.
19:00 PM. Salgo del trabajo, una hora de atasco y llego a casa. Reviso mi correo, leo algo, ceno, y me voy a la cama.
7:00 AM. Suena el despertador. Lo apago y sigo durmiendo.
Ayer por la tarde fui al trastero de mi casa... siempre me ha dado mucho respeto ese sitio, no se si por lo oscuro del lugar (la luz no funciona desde hace años, y como nunca me ha dado por cambiar la bombilla, tengo que subir allí con una linterna), o por la cantidad de cosas que he ido almacenando allí (algunas buenas, y otras no tanto).
Rebuscando entre mis cosas, encontré una caja. Era una caja mediana, de latón, pintada con muchos colores, y llena, muy llena, tan llena que no se podía cerrar... En cuanto la vi, la reconocí. Era la caja donde guardaba todas las cartas que me habían ido mandando a lo largo de mi vida.
Ahora, eso de escribir cartas suena un poco "antiguo", pero la verdad es que yo lo he estado haciendo hasta hace muy poco (y creo que es una auténtica pena que hayamos perdido esa bonita costumbre...). Me encantaría volver a hacerlo, escribir a tus amigas para contarles las últimas novedades, escribir a tu chico para recordarle cosas que a lo mejor no le dices tan a menudo como deberías, escribir a algún familiar que tienes olvidado para recordarle que sigues viva y que te acuerdas de él...
No sé si os ha pasado el estar de bajón y de repente recibir una carta que no esperabas. Estar triste porque te sientes sola, porque no sabes muy bien qué hacer con tu vida, porque sientes que estas perdiendo el tiempo... y de repente te llega "esa carta", de "ese alguien", que ya te ha subido el ánimo sin empezar a leerla.
Yo guardo todas esas cartas en mi caja de latón, en el trastero... y cuando las encontré (yo creo que inconscientemente las iba buscando...) me puse a leerlas. Eran tantas que pasé toda la tarde allí arriba, leyendo, con mi linterna,y me di cuenta de que lo importante no es conseguir cosas en la vida, lo importante es hacerlo y tener a gente a la que contárselo, gente que te escuche o que te lea, que te hable o que te escriba... gente, al fin y al cabo, con la que poder compartir tu vida, tus momentos.
Volví a poner la caja en su sitio, pero dentro de unos meses volveré a subir a trastero. Iré buscando un libro, o una silla... e iré con la linterna porque todavía no habré cambiado la bombilla. Y entonces, me volveré a encontrar una caja vieja de latón, y la volveré a abrir sorprendida, y entonces, me pondré cómoda, y volveré a leer el resumen de mi vida.
El otro día vi en la tele a un señor que no paraba de llorar, tenía una enfermedad que le impedía estar más de un minuto sin lágrimas en los ojos.
Me imaginé cómo se debía sentir ese hombre, lo que pensaría la gente que le viera en el autobús, sus compañeros de trabajo, su mujer, sus hijos... Y pensé en que había pocas enfermedades más tristes que esa.
Hace más de un año que dejé mi ciudad.
He llorado muchas veces echando de menos cosas... pero el vacío de las cosas se puede llenar, el que no se pude llenar, o al menos no del todo, es el vacío que dejan las personas. Esos momentos en los que no paras de llorar porque te gustría estar tomando una caña con Marta, o viendo un partido con Jorge, o comiendo pipas en un banco con Susana... esos momentos son lo que necesitas para recordarte que estás vivo, que sientes.
Hay días por los que pasas de puntillas, sin hacer ruido... días que podrías haberte ahorrado, que no hubiera pasado nada si no los hubieras vivido, días aburridos, grises.
Yo me levanto todos los días tratando de tener un día que me haga sentir viva, no quiero pasar por el mundo de puntillas, ya no... está bien hacer un poco de ruido de vez en cuando.
Porque si no hacemos ruido, si no nos hacemos notar, si no lloramos, si no nos reimos a carcajadas... estamos de verdad viviendo o estamos simplemente sobreviviendo???
No sé vosotros, pero yo prefiero vivir.