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Mensajes desde las Tierras Irreales

"Así, hay en nosotros un mundo de amor hacia algo, aunque no sabemos qué podría ser ese algo". Traherne

Categoría: Rincón eficientista: las cadenas de la Alegría.

11 Agosto 2005

Conversación antes del medio día: 10 de agosto de 2005

El día diez de agosto de este año, me vi obligada a rendir, junto a un numeroso grupo de incautas víctimas, uno de los tantos ensayos que nos permitirán afrontar La Prueba, un montón de preguntas que a nadie interesa -más que a los alumnos que han caído en la trampa social- y que, aún cuando no mide nuestras capacidades, tiene la facultad de determinar si somos "aptos" o "no aptos" para ingresar a la "emocionante" vida adulta.
Tras la desagradable hora y media de trabajos forzados, nos reúnimos en la terraza del colegio, bajo el reconfortante aliento del sol.
Allí comenzó la conversación. Erámos cuatro estudiantes, sometidos a las mismas condiciones y opinando en torno a un mismo tema: la educación.
"Lo que nos enseñan no sirve de nada" afirmó un compañero. Estoy plenamente de acuerdo con él, la verdad, y así lo di a entender. De cualquier forma, aquella fue la conclusión general del asunto.
En lugar de impartir clases de repostería, bordado, mueblería, circuitos, francés, caligrafía y literatura, nos enseñan a memorizar fórmulas como 1/2K*m(1) + mgh(1) = 1/2K*m(2) + mgh(2); conceptos de lingüística, la metáfora, la alegoría, etc; una historia tergiversada por la propia humanidad; la naturaleza de los neuro transmisores (¿me interesa en algo aquello? No creo que ni siquiera un médico memorice todos aquellos nombres y funciones); y otras tantas cosas que realmente no motivan a nadie seguir la senda de la vida.
¿Para qué intentan tan fervientemente interiorizar en nuestro hemisferio izquierdo todas estas materias? Muy simple: nos preparan. Nos preparan para ingresar a un mundo capitalista, donde aquel que no gana dinero, no consume y donde aquel que no consume, muere en soledad.
Aquel que posee esos "conocimientos", está categorizado en la lista de "potenciales exitosos", esas personas que, por definición, ganan grandes cantidades de dinero períodicamente y que, con esos ingresos, pagan a alguien "no tan exitoso" para que cambie una ampolleta o cosa sus cortinas.
Quien quiere hacer de su vida una vocación (lo que difiere mucho de profesión), probablemente será considerado como el "eslabón débil".
Creo que fácilmente podría hacer una línea de tiempo, en la que figuraran las instancias principales del desarrollo de cada integrante de este sistema. Sería algo así:

Estudiar (colegio; 12 - 14 años)--Estudiar(universidad; mínimo 5 años)--Trabajo (promedio, desde los 30 a los 65 años de edad)--Jubilación--Muerte (promedio en Chile, esperanza de vida inferior a los 80 años).

En conclusión, nuestra vida se desperdicia.

"El mayor servicio que podemos hacer a la educación hoy en día es enseñar menos materias. Antes de los veinte años, nadie tiene tiempo para hacer bien más que unas pocas cosas, y cuando llevamos a un muchacho a ser una mediocridad en una docena de materias, destruimos sus estándares, quizás de por vida."

"Sorprendido por la Alegría" por C.S. Lewis; pág. 109 Ed. Andrés Bello.

Es una verdadera pena pensar que, tarde o temprano, yo también deberé escoger entre ser un peón en el tablero del capitalismo o morir de hambre.

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11 Agosto 2005

La excéntrica vida de mi Yo.

Con su idea de “Los Estratos del Yo”, Fritz Perls hace una analogía entre el ser humano y una cebolla. Esta comparación se enfoca, claro está, al Ego –uno de los elementos más fundamentales en todo ser viviente, emocional y pensante –, afirmando que en éste existen seis capas, bajo las cuales se encuentra el “ser autentico de cada persona”.
Creo que es un poco injusto de su parte compararnos con una cebolla: somos seres humanos y no más que eso; no hay motivo para buscar un elemento que nos identifique más que nosotros mismos y un análisis de cada cual sólo revela la inseguridad con la que intentamos alcanzar la comprensión de nuestras vidas. ¿Para qué? Es una de las tantas preguntas para las que no poseo una respuesta y pienso que es mejor así.
Sin embargo, también yo soy un ser humano repleto de dudas y temores que, irónicamente, busca la manera de entender su naturaleza e interiorizar a aquello que nos rodea: el Universo. En base a esto, quisiera –si no lo hice ya – dar a conocer mi posición: una absolutamente narcisista.
Comenzamos.
Desde mi propia experiencia, el proceso “evolutivo y degenerativo” del
Yo –aunque de ningún modo considero esta llamada estratificación un fenómeno tan rígido – se ha pronunciado en sus cuatro primeras etapas a nivel consciente y en su totalidad a lo largo de un período de inconsciencia. Aduciré respecto de esta última afirmación posteriormente.
Primero, deseo aclarar que no veo la necesidad de disociar la disciplina de la Gestalt del psicoanálisis Freudiano; más bien, me parece que se complementan maravillosamente de varias maneras.
Explicaré a qué me refiero con “un período de inconsciencia” (creo que en este caso también es posible hablar en términos generales): siendo más bien una deducción, concluyo que durante mi desarrollo y a través de sus etapas, hasta el momento en que mi consciente subyugó a mi subconsciente, mi pequeño Yo debió transitar cada uno de sus estratos. Pienso que el orden que éstos reciben en la primera infancia podría variar en relación al planteado por Perls –restringiéndonos a los conceptos introducidos por el humanista – e, incluso, verse invertidos. Es decir, desde el momento en que nazco y reconozco a mi madre como mi primer objeto de amor, soy mi Yo verdadero, “degenerándome” progresivamente hasta crear la imagen con la que enfrentaré el mundo: mi Yo falso. Este paso, según creo, coincide probablemente con la etapa de Latencia del desarrollo.
Debido a mi corta edad e inconsciencia, no puedo recordar a mi Yo verdadero.
Sin embargo, éste, pienso, se presenta a lo largo de toda la vida en otra instancia del inconsciente: el mundo onírico. Inmersos en nuestros sueños podemos hacer contacto con nuestros temores, deseos, experiencias, traumas, ilusiones, siempre rodeados por un ambiente –en ese contexto – verosímil para quien lo está “viviendo”, pero que resulta totalmente incoherente para la sociedad y, por lo tanto, para el Yo social, como me gusta llamarlo, o Yo falso.
En mi caso particular, vivencié la horrible experiencia de perder la capacidad de sumergirme en los sueños.
Como afirmé con anterioridad, considero que he alcanzado a lo largo de mi vida consciente el cuarto estrato del Yo en dos ocasiones: en la primera, a raíz de una enfermedad que me acometió a los catorce años.
Caí, tras “superarla”, en el prototipo que me protegería durante los dos años siguientes: mi escudo y mi Yo falso.
La anorexia no es una enfermedad agradable y no hace más que rodear al convaleciente de rumores fantasmales que provienen, nada más y nada menos, que de su propia mente.
Llegó un momento en que abrir los ojos por la mañana no era más que una mera obligación, una rutina. La muerte acudía a mis pensamientos con frecuencia. Por supuesto, jamás hubiese sido capaz de arrebatarme la vida.
Creo que si en algún momento alcancé un estado de plena sanidad mental (lo que he olvidado), debí sentir el éxtasis producto de la comida, de disfrutarla. Si ese momento figura en algún remoto punto de mi historia, es entonces cuando afloró mi Yo explosivo, permitiéndome la autenticidad, el placer y la alegría de comer, sin las cadenas de la culpa que se habían vuelto más que pesadas para mis cansadas muñecas.
No creo haber tocado jamás, en mi consciente –o en mi hemisferio izquierdo del cerebro, el único que esta sociedad eficientista me ha autorizado a utilizar – a aquel Yo verdadero que alguna vez despertó en mí.
Retomando el curso de este excéntrico cuento, “Cuando el pesar es máximo, el alivio está próximo” , de modo que, con la ayuda de mis padres y doctores, logré establecer un equilibrio aparente. Debo hacer énfasis en esta frase, pues sucedió conmigo exactamente lo que ésta quiere decir: adopté una imagen casi protocolar que se arraigó con fuerza en mis ideas, plagadas, además, de lo que llegué a considerar mi objetivo de vida: viajar a Japón.
Carla Veglia había sido limitada a la sonrisa cordial que dedicaba al mundo circundante. Una vez más, la falsedad.
Con la obsesión vino el éxito incapaz de satisfacer al verdadero e inerte ser que residía en mi interior. Así, no sin innumerables obstáculos –algunos, resultado de mi anterior enfermedad –, llegó el ansiado día en que me embarcaría rumbo al archipiélago que había poblado mis pensamientos desde hacía años.
En síntesis –aún me desagrada hablar del tema abiertamente –, me desilusioné. Japón no era lo que esperaba, de la misma manera que mi reacción hacia él me sorprendió. Deseé volver a mi “nido”, retroceder el tiempo, morir en cualquier momento. Me sentía culpable.
Como es de esperar, mi “torre” se derrumbó; mi Ego sufrió la mutilación antes de la mutación y en mí sólo cabía una nube de sentimientos diseminados a lo largo de toda mi mente.
No puedo dejar de admitir –y transmitir – las consecuencias positivas de esta desilusión: he desarrollado un profundo amor por mis padres y hermanos que, creo, había sido apartado y tratado de forma bastante injusta antes de la “ruptura”. Concibo hoy a sentimientos e ideas como completamente legítimos e importantes, al punto que estoy dispuesta a expresarlos cada vez que exista la necesidad.
No sé si he vuelto a retroceder a mi Yo falso, pero sé que, durante el largo período de depresión que siguió al fracaso, pude conocer nuevamente lo que era mi Yo implosivo.
Lo odio, pero también lo amo. No hay nada que me permita descansar más de mí misma que el vacío profundo que me ha llenado por etapas y, aún así, provoca en mí una perturbadora ansiedad por el destino: mi paradoja de vida.

Creo que las condiciones características del Yo del como sí y del Yo fóbico han estado presente a través de todo mi desarrollo –y lo seguirán estando, de eso no hay duda –, hasta el momento en que caí a “La Oscuridad”, aquella instancia donde interrogantes como “¿quién soy?” o “¿vale esto la pena?” aparecen con frecuencia. El estado implosivo.

Hoy, a menudo me siento tan triste como alegre. Tiendo a analizar todos estos procesos en mi persona lo que, naturalmente, me vuelve tan estúpida como lo es la máquina en la que escribo.

Es una lástima.

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Valparaíso, Chile
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¿Qué puedo decir? Soy sólo un individuo más, ¿hay forma alguna de que haga la diferencia? Ni mi nombre ni mis ideas serán contados en los cuentos infantiles -¡qué mundos maravillosos!-, ni registrados en los libros de historia -lo que personalmente no me sería muy grato-, pero aquí estoy escribiendo sobre mí, de forma que ahí voy: Me llamo Carla Valentina Veglia Acuña, tengo 17 años, nací en Bruselas en... ¿a quién le importa todo eso? Pues bien, a mí y, puesto que me compete a mí y no a ustedes, no hablaré más de ello. Quizás deba hacer uno o dos comentarios acerca de este blog. La verdad es que nació a raíz de una clase en particular, Realidad Nacional. Vivo en Chile, un país extremadamente problemático -igual que los demás- y que, por lo tanto, se jacta de una historia conflictiva y, a mi parecer, bastante ridícula en lo que a política se refiere (no haré más comentarios respecto a esto, pues no quiero ofender a ningún militante o potencial partidario político). Naturalmente, no podía dejar de existir un ramo dedicado al análisis y "comprensión" (nunca comprenderé a la gente que gobernó este país hace tred décadas atrás) de nuestra extravagante historia. En fin, el punto es que quiero aprovechar esta instancia para divertirme (¿qué razón más sencilla que esa?) y para denunciar. Por supuesto, no espero que nadie la lea, como no espero que alguno de mis cuentos o la novela que estoy escribiendo sean publicados (me gusta mucho escribir), pero, al menos, me da un respiro.

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