Al mirar tocaba escondido su nombre.

Durante la guerra, en un hotel en ruinas, mi amiga la cantante y yo nunca tomamos el té.
Yo provocaba hasta con dolor mi recuerdo buscando una canción para una mujer que canta.
Tendría que haberla hallado en la infancia. Tampoco teníamos documentos y permanentemente teníamos que viajar.
¿Es una excusa?
No recuerdo su voz recuerdo el recuerdo de su voz y a veces al hablar me parecía oírla.
Ella dijo que podía mirar a su lobo a los ojos. Yo buscaba a ni lobo que estaba muerto.
Ella era mi amiga. Yo no tenía una amiga. Ella era mi amiga y me decía querido.
A veces al dormir nos tapábamos con diarios y al despertar buscábamos en el rubro alquiler un lugar en el que yo pudiera vivir.
Nos podíamos mirar despeinados.
Ella canta en escenarios que jamás veré y a veces me recuerda.
Yo imagino sus valijas y los aplausos.
Ella canta esta noche y luego nos escribimos cartas.
¡Qué tolerable es el mundo cuando alcanzan las palabras!

He entrado con el puñal a la tumba del padre, solo para ver mi rostro y el del rey bueno. La madre fue a Venecia pero sin cabello. No se hizo feliz.
Hago que la poesía tenga hambre quiera prosa quiera de mi.
Soy la madre y el padre. Un pequeño homenaje al tigre portátil.
Soy honorable, he fracasado, me han traicionado, tengo mis señales, hay compensación, busco la paz, me han robado parte de la vida, tengo señales, puedo interpretarlas, amo con la vida entera, en una tajada de día. Por doquier hubo que esperar que la noche abriera la boca y nos soltara. Me llamo Gustavo Sassi.
Honoria Pueyrredón dijo
Ella pisó sus palabras y se hizo la escena. El canto siempre traicionó al HUESO INCORRUPTIBLE del poeta. El apagaba la luz. Ella encendía las obviedades para reirse y escribirle cartas. "Maestro, esconda su médula, baje aquí, juguemos en el bosque, porque un lobo no enceguece tanto como sus palabras de usted perplejas. Querido, venga, le aliviaré su magnitud, le contaré otra estupidez. Gracias, se ríe. Le traigo nuevas: mire, tonterías del mundo."
Y los dos se perdonaban su destino. "Amiga, no la oigo. Cuénteme más de la luz inútil". Y ella recién lo entendía cuando se despegaba las letras negras de las plantas de los pies. "Che, te pisotié tu nieve y me aplaudieron los sordos". Y él se aliviaba, por el rato de una carta, del hedor de su monstruo muerto.
1 Agosto 2006 | 06:34 AM