Categoría: Cuentos
2 Noviembre 2007

Primero, le doy las gracias a Camilo por ser tan divino y mandarme este librito de cuentos desde Bogotá, con el regalo añadido de una noche de drymartinis en compañía de Javier Mejía que es un tipo encantador.
Después, el libro. Que me acompañó anoche mientras cenaba solo después de salir del periódico en un restaurante de la zona alta de Barcelona con mediocre comida y mal servicio. Que me salvó de las dos cosas gracias a sus ocho relatos rápidos, muy adultos, nada revolucionarios, nada modernos ni pretenciosos. Limpios, bien pensados, algunos mejores que otros, pero honestos.
Y varios buenísimos. El primero, "La vez que todos fuimos Jairo"; morboso y triste. Uno de esos cuentos de apenas 10 páginas que después de leído se queda larguísimo en la memoria, extiende las historias de cada cual en la cabeza y da para novelar en tiempos muertos.
"Los amigos míos se viven muriendo", un título que me fascina y un final maravilloso.
"Con la Monalisa es distinto", me parece una de las historias de amor más hermosas que he leído. No de un amor. Del amor. Y de esa mirada.
"Carta poco corta para un largo". Una delicia.
Mil gracias de nuevo, Camilo. Tenías razón .
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28 Octubre 2007
Antes de nada, quiero dejar claro que este libro me encanta porque fue un regalo precioso, un regalo de boda de un amigo a quien adoro y que venía firmado por alguien a quien admiro y respeto enormemente. Eso, para empezar.
Para continuar, yo creo que lo mejor será hacerle justicia al título y al asunto, y recorrerlo despacio y por partes. Aunque en este caso vaya a tener que llevarle la contraria a Ceronetti y negar su preciosa afirmación, esa que dice:
Las partes del cuerpo que más huelen son las que encierran más alma y gozo.
Los cuentos de este libro que más huelen - a aromas muy diferentes - son los más aburridos. Los peores.
Uno a uno.
Conocimiento del medio, Elena Medel
No sé si fueron las marcas a lápiz - tal vez de uno de mis regaladores, si es así, gracias dobles - que señalaban en las primeras páginas algunos errores y/o atrocidades de cursilería irredenta:
la polla de Berto endurecía
¿el qué?
sus muslos con atisbos cítricos
¿y notas florales?
los pantalones de Berto saltaban sobre el parqué hasta proclamarse inertes
jajajajajaja
suicidándose desde la cama
Berto se afanaba en conocer la epidermis de Lola
¿qué era, dermatólogo?
O el tono general del cuento de esta poeta prodigio. Pero a mí este relato me pareció espantoso, pretencioso, un horror. Es más, en palabras de su propia autora, me pareció "un alud de legañas". De legañas literarias pegadas a la punta del bolígrafo. Un espanto. En el que la protagonista incluso "esbozaba en su agenda la dirección de Berto". No necesito decir más. Ni el relato lo merece.
Rapsodia metropolitana, Daniel O'Hara
Un cuento espléndido. Muy de "yo me llamo Josep Lluis" pero con la boca llena de polla. Una historia magnífica de sexo marica con pluma envenenada y un sadomasoquismo periférico genial. Una joya.
Mamá ya no se pinta. Rafael Reig
Yo no puedo ser objetivo con Rafa Reig. Ni lo seré el día que me decepcione y no me guste nada algo suyo. Ese día seré implacable, feroz como una fan ninguneada por los Backstreet Boys. Pero hoy no es ese día. El relato de Reig es una delicia perversa, retorcida, calentorra, cruel e inteligentísima. Y excesivo. Como me gusta a mí.
Paredes delgadas, Horacio Castellanos Moya
Correctito, previsible y muy moral. Pura antilujuria. Flojo.
Simple placer. Puro placer. Cristina Rivera Garza
No me pareció un buen cuento erótico, pero sí un excelente cuento para una antología. Porque me descubrió una forma de narrar de una autora a quien desconocía y cuya manera de contarme la historia me interesó muchísimo. Le seguiré la pista a esta señora y lo mismo mi relación literaria con ella acaba en un buen polvo o tal vez en gatillazo. Ya veré.
San Ballantine's. Albert Andreu
Si te sientes sola, si estás abandonada, si tu novio te ha puesto los cuernos el día de San Valentín, ¡Feliz día de San Ballantine's!
"Vivir no es Beverly Hills", Fabio McNamara
El cuento es casi tan bueno como el comienzo de la canción de Santa Fanny. El cuento es estupendo, sexy, potentón y contiene un polvo excelente y una tristeza postcoito (imaginario) que me encanta. Y un buen pelotazo. No le puedo pedir más.
Siempre tuve palabras. Carlos Marzal
Doy fe, querido, doy fe...
El favor. Esther Cross
Regulero.
Una pasión de Eurípides. Javier Azpeitia
Aunque al principio tiene detalles históricos un pelín de Asterix en las Galias, según avanza (y avanza bastante; yo creo que es el más largo del libro) va tomando una contundencia que me gusta, me gusta mucho. Mezcla de una manera muy inteligente cierta erudición con una naturalidad tremendamente erótica que me resulta excitante. Otro bueno más.
La Medalla del Amor. Carmina Amorós
Es un cuento final lleno de hallazgos (los Martínez vienen de Marte) y de un juego precioso que va del clasismo más esnob y misántropo a la filantropía vía pajote. Un magnífico remate.
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18 Julio 2007

Hay dos géneros literarios que a mí me encantan: los relatos de niños ricos que descubren que existen pobres (y los huelen), y los relatos de niños que ven por primera vez un muerto.
Por eso 'Garden Party ' es uno de mis cuentos preferidos. Porque aúna en un relato los dos géneros que más disfruto, e incluye otros elementos que yo adoro en la literatura: gente bien, un jardín cuidado, descripciones de sombreros, juegos de café y conversaciones con el servicio doméstico.
Que conste que también leo a veces historias contadas por pobres, pero me gustan menos. Los pobres son menos detallistas, más brutotes, y lo narran todo con rabia, como si el lector tuviera la culpa de su mala suerte.
Yo creo que si a Cervantes le hubieran ido mejor las cosas, El Quijote habría sido un libro muchísimo más elegante, más bonito de leer. Y un clásico, igualmente, no os vayáis a creer...
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16 Abril 2007
Maravilloso descubrimiento de un enorme escritor colombiano gracias a este conjunto de relatos, que comienza con uno espléndido, con un ''Verdor'' espeluznante que relata un lentísimo descenso al abandono absoluto de un modo pausado, moroso, paciente, amarguísimo sin estruendos, con un pulso narrativo por parte de su autor que sorprende, maravilla e incluso asusta por su precisión y absoluta - y admirable - falta de pasión.
Duele ''Verdor''.
Y duele ''Aguaceros de mayo'', el segundo relato del libro, casi tan bueno como el primero. Otra historia de derrumbe - o de redención cuesta abajo, no lo tengo muy claro. Otra historia como todas las que manejan este libro: de mandarlo todo al carajo cuando todo se ha ido a la mierda.
Estas dos y la última, la que da título al libro, ''El rey del Honka-Monka'', son las mejores. Tres eran tres y las tres son muy buenas.
Hay un par de ellas más ya más flojitas. Una de las cuales - ''Víctor viene de regreso'' - podéis leer online . Aunque, para mi gusto, esa es precisamente la peor de todo el libro.
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16 Marzo 2007
Por partes:
PRIMERA
Me preocupa ese John Gedsudski, veinteañero creador de 'The Laughing Man', que les cuenta a unos críos historias que contienen
1. opio
2. una niña travesti
3. escenas gore
SEGUNDA
Hay párrafos del cuento de Salinger que me gustan como poemas:
If wishes were inches,
all of us Comanches
would have had him a giant in no time.
o
But the main thing I had to do in 1928
was watch my step.
Play along with the farce.
Brush my teeth.
Comb my hair.
At all costs, stifle my natural hideous laughter.
Y otros que me parecen perfectos cuentos completos:
He stared for a moment in the right direction, then said he'd be back in a minute and left the field. He left it slowly, opening his overcoat and putting his hands in the hip pockets of his trousers. I sat down on first base and watched. By the time the Chief reached Mary Hudson, his overcoat was buttoned again and his hands were down at his sides.
TERCERA
Es precioso que en las tardes lluviosas los llevaran al Museo de Historia Natural. Me recuerda el final de 'The catcher in the rye', esa escena de Holden y Phoebe en la que lloro siempre.
Esa escena me encanta.
A las pruebas me remito...

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9 Marzo 2007
Desde aquí, el mar me había parecido transparente y limpio, pero desde la orilla el agua es marrón y verde de algas. Por eso estoy aquí mientras Patricia y los niños siguen en la playa: porque me repugnan las algas sobre la piel; puedo comerlas, pero no soporto que me rocen.
Por eso, y porque me duele mucho la pierna. Me empezó a doler un poco esta mañana al bajar las escaleras, un poco más cuando fui con los niños a la piscina de la urbanización, solos los tres, mientras Patricia esperaba a que se secara el esmalte de sus uñas; allí me pidieron que les pusiera pruebas; por ejemplo, saltar de cabeza desde los distintos trampolines a diferentes alturas.
"Saltad" - primero uno, después el otro, "¿pero quién primero: yo o Pablo? "Pablo O YO, Jaime...", en el orden que eligieran, de cada trampolín.
Y allá fueron. Y volvieron. Antes de terminar, cuando apenas habían cumplido con la mitad del circuito ascendente, tras haberse precipitado al agua desde dos de los trampolines a menor altura, cuando aún les quedaban los tres más altos, llegaron empapados hasta mí, a la carrera, a gritos, a reprocharme no estar prestando atención a sus zambullidas, "¡nos tienes que mirar cómo lo hacemos, para que digas quién gana nos tienes que mirar! "
Pero no podía. Ni mirarlos ni explicarles qué me daba mucho miedo: mirar.
Tirarme de cabeza.
Los trampolines.
Ver saltos de trampolín.
El nadador que se golpeó el cráneo en el aire con el filo del trampolín y al caer manchó con su sangre la piscina.
El agua turbia de la sangre de Greg Louganis en las Olimpiadas de Seúl 88. SIDA. Lo sabía, lo vio, y se asustó al ver las manos sin guantes del médico que le cosió la herida, al pensar en el agua infectada donde se lanzarían los otros saltadores después.
- No puedo miraros; tengo vértigo.
Vértigo no es miedo, vértigo es un miedo con diagnóstico. Vértigo es físico y no contagioso; carece del tufo irracional del miedo a los trampolines, al golpe seco en la nuca de Louganis, a la voz de mi madre que todos los veranos me gritaba que me alejara del bordillo para tirarme al agua, no me fuera a desnucar, que bajara mejor por las escaleras.
Pero vértigo no suena a la voz de mi madre - menos mal - porque no quiero acabar con esa valentía que les envidio y a mí me arrebataron a latigazos de peligros posibles en cordel, unidos a uno de sus extremos por las manos de mis adultos de infancia y que terminó de atar fortísimo el reguero de la sangre de Louganis en el agua. Un látigo de seis puntas con la inicial de cada riesgo, cada espanto que podría suceder al tirarme a la piscina:
Perder el equilibrio y golpearme contra el bordillo.
Estamparme de cabeza contra el fondo.
Lesionarme al resbalar, por correr para tomar impulso.
Estrellar mi cabeza contra la de otro bañista.
Luxarme un tobillo al llegar de pie hasta el fondo.
Enfermar por un corte de digestión, al sumergirme de repente después de haber estado al sol.
Pero no hay chasqueo en el vértigo. Solamente los ojos de los niños, que me miraron como lo hacen los adultos, y pensaron, como ellos, que soy raro, igual que los otros niños, hace años, pensaban al mirarme.
Mientras leía el libro que había llevado conmigo, incapaz de contemplar cómo se lanzaban al agua desde tan alto, Pablo y Jaime - desde lejos, desde dentro del agua a la que se habían lanzado de nuevo de cabeza, sin ningún temor, después de que yo no les hubiera revelado los míos - me empujaron hasta el fondo sin saberlo, al fondo de mi infancia de nuevo, de los veranos de niño raro, lector compulsivo, temeroso, asustadizo, cobarde, incapaz de sumarme al resto y a sus actividades; trepar las tapias, cazar insectos, saltar de cabeza desde las rocas al mar... me ahogo en este fondo de miedos propios y mi sentido del miedo extraño; una versión en pánico de la vergüenza ajena. De todo lo que me espanta hacer, o ver hacer a los otros. Lo que me atemoriza y lo que odio, lo que me asusta ver hacer a los demás se transforma en mi odio hacia ellos, lo siento como una ofensa abusiva, como si se absolvieran de sus temores en el mío y se aprovecharan de mí. Como si bastara con que alguien contuviese el miedo para que nada malo sucediera, y me correspondiese a mí cargar con él: un iracundo cordero pascual que quita el miedo del mundo, una furiosa monja de clausura del temor, que en lugar de rezar por la salvación de todas las almas, acumulara en mi estómago la bola de los miedos de todos los temerarios que a mi vista se lanzan al peligro desde lo alto, lo desafían, lo ponen a dos ruedas, o lo adelantan en curvas a cientos de kilómetros por hora.
Solamente cuando me emborracho parece que pierdo el miedo. No lo pierdo; cuando me emborracho me anestesio el miedo, que despierta al día siguiente, de resaca, con una intensidad que me abarca por completo y me pregunto qué va a ser de mí con tanto miedo... como un niño de Salinger. Pero huérfano.
Sigue For Esmé—with Love and Squalor. Elija su camino:
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2 Marzo 2007
Me gusta mucho que Salinger escribiera una historieta sobre la segunda Guerra Mundial tan poco sórdida y tan Vogue.
Me encanta enterarme - ya en la segunda página del cuento - de que el regimiento del protagonista estaba compuesto por 'escritores de cartas', que me parece algo muchísimo menos ordinario que los habituales regimientos de soldados de la Gran Guerra bis, retratados en la literatura y en el cine como 'jugadores de cartas'. Mejor escritores que jugadores. Dónde va a parar.
Es delicioso encontrar a lo largo de la narración oasis de estilismo que contrastan con tanta épica de guerra, que a mí siempre me ha olido a humedad, a mierda y a pies. Que el protagonista lleve una bufanda de cachemira resulta una noticia maravillosa. Y que, en pleno conflicto, su suegra le pida por carta que le consiga otra, hace todo muchísimo menos sangriento. Más de boutique que de trinchera, gracias a dios.
Da gusto encontrarse - en la tercera página - con una instructora de coro vestida con un traje de tweed - un tejido que tan bien supo mezclar Josep Font con la organza en su primer desfile de París.
Y que en el primer encuentro de Esmé con Charles, ella vistiera un traje escocés con los colores del clan Campbell me hace pensar en la espléndida colección en tartán de Gaultier para el invierno que viene que el diseñador - más joven que cuando empezó - acaba de presentar en París.
¿No es divino que uno de los personajes utilice la expresión 'abrigo de piel barato'? ¿O que otro insista en madrugar para ir a comprarse una chaquetilla Eisenhower que '... son muy buenas. Quedan muy bien'?
Por no hablar del otro gran acierto en el estilismo de Esmé, ese reloj masculino oversized, que es el verdadero protagonista del cuento y la metáfora que resume su mensaje final: Jamás renuncies a tu estilo por amor. Perderás tu estilo y perderás tu amor.
Me chifla este Salinger tan chic...
Sigue Pretty mouth and green my eyes. Elija su camino:
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9 Febrero 2007
Primero viene el miedo a un mal golpe en la delgada nuca contra el metal que rodea el ojo de buey.
Después, al odio del padre.
Después llega el miedo a que la Leica caiga al agua, o se haya mojado, perdido, estropeado.
Después, a que la niña no obedezca las instrucciones de su hermano mayor.
A continuación aparece el miedo al sexo abusador. A que las manos del adulto que rematan los brazos que son brazos porque son brazos acaben sobre las pequeñas manos que se esconden entre los muslos, entre la tela de los pantalones cortos que son demasiado largos y demasiado anchos en los fondillos.
Después, a que suceda; cuando sea, aunque no importe.
Al final es el miedo a volver a leer el relato y descubrir que Teddy dijo algo sobre mí.
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