Regreso
Después de un mes sin escribir nada aquí, vuelvo. Un mes en el que apenas he tenido tiempo ni energía para leer, como me pasa siempre que empiezo un trabajo nuevo y me agarran los nervios y los miedos, incapaz de pensar en otra cosa que no sea hacer las cosas bien, a la vez que me doy cuenta de lo frágil que sigo siendo ante los retos, de lo serio que me pongo en ocasiones y de que, después de tantos años, me siguen persiguiendo los mismos bloqueos.
Vuelvo, aunque un poco menos ileso. Porque, además del párrafo anterior, pasaron otras cosas que algunos habréis leido en los comentarios. Otras cosas que me hicieron plantearme en qué coño se ha convertido esto. Porque esto era, y confío en que siga siendo, mi diario de lecturas. Un blog personal, que escribo sin ninguna compensación económica y que en más de tres años me ha dado muchas alegrías. Y unas pocas sorpresas muy desagradables. Me quedo con lo bueno, tengo que quedarme con eso si quiero seguir escribiendo aquí. En este - insisto - "Diario de entusiasmos literarios subjetivos sin rigor".
Sueno heridito. Patetiquín. Y lo he estado. Pero no tanto como para abandonar este espacio. Así es que vuelvo. Menos lector. Muy poco ileso.
Lector, ¿de qué?

De las cincuenta primeras páginas de la novela de Ashbery, un poeta a quien venero pero cuyo nido de bobos me ha resultado insoportable, falso, forzado, muy aburrido. Claro que no he pasado de la página 51, del cuarto capítulo, por lo que mi juicio no creo que tenga mucho valor. Lo que pude leer, lo que aguanté, me pareció una parodia de los buenos libros de sociedad norteamericanos de los 50 pero sin la información suficiente, pensado desde afuera, como si se hubiera escrito con rencor sobre el vaho de las ventanas de los bistrots en invierno.
La novela de Mishima me encantó. Y me hizo pensar en el dolor frente al espanto y en el dolor frente a la belleza. Y cómo escribir desde cualquiera de los dos. El marino que perdió la gracia del mar me acompañó durante los primeros días de mi trabajo nuevo. Y me vino muy bien cuando leí:
(...) el hombre no es lo suficientemente diminuto ni gigante para vencer nada.
Y me fascinó su descripción de un coito como una catedral. Y algunos párrafos más:
(...) las lágrimas, sin embargo, le manaban directamente de algún lugar oscuro, distante y dormido de sí mismo que había descuidado siempre a lo largo de su vida, y sobre el cual carecía de dominio.
Sería que estaba blandito.
Sesenta páginas de esta novela a la que creo que tengo que darle otra oportunidad en un mejor momento. Porque ahora mismo de Special topics in calamity physics no tengo nada bueno que decir, excepto que tiene una forma interesante de narrar asuntos de universitaria norteamericana en estado de shock que no me han interesado nada.

Y, para terminar, la novela que estoy leyendo ahora. "El padre de Blancanieves", de Belén Gopegui. Que ha sido el libro que me ha devuelto las ganas, el placer y me ha animado a volver a escribir aquí. Yo creo que en un par de días la acabo, y os cuento. Es fabulosa, eso sí.



Vanbrugh dijo
Bien hallado, Bob. No sabes cómo me alegro de tu vuelta. Si algún comentario mío ha contribuido a herirte, créeme que lo siento y te pido disculpas. Créeme también que no lo hice para eso, sino por auténtica nostalgia, un poco desconcertada, de uno de los sitios de Internet, este tuyo, que me gustan y que me sirven. Y porque tiendo a ser algo bocazas, lo que a estas alturas tiene ya poco remedio.
25 Octubre 2007 | 02:42 PM