El pie entre el coche y el andén
Corría como pocas veces. Había quedado y, para variar, iba tan tarde como podía. Piqué corriendo en la entrada del tren y me metí en el primer vagón que me quedó cerca. Tuve suerte, normalmente cuando llego el tren se va, como burlándose de mí.
Me senté, agotado. El sudor empezaba a caerme despacito por la frente. Miré por la ventanilla a la gente que se acababa de bajar del tren. Y vi a una parejita abrazaditos en el andén. Siempre me apenaba al ver esas escenas. Me recordaban a cierta época de mi vida. Pero fijándome más detenidamente, me pareció que ella me era conocida. Sentí una punzada en el pecho.
Las puertas del tren pitaban indicando que iban a cerrarse. Ahora entendía por qué el tren me había esperado, hoy quería reírse de mí de un modo distinto al habitual. Realmente, no pude verla, pero sentí que el pecho me apretaba con fuerza: Me pareció ver a mi exnovia con ese tío.
Estaba claro. Habían pasado los meses y ella empezaba a frecuentar con otras personas. Yo, aunque ya no estaba estancado, tenía claro que hubiera preferido que aquello no ocurriera. El viaje de tren se me iba a hacer largo entre reflexiones, y se me acabaron pasando las dos estaciones en las que podía haberme bajado. Cogí el móvil, y escribí un sms.
No puedo ir, lo siento. Ya quedaremos otro día.
Y llegué hasta la última de las paradas. Me bajé, cogí el metro, y volví a casa. Me encerré en mi cuarto, y me tumbé. Y mientras su recuerdo bailaba en mi cabeza, las dos palabras que mejor han reflejado mi alma salían de mi boca.
- Te Quiero.
