La primera vez no se disfruta
La primera vez no se disfruta. Hay que esperar al paso del tiempo para edulcorar los recuerdos: para engañarnos. Los nervios, una sensación propia de los novatos, no permiten la relajación. Por muchos ensayos mentales y físicos, la realidad difiere de las pruebas. Los simulacros son una mera aproximación. En los simuladores de vuelo se prevén miles de variables. Siempre hay alguna que no se cumple. Nuestra propia reacción difiere de la que habíamos previsto. Es imposible controlarlo todo: una sobredosis de realidad sería insoportable. Entras semidesnudo en una especie de piscina que simula la falta de gravedad. El agua no está fría ni caliente; en realidad no hay agua. Es una sustancia algo espumosa que te hace cosquillas, como un masaje ligero para que flotes, como en el Mar Muerto, para que te sientas bien. Casi relajado. A la salida te dan de comer en unos tubos como de pasta dentrífica. Sabe un poco soso, como la comida de los aviones, con muchos colores. Las cabinas son más altas que las de las primeras naves, que sólo permitían contratar astronautas bajitos. Ahora somos altos, bien proporcionados, ingenieros, licenciados y así, con las mejores notas en los test psicológicos, muy equilibrados. Que uno se obsesionara el pasado año con su compañera de viaje y hubiera que internarlo es la excepción de la regla. Sí, somos emocional e intelectualmente estables, aptos, dispuestos a subir a las nubes. Los viajes por el espacio son como entrar en otra dimensión. Al cruzar la exosfera se van dispersando los gases mientras disminuye la fuerza de gravedad y la temperatura se estabiliza. El aire abandona sus cualidades y el espacio se llena de polvo cósmico, entramos en el espacio interplanetario. Contemplamos materia plasmática, con una ionización molecular tan singular que nos adentramos en el vacío. Sí, sentimos escalofríos, nos envuelve un orgasmo prolongado y flotamos, por la ausencia de gravedad y por la responsabilidad. Si te ves en un espejo no te acabas de reconocer. No como Narciso, más bien como un mono juguetón que al ver su imagen reflejada hace malabares, agita los brazos, da saltos y chillidos, sorprendido, tontorrón. Viaje galáctico lo llaman. Pero la primera vez no se disfruta.
