Relecturas
Releía esta semana La Colmena de Cela y me impregné del ambiente de posguerra de escasez y desabastecimientos; esperemos que el síndrome no cale en estos días de lluvia, de fútbol y sin transportes. Por el bar de Doña Rosa es inevitable ver pasar a los personajes con las caras de la película de M. Camus: a Sazatornil, López Vazquez, P. Rabal, Ana Belén… Resulta como una lectura contaminada por el cine. Ahora que estoy más literario me acuerdo de las palabras de Kafka sobre (contra) el cine: “es un juguete extraordinario pero no lo resisto, tal vez porque tengo una predisposición demasiado óptica. Soy un hombre visual. En cambio el cine impide la mirada. La fugacidad de los movimientos y el rápido cambio de imágenes nos fuerzan constantemente a echar un simple vistazo. No es la mirada la que se apodera de las imágenes, sino que son éstas las que se apoderan de la mirada. Inundan la conciencia. El cine supone ponerle un uniforme a un ojo que hasta entonces había ido desnudo.”
Las relecturas también suponen una sorpresa porque nos impelen a examinarnos, nos retrotraen a aquél que un día fuimos. Ese adolescente que un día se enfrascó ávido en las páginas de, por ejemplo, El árbol de la ciencia de P. Baroja, en quien ahora me cuesta reconocerme. Ese Andrés Hurtado que estudiaba medicina y pasaba los días con melancolía y escepticismo me parece un pobre hombre, un triste intelectual, decimonónico. No necesita Baroja gran ambientación, ni llenar de personajes una novela como Galdos, para trasmitirnos la crisis del noventa y ocho. Seduce ver lo poco que hemos cambiado, los españoles, los jóvenes, los funcionarios, las mujeres, los de pueblo o los madrileños, las prostitutas, los médicos, los políticos, hasta los medios de comunicación mantienen la esencia de hace más de cien años. En el fondo nada ha cambiado y cada uno pensamos habernos transformado. Las relecturas son un espejo insobornable. Mañana menos lluvia, más páginas: ¿más transportes?
