21 Agosto 2008

De la mitología aprendemos los castigos divinos. Los dioses quitaban el habla a los humanos. Convertían la boca en pico, de pájaro. Los enmudecían o sólo les dejaban las últimas sílabas, como a Eco…el eco. A otros los convierten en piedras, en fuentes, a otras las violaban. Los dioses, inmisericordes. Los dioses dejaban sin habla, los reyes mandan callar. En Guantánamo se obliga a escuchar (a B. Springsteen, p. ej.). Shakespeare recomienda escuchar a todos y hablar a muy pocos. El sonido del silencio. Freud escuchaba: esclavos de las palabras, dueños del silencio. Las leyes han incorporado el derecho a callar. Los polis dicen de carrerilla: “todo lo que diga será usado en su contra.” Está bien que nos recomienden no hablar demasiado. En la radio a medianoche sí aconsejan “hablar por hablar”. La contaminación acústica va en aumento. A más desarrollo: menos espacio y más ruido. Beethoven, sordo; Borges, ciego; Nietzsche, loco. Silencio, por favor.
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21 Agosto 2008

Horizontal, sí, te quiero, dice Pedro Salinas, déjate ya de fingir un equilibrio. Horizontal y vertical. La horizontalidad del toro; el torero es vertical. La poesía narrativa es horizontal, el poema versificado vertical. Dice Alessandro Baricco en “Los bárbaros” que la civilización es profundidad, verticalidad; que la barbarie contemporánea es horizontal, superficial. Horizontal y vertical, deslizamiento y concentración. Estructura jerárquica, piramidal, vertical; estructura horizontal, democrática. Señalización horizontal o señalización vertical. Según el código de circulación, la señalización vertical tiene prioridad sobre la horizontal. Dice Vicente Verdú que ahora la horizontalidad gana a la verticalidad, que la metáfora de la feminidad extensiva se impone al tropo del semental. El saber y el ser son verticales y el estar y parecer horizontales. Los rascacielos o las casas de una planta; las jirafas o las tortugas. Decía Sylvia Plath, soy vertical, mejor querría ser horizontal.
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20 Agosto 2008

Esta mañana escribía que los aviones son para volar, para descansar. Lo decía, pero siempre he tenido miedo a volar. He cogido el vuelo Madrid-Las Palmas en más de una ocasión. He volado en Spanair. Volveré a hacerlo. Algunos ya no podrán repetir. Cinco, decían a las cinco. Veinte, a las seis. Cien, a las siete. Ciento cincuenta oigo al llegar a casa al anochecer. Hay días que sería mejor no salir de casa. Hay ciento cincuenta personas, de carne y hueso como tú y yo, que no volverán a casa. Ciento cincuenta. Si te dignas en contarlas de una en una, te cansas. Es lo menos que podemos hacer: rezar cada uno a su manera. Llorar. Y volar.
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20 Agosto 2008

Nuevas normas de aviación en la Unión Europea. No se puede llevar cañas de pescar en el equipaje de mano del avión. A quién se le ocurre llevar una caña para volar. Se podría usar de bastón, de puntero ante el televisor, de pértiga para cambiar de asiento, de jabalina contra los de clase preferente. Si dejaran abrir la ventanilla, lanzarías el hilo y a esperar si cazas alguna gaviota. Los albatros son de vuelan raso, no picarían. Pescar, no. Entiendo que no dejen subir con anzuelos. Ni llevar de cebo lombrices y gusanos que se esparcirían por el avión hasta el asiento del piloto y la cabina de mando. Se puede acceder con las botas de agua, con la cesta de mimbre, con el chaleco, el gorro, el carrete. Ser pescador no es sospechoso. Sólo molesta la caña. La caña y las pistolas. Coge el dinero y corre, con la pistola de agua. Dentro del avión no se puede correr mucho. Sí se puede molestar a las azafatas. Y a los azafatos. Y a los niños. Y mojar a los albatros de alas de gigante. Los juguetes para el campo, la ciudad, la playa. En los aviones a volar, a descansar.
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19 Agosto 2008

Las urracas también se reconocen ante un espejo. Hasta ahora sólo los delfines, chimpancés y elefantes. Y los humanos. Quizá los loros también. Narciso era humano, demasiado humano. Se embelesó con su reflejo. Por su belleza, cuenta la mitología. Se veía divino. Se recreó con su imagen reflejada en el agua. Ovidio recomienda a las romanas mirarse al espejo. A los romanos, no. Las urracas son conscientes de su cuerpo. Se miran, se gustan. Los espejos, de mucho mirarlos, de mucho mirarnos, se gastan. Esperpénticos, convexos y cóncavos, como en el callejón del Gato. La mirada, cómplice sibilina, nos devuelve la imagen que buscamos. Como a la madrastra de Blancanieves. Somos herederos de la madrastra. Hijos putativos de la moda, de la imagen, del espectáculo. Urracas ante el espejo de la modernidad. Chimpancés que hacen cola en las clínicas de cirugía. Mórbidos elefantes en busca de estética. Los delfines, incrédulos, nos miran. Nos ven como loros y urracas.
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19 Agosto 2008

Parece el mismo andamio. Hace meses que paso diariamente bajo la obra al volver del trabajo. Los mismos operarios, las mismas voces. En verano y en invierno. Sus palabras me llegan según el estado de ánimo. Cuando estoy contenta son flechas de colores, cuando me fallan las fuerzas me suenan a martillazos, picazones envenenados que caen desde la altura como platos fríos. Platos fríos y rotos. Me agrietan la piel y naufrago como un colador. Cuando llego a casa me miro al espejo y las arrugas se han multiplicado. No entiendo esa fidelidad en los piropos. No entiendo que no vean cuando mi piel está reseca, impermeable a voces anónimas. Cuando vuelvo a pasar con la barra de pan, creen que regreso para volver a ser adulada, los sonidos aumentan y las voces se hacen intimidatorias, agresivas. No regreso para ser adulada, pero soy consciente que volveré a ser regada con gritos de aclamación. Soy consciente y no cambio de panadería, de calle, porque no tengo por qué cambiar, porque tampoco me disgustan tanto esas voces, hay días que son las únicas muestras de ánimo que recibo. Oigo lo de qué buena estás, corazón, y me cuesta reprimir la sonrisa de desilusión, el mohín de cansancio, el gesto ambiguo que me recuerda la juventud. De ambigüedad y desilusión se manchan mis recuerdos juveniles. De adolescente era invisible. Invisible a un mundo que no me veía. Si hubiera pasado por la obra a los quince años, nadie me hubiera visto; me hubiera apartado para no ser sepultada bajo el peso nostálgico de impersonales ladrillos. Ahora coincido, a veces, por distinta acera con alguna quinceañera, y me sorprendo al ver que las miradas se reparten. Que los hay que prefieren mirarme, recrearse la vista con lo que tiene de atemporal mi cuerpo, con mis ojos almendrados de tantas dudas, con unas curvas resignadas al cambio de estación, con una piel barnizada de seducción y artificio. Hasta los treinta años viajaba en mi cuerpo como en un vehículo ajeno. No me gustaba, me quería poco, me valoraba menos. Fue tras el susto en el portal. El susto y la rabia me hicieron sobrevivir. El susto de unos miserables que me atemorizaron en el portal me llevó a tomar conciencia de mí. A darme cuenta de que había sido muy dura conmigo, de que no había sabido disfrutar, de que aparentaba más años porque no me cuidaba. De que a pesar de caminar de puntillas, de mi fragilidad, no podía ignorar al mundo. Fue el estúpido encuentro en el portal con unos impresentables, el susto de unos roces que quedaron en eso, en unas risas estúpidas que me hicieron huir corriendo escaleras arriba, mirarme en el espejo de mi habitación y decidir si suicidarme o sobrevivir. No me corté las venas, ni salí a la calle al día siguiente. Tardé días, semanas, meses, en recuperarme, en sobrevolar mi pasado. En querer seguir viviendo. Días de altibajos, de más dudas, hasta que retomé el rumbo convencida de que las paredes de mi casa me agrietaban. Hasta que cambié de piso, abrí las ventanas, respiré hondo repetidamente, y decidí no tomarme la vida en serio. Decidí burlarme del mundo, tomarme a broma, llevar ropa más ligera, más cómoda, ser más informal, menos estirada, aumentar las sonrisas, los kilos, despreocuparme para disfrutar más. Mis días cambian como las estaciones. Mi pasado es un andamio multicolor. Mi vida es un andamio frágil y consistente, un juego de transparencias, un abanico que se abre al anochecer. Un andamio que, a diario, monto de hierros sutiles y de maderas resbaladizas. Una sorpresa, los andamios, mi vida.
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17 Agosto 2008

Pregúntale al verbo, me decía doña Angelita. Pregúntale al verbo y sabrás ordenar el mundo. Y el verbo no respondía nada. El verbo se quedaba callado, como yo. No entendía muy bien eso de que el verbo fue lo primero. No entendía que en las conjugaciones está el movimiento, la acción, el tiempo. El verbo no me respondía, no me ayudaba a encontrar el sujeto, a diferenciar los predicados. Tardé mucho en oír hablar a las palabras, en sentir ese susurro que se acerca pausadamente, con sigilo y te explica dónde situar los sustantivos, dónde acentuar, hacer una pausa, dejar que respiren las voces alrededor del verbo, del director de orquesta. Doña Angelita no ayudaba con las pistas, sólo repetía la pregunta, como un sonsonete con su diapasón. El verbo empezó a hablarme cuando abandoné a Doña Angelita, cuando fui haciéndome mayor, cuando tropecé con las emes con la pe o con la be. Cuando me hice amigo de los diccionarios. Cuando curioseé en las letras, entre los sonidos de palabras difíciles. Aparecieron la idiosincrasia, el devenir, la metonimia, palabras y palabros difíciles de recordar y de entender. Lo pluscuamperfecto se acercaba al condicional y el subjuntivo se subordinaba en aguas pantanosas. El imperativo de doña Angelita nunca se me dio bien. Ahora ella navega en el pasado, y el verbo, primigenio y entrecomillado, se acurruca en la orilla para aprender y olvidar la magia de las palabras.
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15 Agosto 2008

Isabel, por ejemplo. Noventa por ciento de obsesión y diez por ciento de costumbre. Eso es el amor. Cien por cien de obsesión. Verla un día a la semana. Soñar con ella los demás días. Verla pasar por el Coso unos segundos, a Isabel. Verla parada ante el semáforo, parar el semáforo. Cruza de acera con la melena despeinada, con el cuello al viento, gira las caderas como en un oleaje, Isabel. Su risa es un escándalo. Una provocación, un atentado a mi inestable serenidad. Contagiosa, fértil, efímera. Nunca tiene prisa, para los relojes y me alimenta para muchos días. Con verla pasar por la calle me siento feliz muchas horas. En Isabel nada es gratuito. No tiene nada de accesorio, de contingente. Ella es necesaria. Llamémosla Isabel, porque así podría llamarse, ¿por qué no? Hay que poner nombre a las cosas, a los deseos, a los peces, a las plantas, a los hechos. La realidad está llena de evidencias, de circunstancias aleatorias, de golpes de suerte, como Isabel. Cada vez que coincidimos en la misma calle, a la misma hora, se produce una alineación planetaria, una suerte de conjunción que acerca nuestros planetas para que cada uno siga su curso natural. Sin juntarse, sin juntarnos. Y ese curso natural me resulta de lo más artificial. Me gustaría que no lo fuera. No deseo el choque de dos planetas, no busco un accidente estelar, no soy un terrorista espacial, sólo rezo por la unión de dos cuerpos. La unión física, el roce de la carne, la piel sobre la piel. La mirada de Isabel es verde, su pantalón azul. Seguro que huele bien, que sabe a vainilla. La religión del amor está habitada por plegarias. Por cantos de fe, por círculos concéntricos que producen parálisis cerebral. El ritmo cardiaco se acelera y el temblor de manos es signo de desesperación. Noventa por ciento de obsesión y otro noventa de desesperación, por Isabel. Es difícil ser creyente una vez por semana. La parcialidad es poco productiva. La fe se alimenta de hechos, de montañas de dicha y de consuelo. Isabel es de otra religión, de otro equipo, como si no tuviera casa, una nómada del desamor. Como yo. Seriamos la pareja perfecta en un mundo imperfecto. Seriamos como dos mariposas que cambian de continente. Cruzar el Estrecho a nado y no mojarnos. Sería un sueño roto. Las obsesiones se alimentan de costumbre, de sinrazón. De quijotismos, de hazañas. Es una pena que escribir de Isabel no me acerque a Isabel. Sólo a mi idea de Isabel, a mi obsesión por Isabel. ¿Si le preguntara a Isabel si se llama Isabel? ¿Y si Isabel no se llama Isabel?
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