Eran un cuarto para las cinco, - ¡Diablos!- se quitó los tacones y fue corriendo en busca de un taxi. Llegaría a casa en cuarenta minutos, era tiempo de descansar un momento e intentan olvidar ese desagradable encuentro. Pagó al chofer, el cual la miraba con cara de morbo, y se dirigió hacia una casa antigua casi a las afueras de la ciudad; giró la llave lentamente intentando hacer el menor ruido posible, se bajó el vestido, se despintó un poco y recogió su cabello para no levantar sospechas. Entró caminando en puntillas con los tacones en la mano.

Derepente oyó una voz de alivio detrás suyo – ¡Hija! ¡Por fin llegaste! – un anciano con la mirada empapada de lágrimas estaba con las manos alzadas agradeciendo a Dios por haberla devuelto a salvo. –Abuelo cuantas veces te he dicho que no me esperes- el instinto la hizo estirar los brazos para abrazarlo, pero se sintió sucia, incapaz de poder tocarlo. – Voy a dormir, ha sido una noche agitada en la oficina- y le dio la espalda, con el corazón partiendosele por mostrar semejante indiferencia ante uno de sus seres más amados. Subió a su habitación y se despojó de todas sus ropas, tan sólo quería estar bajo el agua e intentar limpiar el deshonor y la asquerosidad que sentía por su cuerpo. La lágrimas caían mezclándose con el agua que salía por la regadera. Siempre sucedía lo mismo…el dolor.

Odiaba venderse pero no tenía otra opción, debía pagar la casa, la manutención de sus abuelos y la pensión en la universidad. Sacó el dinero ganado durante la noche y, a pesar de la repulsión que sintió, agradeció a aquel último cliente que le dio una buena paga. -Al menos con esto podré pagar sus medicinas- pensaba, una triste sonrisa se dibujaba en su rostro mientras se acomodaba en su cama para descansar y evadir la realidad al menos por unas horas.
El despertador sonó y ella, aún soñolienta, se levantó automaticamente. Se puso un buzo y una camiseta holgada, mientras que una cola recogía todo su cabello dejando libre un rostro hermoso a la vista de cualquiera. Cogió su mochila y se dirigió a la universidad.
Ya estaba en noveno ciclo, faltaba muy poco para que terminarala carrera y se graduara. Seguía la carrera de Derecho, pero no encontraba trabajo... situación común en este país. Una vez finalizados sus estudios tenía todo planeado: dejar de lado a lo que se dedicaba en las noches; hacer que sus abuelos no pasen hambre, por el contrario, que estén rodeados de todas las comodidades, y ejercer su carrera.
Era una chica normal durante el día, cualquiera que la conociera diría que es sumisa, atenta, responsable y respetuosa... es decir, una señorita de su casa. Ella misma se sentía así durante el día, tenía la necesidad de olvidarse que llegaría la noche y tendría que pasas esos momentos desagradables nuevamente, pero ya faltaba poco, muy poco para que todo terminara.

Las seis de la tarde, terminaron sus clases en la universidad, como siempre tuvo que excusarse por no poder ir a estudiar por la noche con un grupo de amigos, tenía que trabajar. Sacó su traje del casillero y se dirigió al hotel que era testigo de su transformación.
Unos ojos negros resaltados con delineador, sombras claras para iluminar su mirada y cautivas a los espectadores, sus labios de color rojo encendido, unos aretes largos que combinaban con su rostro largo y delgado, el cabello recogido y esponjado...

Hoy le tocaba estar en la "oficina" , así le llamaban a un cabaret que era asiduamente frecuentado por ejecutivos de la zona. Encontrabas desde "empleaduchos" hasta los gerentes generales. Carlota, la dueña del negocio, le había exigido que haga un espectáculo para los clientes... como aquí no existen peros, ni comos, ni porques tuvo que aceptar sumisamente.
Vestida de negrp, una blusa ceñida que mostraba sus exuberantes curvas, unas porta ligas cubiertas por una falda que torneaba perfectamente sus piernas. La música comenzó a sonar y ella se perdia en el sonido, olvidaba los silbidos, los aplausos y las miradas pervertidas que la asechaban. Dejaba fluir todo el sentimiento, la pasión y la lujuria.

Le gustaba sentirse deseada, que la vieran pero no que la tocaran. Sus brazos enlazandose mientras sus caderas se meneaban deslizandose lentamente hacia abajo. La furia del sentir la melodía, el poder … sus manos tocando sus piernas tentando a los presentes que observaban anonadados la fuerza de su baile. Sus labios que provocaban acercarse y robarle un beso, el sudor que emanaba la hacia más sexy, la tentación para todos, como la manzana del pecado, que deseaba ser mordida … no importaba caer en el infierno ella lo valía, la renuncia al paraíso. Era el pecado carnal, el pecado mortal.