Tener.
Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo, conocí a una joven doctora que me agradó por su alegría y espontaneidad. Aún no conocía yo la vía del Zen y me intrigaba como podía ser que pareciera feliz.
Un día nos invitó, a mi y algunos de mis amigos, a pasar un rato en su casa. Al entrar, todos nos quedamos sorprendidos. En el salón principal había una pequeña estufa, una mesa, cuatro sillas, una guitarra, un radio-cassette, unas cuantas cintas para este y cuatro o cinco libros. Nada más. Eso era todo lo que tenía. Ni televisor, ni sofá, ni lámparas -una bombilla colgaba del cable-...
Ante mis preguntas, me respondió con, toda sencillez, que no necesitaba nada más. No tenía que preocuparse por lo que se manchaba o estropeaba. No tenía que buscar nada porque todo estaba allí. Incluso me prestó uno de aquellos libros para el verano.
Pasamos la tarde, oyendo una y otra vez aquellas cintas, hablando y jugando, distraidos con unas velas que trajo de la cocina. Se me contagió su felicidad y me di cuenta de que poco se necesita para ser feliz.
Recuerdo que, durante mucho tiempo, envidié a aquella doctora.



Soy una persona que intenta vivir el Zen en todo momento y que quiere ayudar a los demás a que encuentren su propio camino. Jamás dejo de aprender. Un aprendiz de bodhisattva.