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LITERATURA

Recuerda recordar

Categoría: Baldosas a cuadros

22 Febrero 2008

MONOLOGO DE UN GATO SENEGALÉS

El ser humano es por naturaleza derrotista. Donde hay un escupitajo, en plena parada de autobuses o una avenida donde los niños juegan al clavifilo, ven un mar tumultuoso, de olas avariciosas, iridiscentes y quemarropas. Del mismo modo que si ven una cagarruta hablan de un estercolero. Los gatos no soportamos esos problemas, ni aun estando encerrados en prisión. Somos más prácticos o, a decir verdad, más pragmáticos. Aunque tendríamos que diferenciar entre los gatos salvejes y los gatos domésticos, quienes han llegado a humanizarse. En la prisión conviven dos gatos domésticos a los que les está costando la adaptación. Acostumbrados a comer esas latitas de carne con sabor a pollo y buey. Kurt me gustaba por eso. Comía cualquier cosa, incluso comida para gatos. Yo le veía más gato que hombre, acaso un jaguar chamánico. No tenía política, como los gatos salvajes. Nuestra política se basa en tomar el sol y tener siempre un plato de comida. El problema de los humanos es que tienen toda la comida que quieren pero no saben tomar el sol...

(extracto de Monólogo de un gato senegalés. Texto íntegro publicado en http://www.lacoctelera.com/perrodelcielo)

adolfo marchena. Okina

Imagen: Elisa Lazo de Valdez

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2 Noviembre 2007

EL CRISTAL DE VENECIA

2.

Kurt decidió salir aquella tarde del trabajo y no ir directamente al café-galería. Acumuló otros diez minutos a su jornada laboral, como habituaba, e hizo un recuento mental mientras conducía hacia el centro de la ciudad. Era jueves y tenía casi una hora ganada. Pensó que este jueves podía quedarse más tiempo en el café-galería, un día especialmente animado y acudir a la mañana siguiente más tarde al trabajo, compensando el control horario que tanto le gustaba controlar a Kensley. Y así todo quedaría a cero. Si reprochaba la actitud de éste cuando llegaba con sus listados semanales tampoco le agradaba regalar su tiempo. El menos suponía un castigo y el más la indiferencia. A no ser que tu técnico o algún otro superior te lo pidiese, aquellas horas no eran convalidadas por días de libre disposición. Todo por escrito. El tráfico era intenso y los conductores impacientes tocaban el claxon apenas el semáforo cambia del rojo al verde. Kurt pensaba en esos momentos de inmovilidad en lo escrito. Todo por escrito. Desde las cuevas de Altamira a Laxcaux, la escritura cuneiforme, los jeroglíficos, las firmas de los tratados. Tal vez fuese mejor dejar de hablar y dejarlo todo por escrito. No habría dudas en las discusiones. Yo dije aquello… Entonces sacarías de un archivo la conversación de aquel día y podrías ratificar lo escrito. Muchos mal entendidos dejarían de existir. Aunque supondría un gran inconveniente para quien hablase mucho, más bien lo escribiese. En estos días en que Kurt no había visto a Luver, cosa que le extrañaba, investigó sobre el dichoso cristal de Venecia, que según Luver era de suma importancia para su investigación histórica.

Aquella mañana el sol se mostraba tímidamente y los soldados lo agradecieron, después de unos días de lluvia. Según el parte metereológico, casi siempre indeciso, anunciaba unos días de calor. El capitán, al que apodaban la grulla –otros le decían la garrapata-, se mostraba nervioso, reuniendo en la sala de mando de operaciones, ubicada junto a su estancia confortable, cavada bajo tierra, a sus inferiores en graduación. Estoy inquietaba al resto de los soldados. Kurt sostenía sobre sus manos un envase metálico. Después de aguardar en la fila le llegó el turno, donde le dieron el café y una rebanada de pan con un poco de mantequilla amarillenta y un punto de confitura. En alguna ocasión recibían una onza de chocolate, generalmente los domingos, antes de que el capellán ofreciese la misa. Orson se sentó a su lado. Enfrente, con sus rifles apoyados y la boca del cañón protegido, Levis y Michel desayunaban en silencio. El frente parecía tranquilo si bien los observadores se mantenían en sus puestos. Tenían por costumbre juntarse hombres de la primera y la tercera compañía. La convivencia resultaba pacífica, salvo en el caso de Malraux, que siempre andaba quejándose o provocando alguna trifulca.

Kurt aparcó el coche en un parking subterráneo. Solía frecuentar una librería que se encontraba a pocos metros. El garaje, como casi todos los garajes, resultaba tétrico. Poco iluminado, salvo la cabina donde el cobrador te validaba el ticket. Saludó a las libreras y fue inspeccionando. Las novedades y sobretodo los best seller, no le interesaban demasiado. Siempre buscaba algún autor nuevo. Narrativa, poesía, historia, biografía, filosofía, psicología… Todo le interesaba. Encontró un libro muy completo sobre el budismo. Por aquel entonces el camarero del café-galería practicaba el zen y continuamente le comentaba o le soltaba algún dicho. Así que se interesó por la materia. Y aunque varios libros más llamaron su atención solamente se llevó el libro que se titulaba Budismo. Tal cual. Debía comenzar por lo general, digamos, si después pretendía adentrarse en lo particular. Al pagar se entretuvo charlando un rato con una de las libreras, a la que preguntó por un libro descatalogado. Se lo podían pedir y accedió. Como ya guardaban sus datos en el ordenador no perdió demasiado tiempo. Antes de coger el coche entró en un bar, situado enfrente. Un bar de forma alargada cuyas mesas ocupaban en hilera la parte izquierda de la pared. Acostumbraba a sentarse en la barra. Pidió una cerveza. Estuvo ojeando el libro mientras las voces, algunas más altas que las otras, provenían de las mesas. Ancianas que se reunían, una pareja que se miraba con ojos de melocotón o un ejecutivo, tal vez un escritor, que trataba de teclear sobre un ordenador portátil, sin olvidarnos del inconfundible lector de periódicos que te encuentras en todos los bares.

-He escuchado que en tres días atacamos –le dijo Orson a Geor.

-¿Quién te lo ha dicho?

-Ya sabes que aquí todo se sabe y el secretario es una fuente de primera.

-¿Hay más datos? –quiso saber Geor.

-Desconocen si será la primera o la tercera compañía la que ataque. Calculan que en tres días, desde Chantilly avanza una división de apoyo, creo que es la 13ª de Dupont. Dicen que debemos avanzar hasta Ham para desde allí tomarles por la retaguardia y recuperar la zona de Bert.

-¿Cómo es que tienes tántos datos? –le preguntó un tanto sorprendido Geor quien por un momento se trasladó al salón donde su mujer tocaba el piano.

-Ya sabes que Montenieu es un secretario muy eficaz y retiene todos los nombres.

-Si le cogen pasándonos información lo mandan directamente a París.

-Te aseguro que no. El capitán ya lo sabe, no es tonto, y le conviene que estemos avisados. Para él supone un incentivo, cara a nuestra fortaleza. Lo sabemos y lo pensamos. Nunca piensa en que nos podamos preocupar.

-¿Y cuál de nuestras compañías acompañará a la división?

-Ni idea. Tu eres de la tercera y yo de la primera, así que está claro que uno de los dos irá.

-Sí –respondió Geor. Una nube cubrió el sol que ya se mostraba, de no ser por el chorreo constante de nubes grisáceas, algunas más oscuras que daban mayor brillantez a las que se mezclaban con el blanco haciéndolo más intenso. Geor pensó de nuevo en su mujer, en la acomodada casa de dos pisos que tenían a las afueras de París, a escasos kilómetros. Seguramente ahora el humo de la chimenea podría distinguirse desde el camino que llevaba a la ciudad.

Kurt se entretuvo sacando unas fotografías antes de entrar en el café-librería. Antes de volver al garaje para coger el coche se encontró con un viejo acordeonista que tocaba por las calles. Cada día se ubicaba en un punto diferente, al igual que su compañero, con quien Kurt se cruzo una noche en que regresaban. El viejo acordeonista le presentó a su compañero, algo más joven. Volvieron a desplegar sus acordeones y le dedicaron una melodía. Parecía del este de Europa. Kurt fotografió aquel gesto. Su habitual mesa se encontraba vacía, como si el camarero zen influyese sobre ella para que Kurt la encontrase, en ocasiones, con las tazas o las jarras aún no recogidas. Las mesas del primer piso estaban ocupadas. Las dos jóvenes estudiantes le saludaron y le invitaron a jugar al parchís pero Kurt tenía otros planes.

-¿Cómo va Kurt? –le preguntó el camarero.

-Sin novedades en el frente –parafraseó Kurt y pidió una jarra.

-Esta noche vendrá Michel y le acompañará al violonchelo Trenca, ya le conoces. Me dijeron que a eso de las diez.

-Cojonudo, me encanta escucharles. Y me inspiran para escribir. Ya sabes que ando corrigiendo un poemario y, por cierto, he comprado un libro sobre budismo.

-Ya te lo dije: cae la nieve, cada copo en su sitio.

-Siempre me lo dices, a ver cuando me cuentas una de esas pequeñas historias zen tuyas.

-Cuando vuelvas a bajar a por otra cerveza. Por cierto hoy vienen Loran y su séquito.

-Joder, lo sabes todo. ¿Y por qué me lo dices? –le preguntó Kurt mientras sacaba del bolsillo un paquete de tabaco.

-No eres tonto. Ya me has hablado del tema y sé que no te gustan. Y tus críticas tampoco son demasiado buenas para su grupo. Y ya sabemos que les encanta ser el centro de atención. Y como siempre, tienes que soltar alguna de tus indirectas o esas ironías que te marcan.

-No te preocupes, esta noche me limitaré a escribir, a escuchar música y a saludar. Cortésmente.

-Lo de los enemigos no está mal pero protégete las espaldas. Y sabes que te doy la razón.

Ya en la mesa se deshizo de su chaqueta de cuero y dispuso la pequeña libreta donde escribía y el borrador del poemario. Dio una calada al cigarrillo y tomo un buen trago de cerveza rubia. Según el día se inclinaba por una u otra, e incluso añadía un pequeño vasito de whisky en su interior, algo que también le enseñó el camarero. Pensó en sus palabras. Cierto que no tenía gran aprecio por el grupo de Loran. Kurt había comenzó en el campo de la revista impresa codirigiendo Alimania, con su gran amigo y mentor, como Kurt siempre afirmaba en alguna entrevista, Jolristi. Pero los temas institucionales se torcieron y la revista dejó de publicarse. La única revista que existía en esos momentos era la de Loran y su séquito y Kurt siempre manifestó su desacuerdo. Ante muchos aspectos, algunas de cuyas afirmaciones se publicaron en prensa.

Atardecía en el frente. La normalidad reinó durante el día, salvo algún disparo esporádico. Los informes al capitán siempre eran los mismos. Sin movimientos relevantes. Pero el capitán guardaba una ligera sospecha. Los soldados se entretenían esperando la cena. Algunos jugaban a las cartas, otros discutían, muy pocos leían y otros muchos miraban viejas fotografías. Sacar la cabeza era peligroso y la visión no resultaba agradable. Un terreno baldío donde las bombas y los obuses mostraban un campo bañado por enormes hoyos, donde miles de muertos se descomponían poco a poco. Si el viento soplaba del norte la pestilencia se hacía insoportable, a pesar de la costumbre. Una costumbre siempre nueva. Algunos soldados se entretenían disparando a las ratas. De vez en cuando caía alguna liebre o un conejo pero quedaba allí. Se habrían matado por comer liebre o conejo pero salir a buscarlo resultaba del todo insensato. Era preferible mirar hacia la retaguardia, donde podían ver un pequeño bosque de coníferas, que conocían cuando iban al puesto de observación para trasladar en carros las provisiones. No era una misión peligrosa y todos estaban encantados cuando les tocaba el turno. Podían adentrarse un poco en el bosque y sentarse a la orilla de un pequeño río que serpenteaba, ajeno a la guerra, aunque en alguna ocasión algún cadáver bajase flotando, lo cual lo hacía desagradable. Luver vino a sentarse al lado de Geor, que leía un pequeño libro de poesía. Viéndose obligado a escoger entre ese libro y la Biblia prefirió guardarse el primero, le recordaba más a su mujer.

-Tengo algunas noticias –le irrumpió Orson. Geor volvió a guardarse el libro en el bolsillo interno de su cazadora.

-Supongo que Manteniau ha vuelto ha hablar.

-No te equivocas. Se volvieron a reunir después de comer. Y sabes, has tenido suerte. Mi compañía se une a la división que viene de camino para el ataque.

-Lo siento y lo mismo hubieses dicho tú. Cuando llegué el día te desearé suerte. Ya sabemos que el próximo ataque o contraataque le tocará a mi compañía.

-Aquí no existe ninguna certeza. Y olvidas que muchas veces sale una tras otra. Aunque ahora tenemos pocos hombres.

-Por eso nos mandan refuerzos. Y espero que vengan bien acompañados de víveres. Y las cartas, sabes si traerán cartas –preguntó Geor, algo inquieto.

-Siempre traen correo. ¿No temes a nada?

-A qué te refieres, Orson.

-Nada, me refiero a la guerra.

-Lo que todos. Morir y ver cómo mueren los amigos. Quisiera, por un momento, volver al calor de mi hogar.

-Todos queremos volver a algún sitio pero de aquí sólo sale el que cae mal herido y tiene la suerte de ser recogido por los camilleros.

-Ojalá cayese mal herido.

-No digas tonterías, Geor. Estamos aquí y lo único que podemos esperar es el día en que nos releven. Sólo eso, no veo otra cosa.

Habían transcurrido dos horas y Kurt tomaba su quinta cerveza. Continuaba corrigiendo, saludando de vez en cuando, también a Loran y su séquito. Fue cuando entró su amigo Luver, a quien no veía en unos días. Pidió su jarra y subió hasta la mesa de Kurt.

-¿Dónde te has metido estos días, Luver?

-Siento no haberte llamado ni haberme pasado por tu casa pero, no sé, estoy hecho polvo.

-Pero se puede saber qué cojones te pasa ahora. ¿No te va bien con la investigación sobre el santo grial, los templarios y los cátaros?

-No, no es eso, es Rónica. Ya no sé si me quiere o no me quiere, si está jugando conmigo…

-Sabes que me separé de ese grupo con el que andas hace tiempo. Me achacaron la ruptura de Elvya con el imbécil de Marko. Desde entonces no quiero saber nada. Además, no me dijiste que Rónica estaba enamorada de un jugador de baloncesto. Pues el tío es conocido y mide más de dos metros.

-A mí eso no me importa.

-Pues a mí me importaría. Además, Luver, acepta que no está enamorada de ti y ya está.

-Pero tengo un problema. Este sábado celebran una fiesta en casa de Elvya, dicen que va a reconciliarse con Marko. Me han invitado y quiero decirle a Rónica lo que siento.

-Mira Luver, sabes que te aprecio, eres un gran amigo pero todo esto me parece estúpido. Si quieres ir a la cena o fiesta o lo que sea vas y allí te planteas, o más bien te comportas y haces lo que creas conveniente.

-No me atrevo a ir solo.

-No me vengas ahora con chorradas. ¿Con quién has estado estos últimos días? Y no hace falta que me respondas.

-Esto es distinto, Kurt, necesito que me acompañes. Te lo pido como amigo.

-Luver, en confianza, hay cosas que no debieran pedirse. Es tu historia y ya te estoy ayudando con el cristal de Venecia –Kurt trataba de hacerle cambiar de tema- y además yo no sería bien venido, más cuando me dices que se plantean volver a la relación, Elvya y Marco. Pretendes llevarme a la guillotina. No lo veo de otra manera, que no somos adolescentes, vas y lo pasas bien y yo qué sé, la noche correrá y tendrás que aceptar lo que sea.

-Tienes razón, te pido demasiado. Pero me gustaría que vinisieses.

-Te repito que no. Por cierto, cómo va tu investigación.

-La he tenido un poco abandonada. ¿Tú has descubierto algo sobre lo que te pedí?

-Yo no soy historiador como tú y me muevo por instinto pero creo que lo del cristal de Venecia tiene más connotaciones de las que pensabas. Sólo te centras en los templarios, básicamente.

-¿Qué quieres decir?

-Yo no me aclaro demasiado, te digo la verdad. Buscas el santo grial. Y cuando vas por las noches a mi casa la mitad de la conversación gira en torno al santo grial, hasta que te has trincado media botella de whisky y te olvidas. No opino al respecto, no soy ducho en la materia y se supone que el que tiene que saber de estas cosas eres tú.

-Está bien, Kurt, pero dime de una vez qué has descubierto.

-En tus investigaciones buscas un cónclave. Según tú lo tienes localizado en radio de unos sesenta kilómetros. Recuerdo cuando me llevaste a la iglesia abandonada de Alcaria. La de las serpientes, no recuerdo cómo las llamaste.

-Ourobobos, la serpiente alada con rasgo de dragón que continuamente devora su propia cola.

-Lo recuerdo, como que dijiste que era un símbolo pagano y todo eso del círculo. Sigo, para que luego tú verifiques o veas si te puedo ayudar en algo. Se supone que si localizas el punto exacto tendrás que saber cómo entrar. Con ese detector de metales que te han enviado de Alemania no creo que consigas mucho. Entonces pensé en todos los inventos de Leonardo da Vinci y en sus complicadas aperturas. Esto aparece en todas las películas. He buscado en la biblioteca de mi trabajo y se menciona algo sobre un sistema de apertura que funciona gracias al cristal de Venecia.

-Tienes datos de lo que me dices –le preguntó Luver olvidándose por completo de su cena.

-Todo fotocopiado pero no lo he traído. Bien, trataré de explicarte lo que he entendido, luego tú investigas. Ya sabrás que la orden de la Rosacruz fue fundada en el siglo XV, según la leyenda por un tal Cristian Rosnekreuz y este caballero estuvo en Palestina, Damasco y sobretodo en Tierra Santa. Te lo digo porque tu búsqueda real es la del tesoro de los templarios y te pierdes en Tierra Santa.

-Claro que conozco el tema, Kurt, a finales del XVII fue un importante movimiento esotérico. El símbolo, uno de ellos, es la cruz envuelta por una corona de rosas rojas, donde puede aparecer un triángulo doble o una estrella donde a su vez, como símbolo principal figura el pelícano.

-Serpientes y pelícanos. Ya vamos reuniendo la fauna, y no pretendo hacer ninguna gracia. Con todo esto lo que te quería decir es que , ya lo verás en la ilustración, el mecanismo del que te he hablado, el que atribuyen a Leonardo tiene forma de triángulo doble. Y hasta aquí he llegado Luver, pero no tengo ni idea de si todo esto tiene alguna relación.

-Más de lo que piensas, Kurt. Tráeme para el próximo día las fotocopias y sigue investigando. Para mi son pistas importantes y te lo agradezco.

-Si te soy sincero para mí es un galimatías. Por cierto en los últimos cinco minutos has mirado cosa de quince veces el reloj.

-He quedado ahora con Rónica y su cuadrilla. Aquí al lado. Si quieres venir.

-Ya sabes que no, además quiero escuchar a Michel y Trenca, supongo que aparecerán de un momento a otro.

-Nos vemos con más tranquilidad o me paso por tu casa. Esta cerveza no la pagues, te invito.

Kurt se quedó más tranquilo, después de recordar tantos datos históricos. Guardó el poemario, cerró el libro. Lo dejó todo. Esperando escuchar el jazz y las improvisaciones que lograban llenar el café-galería. Y Kurt, en su atalaya, se olvidó de tesoros y de amores imposibles. Lo de la historia le entretenía, lo de los amores no lo comprendía. Y se imaginó un muro, en el que pones un ladrillo sobre otro, alineándolos de tal manera que luego sólo basta con alicatarlo.


adolfo marchena. Okina

Imagenes: Claude Cahun y Gustave Moreau

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20 Septiembre 2007

EL CRISTAL DE VENECIA

Corrían por las trincheras cuando el silbato sonaba dando la alerta ante un avance del enemigo. Calaban las bayonetas en una noche cerrada donde las bengalas iluminaban el cielo. Geor se parapetaba tras los sacos rellenos de tierra. Alguno, alcanzado por las balas, como un reloj de arena marcaba una hora indecisa. El capitán les arengaba ante el avance del enemigo. Los cuerpos caían, unos junto a otros, en ocasiones abrazados, formando charcos de sangre como mares muertos. Sonó de nuevo el silbato y el pelotón salío a la defensa. En un cuerpo a cuerpo donde las bayonetas afiladas perforaban los estómagos y los rostros se contraían. Finalmente tocaron a retirada y cesaron las bengalas. En la relativa calma que deja el combate, salieron los camilleros en búsqueda de sus heridos, que sollozaban o lloraban.

Kurt estaba sentado en su oficina. El aire acondicionado, ya obsoleto, arrojaba un frió casi ártico cuando en su lugar debiera proporcionar un calor más acorde a una playa caribeña, donde los turistas reposan en hamacas a la espera de un daikiri. De modo que todos los percheros se encontraban vacíos. Kurt detestaba aquel trabajo de oficinista. Miraba el reloj continuamente esperando que llegase la hora de salir. Siempre se quedaba diez minutos más para compensarlo si la mañana siguiente llegaba diez minutos tarde. El control horario, emitido cada semana, y controlado por un cabrón llamado Kensley, proporcionaba los datos de cada trabajador. Si no habías cumplido él mismo te llevaba la carta. Sus frases, pronunciadas en alto, como si pretendiese que todo el edificio se enterase, eran siempre "debe usted" o "usted debe" A Kurt no le caía demasiado bien Kensley y a este tampoco Kurt. Kensley sabía que Kurt era rápido pero se demoraba en la entrega de un trabajo y aprovechaba para acceder a internet en búsqueda del cristal de Venecia, y cuando lo consideraba se levantaba y acudía al despacho de su superior. Lo del cristal de Venecia no era para él. Kurt prefería la creación; era para un amigo.


Muy pocos habían pegado ojo aquella noche, tras el ataque enemigo. Geor durmió apenas unas horas, despertándose continuamente, hasta que llegó la hora del relevo en uno de los puestos de vigilancia, donde, en ese momento, se encontraba Orson, con los ojos llorosos por el cansancio. Charlaron brevemente y Orson encontró un hueco donde sentarse y apoyarse para dormir. Geor vigilaba pero su mente volaba a otros rincones. Chimeneas encendidas en una pequeña casa a las afueras del pueblo. Sacó de uno de sus bolsillos la fotografía de su mujer junto a su hija de cinco años. Volvió a guardarla y continuó la vigilancia, la mirada siempre al frente, cuando ya amanecía. Pronto llegaría la lluvia y aquello se pondría peor de lo que estaba. Aunque los ataques de un bando y otro se distanciaban a causa del barro que hacía que las pesadas botas se clavasen y fuese casi imposible avanzar. En esos momentos uno pensaba en todo, sobretodo en el pasado y en el futuro. El presente era un silbato que anunciaba tras un pitido el ataque, dos pitidos retirada, tres pitidos cambio de guardia. Sólo dejaba de sonar cuando llegaba un emisario con escasas cartas, cada quince días.

Kurt fichó y arrancó el coche. Encontró aparcamiento cerca del café-galería al que acudía casi todas las tardes. Charlaba un rato con el camarero y subía por unas escaleras de metal, al pequeño espacio, situado en la parte superior. Casi siempre encontraba la mesa vacía en esa esquina donde se sentaba en un banco corrido, que formaba una L. Había un piano viejo pero afinado, situado en el otro extremo y sólo otra mesa a la derecha que solían ocupar dos universitarias para jugar al parchís. Sonaba el jazz de fondo. En ocasiones Michel tocaba el piano, improvisando pero nunca dejaba de tocar el hombre que vino del agua. Kurt apuraba las cervezas, bajaba y subía continuamente para seguir escribiendo en una pequeña libreta. En el café se reunían otros escritores, pintores, en fin los creadores de la ciudad. Kurt bajó a por otra cerveza. Se encontraba algo borracho. Llevaba ya algunas horas escribiendo. En aquel momento exponía su pintura Margaret que al entrar se dirigió a Kurt.

- Qué te parece mi obra -le preguntó Margaret
- No conjuntas bien los colores -le contestó Kurt tras echar un vistazo aunque ya conocía la colección expuesta.
- Eso es discutible -le refutó Margaret.
- Todo es discutible, incluso que vayas detrás de todos los pintores protegidos por las instituciones. La mediocridad, el sexo o la inapetencia. Todo es discutible.
- No insinuarás... -se ofendió Margaret.
- Digo lo que pienso y tú piensa lo que quieras pero mira como acabó Pot cuando le dejaste, después de sacarle hasta la última moneda sin contar tu búsqueda siempre hacia la fama, sin aceptar un puta crítica. No sé si sabías, pero casi se suicida. Lo cual me imagino que no te altera y ahora sé que andas con Herny, en tu progresión para coger un nombre y que los galeristas te abran las puertas. Pero no te vale sólo con tu belleza. Dime, porqué no te enamoras de mi.
- Eres un puto impertinete -Margaret lo dijo con rabia.
- Lo dices porque adoro a las putas y no me acuesto con ellas.
- Lo digo porque eres un gilipollas y un borracho.
- Es un consuelo ser algo, aunque seas un gilipollas y de vez en cuando te agarres una turda. Pero sigo diciéndote, no combinas bien los colores. Has pintado alguna vez con los dedos, prueba, puede que sientas algo.

Margaret le observó con una ira contenida, le hubiese arrojado una botella, mientras Kurt ascendía de nuevo al reino de sus letras. Comenzaron a llegar escritores y pintores. Y Kurt escribía, bajaba a por otra cerveza, saludaba y volvía al marmol de su mesa. Levantó la cabeza y vio que su amigo Luver entraba. Cuando le sirvieron la jarra subió y se sentó a la derecha de Kurt.

- Qué tal van tus letras -le preguntó Luver
- Fluyen, ya sabes.
- Por cierto, has encontrado ya el cristal de Venecia. Ando algo impaciente.
- Todavía no, pero tranquilo, sigo investigando y he encontrado una pista que me conduce a una trinchera, pero todavía no sé cual.

En la trinchera repartían la comida. Agua con patatas medio hervidas y un pedazo de tocino. Ese día llegaba el correo y Geor esperaba carta de su mujer. Todos ansiaban una carta. Pero ese día Geor no recibió nada. Su nombre no se escuchó y recordó a su mujer tocando el piano junto al fuego de la chimenea.

adolfo marchena.okina
Imagen:Bombardeo en las trincheras

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11 Octubre 2006

PARECE NIEBLA

Parece niebla, pero no, no del todo, no claramente, es una especie de niebla, una especie de... Como si delante de las cosas se hubiera instalado una cortina, una palmo de espacio incomprensible.

Conduzco no demasiado tranquila. En realidad, ni siquiera conduzco. Me muevo. Transcorro. Corro. Algunos me lo dicen. Y yo, en cambio, a veces pienso que debería frenar... ¡Es tan difícil mantener una velocidad constante!

La carretera va apareciendo a medida que avanzo, siempre rodeada por esta especie de calima inexplicable, innecesaria.

O es de noche o es de día. Pero no llego a saberlo nunca. Hay una luz opaca que, perfectamente, podría corresponder a la iluminación blanca de la luna o a la del sol, amortiguada por esta bruma espesa y pesada.

De reojo veo que a los lados acontecen historias, pero no puedo detenerme, voy directa a no sé dónde exactamente, pero justo cuando dejo de apretar el acelerador, la carretera hace pendiente y las ruedas ruedan solas camino abajo, de repente, ajenas a mi voluntad y haciendo bailar mi estómago. Vértigo.

De vez en cuando, oigo hablar a mucha gente a mi alrededor. Y, de vez en cuando, sólo a un hombre, a una mujer; nunca a un niño. Me pregunto.

Y el silencio recoge la onda dejada en el aire por mi suspiro impaciente, surgido de un espíritu deseoso de llegar.

En lugar de niebla, podría muy bien ser vapor. El vapor blanco y caliente llegado del pasado desde un tren perdido y antiguo. Y pienso que quizás ahora corro porque perdí un tren que, no obstante esto, me ha dejado su vapor húmedo y negro, claro y seco.

Una copa de vino junto a alguien que me gustaba demasiado, huzo que me retrasara y llegara fuera de horario, cuando la estación ya estaba vacía y la columna de humo bien lejos. El reloj marcaba, seguramente, alguna hora que ya no recuerdo.

Me traslado y el recuerdo, eso sí, que permanecí allí un largo rato y que mi entorno me parecía, limpio y libre de nieblas inconvenientes.

No sé a dónde voy. Creo que tampoco lo sabría del todo si hubiera tomado aquel tren. Y, tampoco, si me hubiera quedado a beber una segunda copa de vino. Me agradaría volver al lugar de donde salí para terminar el ciclo de la simetría. Pero esta especie de niebla no me deja ver con claridad, y es inútil. Si aclarara...

De los árboles caen hojas que se me adhieren a las manos y me recuerdan la tierra, el nombre de la tierra y de sus cosas: la naranja y el arroz. Los gusanos y los muertos que los alimentan. Como los vivos alimentamos a los perros. Cada cual tiene sus animales. Hay quien no tiene ninguno: las cosas, a veces, no son justas; es difícil transformarlas.

Yo me transformo con frecuencia. Seguramente, porque tengo miedo de ser una sola, o porque me da pena perderme las otras que no elegiría si no fuera sino una. También hay quien no es nadie y, así, no le es necesario decir mentiras.

Mentiras he pisado unas cuantas, en esta carretera. Algunas han quedado atrás, aplastadas como se aplastan los erizos que cruzan sin mirar, y las he visto por el retrovisor, planas y bien abiertas, impúdicas y me han dado verguenza. Otras han escapado indemnes. Cada cosa tiene su propio destino. Si en lugar de arrastrarme yo volara, no habría pisado nada. Viviría en el aire.

Para respirarlo tengo que abrir una ventana y, por consiguiente, estar dispuesta a recibir todo lo que me acompañe. Nunca llega solo. Las cosas buenas nunca vienen solas y, casi siempre, las acompaña alguna mala.

Y, efectivamente, una rueda se revienta y no llevo ninguna de repuesto. ¿Por qué será que una siempre piensa que cosas como ésta sólo les pasan a los demás? No me queda otra alternativa que dejarme un trozo de piel. Me lo arranco como si fuera de otro, de un tirón, y aprovecho las lágrimas que no puedo evitar, para fabricar la cola con la cual pegar el parche. Cicatriz eterna en el cuerpo y, sobre todo, en la memoria.

Puedo reanudar la marcha, si bien ya no lo hago con igual confianza. He ganado el sentido de la cautela y avanzo atenta a los posibles y probables tachas.

El vehículo resopla cansado. Yo también. Pero ya se nos habían explicado que el viaje resulta agotador. Tanto que, al acabarlo, no se podía hacer nunca ninguno más.

En la primera estación de servicios pido ruedas de repuesto, unas cuantas, por si acaso. Me dicen que no necesitaré tantas, que no tendré ocasión de utilizarlas y pesan demasiado, pero yo quiero asegurarme y me las llevo igualmente.

Igualmente no quiere decir nada, porque también se me puede romper o estropear cualquier otra cosa que no sea una rueda, y yo no llevaré repuesto de eso, y esto volvería a ser un imprevisto que sería necesario resolver con piel, con sangre... El deseo de la aventura y el miedo de la aventura. El corazón que late y que crea el impulso que después teme.

Por casualidad, al mirar instintivamente el retrovisor, me veo la frente: el tiempo indeterminado que ya ha transcurrido se muestra orgulloso y seguro en unas líneas profundas, horizontales y largas que me la cruzan de sien a sien, hundidas en la piel. Y, de inmediato, como en un acto reflejo, los ojos se me van hacia el indicador del combustible. Me percato de que, hasta aquel momento, no había pensado ni una vez en cuánto me quedaba, y que, ahora, me parecía raro haber gastado tanto y que quedara tan poco.

Sé que no lo puedo ahorrar. Sé que, aunque me detenga, seconsumirá con la misma velocidad incalculable.

Doy una ojeada a aquellas ruedas de repuesto, y también de niebla, y siento rabia contra ellas, como si fueran culpables de alguna cosa. Así es que me deshago de ellas. Es como quitarme un peso de encima: literalmente, porque, en ese mismo instante, siento y sé que empiezo a volar. Es decir, que elimino las ruedas y, automáticamente, dejan de ser imprescindibles. Misterios de las necesidades.

Comer. Beber. Soñar: amar y hacer desaparecer la neblina con las gotas de los ojos emocionados. Eliminar los párpados, si es necesario, para poder mirar sin interrupciones. Besar con la mirada la niebla y deshacerla. El amor que todo lo puede. Excepto el olvido.

Podría encontrar a alguien y volar en su compañía. Alguien que, también, se hubiera deshecho de las ruedas de repuesto. De los repuestos en general. Y que deseara eliminar, también, esta niebla insoportable. Pero, precisamente, por culpa de la niebla, será difícil encontrar a alguien, o que alguien me encuentre.

Tengo frío en los pies. Es el riesgo de volar: los pies no tocan el suelo y ya no se calientan con nada. Pero creo que vale la pena. La carretera, en el aire, es abierta, es infinita hacia todos los lados, y no baja ni sube si una no quiere. Se inventa. A cada momento. Hasta permite hacer alguna cabriola.

En contra de la opinión general, las cabriolas no necesariamente gastan más combustible. A veces, producen un poco gracias a su energía. Misterios de la física: la niebla que no se funde ni se muere.

(cortesía de Factorum)

Flavia Company. Tarragona

Imagen: Willy Ronis

Servido por: CARLOS IGUANA y...

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9 Octubre 2006

NOCHE FINLANDESA

Nainame envolvía por dentro. Era como una lluvia interior que calaba muy hondo. Recuerdo que sentía como si John Coltrane tocara el sazo sentado en mi corazón. Un corazón-puff.
El muco polisacárico resbalaba sobre mis ventrículos y entonces te imaginaba desnuda, horizontal, con los ojos entreabiertos, sobre una tela de seda verde que se dejaba caer sobre un sofá oscuro.

Sí, esa era una de my fauvorite things, mirarte con las manos. Con los pequeños cinco ojos de mis dedos. Y te acariciaba acá y allá y a ti te gustaba, sí, recuerdo cómo te gustaba. Sonreías a cada caricia y en cada pausa me pedías que te besara. Entonces te animabas y con los ojos me susurrabas que me tumbara sobre ti y que te hiciera el amor. Sí, esta era una de mis cosas preferidas. Lo recuerdo...

Todas aquellas palabras de amor aún las conservo en mi diccionario. Puede que nunca las vuelva a utilizar, o puede que sí, quién sabe. Those sweet words sonaban como teclas de un piano y a lo lejos se entreoía la voz de una chica que cantaba entrecortadamente, y que sonreía con tristeza.

Y era una sorpresa si te arqueabas al ritmo de tu corazón, que corría un spring para alcanzar el orgasmo.Y a mí me gustaba eso, y sonreía de oreja a oreja, e intentaba abrir los ojos para verte sonreír de placer... Entonces notaba tus uñas en mi espalda y tu voz, acompañada de gemidos y análoga al sonido que provocan las nubes cuando lloran, me decía "me vas a matar de tanto amor".

Aquella noche, cuando salí de tu casa, recuerdo que caminé bajo la tormenta durante casi dos horas. Entre paso y paso daba una calada al cigarrillo - no era siempre el mismo cigarrillo-. Después, cuando de verdad te sentí lejos, llamé un taxi que me llevó de nuevo junto a ti. No hasta tu casa, no, no lo pedí eso. Únicamente le pedí que condujera durante diez minutos en tu dirección. y cuando hubieron pasado los diez minutos le pedí que me dejara en aquella esquina. Y al doblarla te encontré, doblándola tú también en sentido contrario al mío. Todavía la tormenta nos regañaba entre re-rayos y re-truenos. Y entre lágrimas y una risa nerviosa me pediste que me quedara a dormir contigo aquella noche porque tenías miedo al amanecer. Y así lo hice. Aquella noche dormí contigo, pero no en tu casa. Nos sentamos en el pequeño porche que cubría tu portal, y allí nos abrazamos durante horas... Y recuerdo que no amaneció a la mañana siguiente, ni a la otra, ni a la de después...
Con tanto amor se nos había olvidado que estábamos en Finlandia.

IRENE CERRO VALERO. BARCELONA

Imagen: Mirarte con las manos

Servido por Irenee Cerro Valero, CARLOS IGUANA Y...

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1 Septiembre 2006

LA PRIMERA TURISTA EN EL ESPACIO

Ya todo el mundo vuelve de vacaciones. No es cuestión de analizar las vacaciones. A unas se les caen terneros y a Marchena le da por escribir en Neptuno, lo cual me hizo gracia. Pero leí una noticia que, antes de entrar en redacción, no pude, ni puedo, dejar de comentar. La primera turista del espacio, dice el titular de un periódico de fecha 31 de agosto del 2006. Todo son fechas. Anousheh Ansari, dicen, una brillante empresaria yanki pero de origen iraní, se convertirá en un par de semanas en la primera turista espacial femenina. Y esto me hace pensar en esos locos relatos de Marchena. Me recuerda a Verne. Cuántos le habrán tomado por loco. Y ahora esta noticia. Como si las mujeres no pudiesen volar o viajar al espacio. Ella declara: "No esperaba que todo fuera a ir tan deprisa. Cuando me dijeron que ocuparía el asiento de Daisuke en la Soyuz, tuve sentimientos contradictorios. Por un lado me alegré; por otro, sentí el peso de la responsabilidad y un poco de nervios". Pues no sé qué pensar. Yo, dados los relatos de neptuno, me fio de la nave de Klutang, y me marcho para otro planeta. Ella, que se vaya para el suyo y sus nervios sean nervios de esa primera mujer que vuela al espacio, ya antes enviaron a monos. Lo que no entiendo es que sea la primera mujer. Parece ser que todo es cuestión de dinero. Bueno, pues me alegro que el tal Daisuke cogiese un catarrro y esta mujer ocupase su puesto. Más que nada por Ansari. Pues yo ya me corrí un akelarre en neptuno y sin casco que es más divino. Según la noticia, ella y sus dos compañeros, el norteamericano de origen español Michael López Alegría -por suerte- y el ruso Milaíl Tiurin, han recibido, citan entre comas, es visto bueno, para partir hacia la ISS. Digamos que la estación espacial internacional desde el cósmodromo de Baikonur (Kazajstán) Y como ya me aburre la noticia y supongo que se montarán todo el rollo y nos tendrán con la historia y luego irán y espero que vuelvan me planteo, eso que dijo marchena, que fácil es volar. Por fin se dieron cuenta de que una mujer puede volar al espacio cuando una mujer te puede llevar al espacio. También un hombre si quiere, o puede. Seamos sensatos. Pero en esta vida, qué coño, existe algo sensato? Tal vez pensaran que en la nave la mujer no podía mear igual que un hombre. Y me río porque tanto investigan que luego te hacen una pastillita que te sabe a un buen cocido y resulta que la mujer no puede mear igual que un hombre. Pero no, resulta, ahora lo vemos, que todo es cuestión de dinero. Así que, ni una cosa ni la otra. Todo en este mundo es cuestión de dinero. Pues para no aburrir y ante todo, seguir en neptuno, le deseamos a Anousheh Ansari, la primera mujer que viajárá en el espacio, un buen viaje, pero que sepa, que muchas más mujeres ya viajaron por el espacio, sin pagar ni un duro, euro, dolar, o requiebro de tontería en que me pierdo cuando me tomo más allá de cuatro coñagssss.....

Charles Bouza. Laredo (Cantabria)
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Imagen: Pere Catala Pic

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21 Agosto 2006

LE CAE UN TERNERO CUANDO TOMABA EL SOL

(noticia aparecida en prensa el 21 de agosto de 2006)

Le mando a Marchena, a su regreso, y a mi triste regreso, prontamente a mi redacción, esta noticia que me parece, contrastada con la caida de san bernardos y castores, curiosa y en tan poco tiempo, causal o temporal, no sé, que los videntes digan, cobren o no, si saben, que digan. Resulta que Sally Brown, de 51 años, que la mujer estaba plácidamente tomando el sol, y es que estamos en ello, aprovechando, ella estaba en la isla de ¨Wight (Inglaterra), y la mujer estuvo a punto de ser aplastada por una ternera, que cayó, según la noticia, desde un acantilado. Bueno uno se pregunta, las terneras se saben mover, a saber si había fornicado malamente o se había enrabietado. La cuestión, según la pequeña reseña, es que la propietaria pidió perdón a la turista por el hecho. Pero resulta que es la cuarta que pierde de la misma manera. O el acantilado contiene corrientes telúricas o la propietaria tiene quebranto de velas mal consumidas. Yo me imagino, no sé el lenguaje que usaron, la ternera volando, la turista tomando el sol, y la propietaria corriendo a pedir perdón. Y la pobre ternera, la cuarta, toda espatarrada.

Bueno, luego, como parece que Marchena a su regreso tiene ganas de cachondeo le comento una noticia curiosa para que se siga riendo.

"Un juez se masturba en los juicios"

Bien sabemos que los jueces y fiscales tienen el mando de embarcaciones sublimes y hacen cuanto les salen de las mambas placenteras de las mismas lenguas nasales. Pues lo mismo se follan a niñas que se comen tartas de marihuana pero luego te condenan por robar latas de ancho más que illas. Pues el tal Donald Thompsom de 59 años ex juez de Oklahoma, país tan pudoroso, fue condenado, según la noticia, a cuatro años de prisión por exhibicionismo tras ser declarado culpable por masturbarse con una bomba de alargamiento de pene. Esto me hace pensar en ese maniqueo tratamiento del pene del hombre o también de la mujer que vamos del 7 al 40 como el ph del agua no sabiendo que utilizando bien un martillo clavamos un clavo en una pared del mismo modo que ponemos una estantería. Resulta, según la noticia que una relatora del Tribunal escuchó cómo el juez accionaba la bomba durante al menos 15 juicios (lo que supone 15 pajas, dicho directamente) y un agente de policía llegó incluso a fotografíar el artilugio. Personalmente iré a Santander en busca de un sexote para buscar y mirar o encontrar dicho artilugio para ver cómo es y si puedo leer el libro de instrucciones. Y si alarga igual me interesa, pero me conformo con lo que tengo, también con mi corte de pelo. El juez subsodicho, después de quince pajas, alegó que todo era una broma y luego, que se trataba de un tratamiento para su disfunción erectil. Bueno, supongo que en casa uno está más tranquilo que en el servicio de un juzgado pero las cuestiones son así. Si lo creyó conveniente, ahí quedaron cuatro años por quince pajas. Alargamiento de manos ligeras con artilugio de sonido improcedente...

Charles Bouza. Laredo (Cantabria)

Imagen: Peter Henry Emerson

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15 Agosto 2006

MICHELLE BASS

(La bisexual que escandalizó Gran hermano)

Resulta que ayer entré en un bar, en mis vacaciones, como me gusta, a tomarme una cervecita y mirar algún periódico, y todos estaban ocupados. Bueno allá andaba la interviú, con la Michell en tetas, como siempre hace esta revista, que antes y ahora también a veces, trae buenos artículos y me llamó la atención el artículo. Hablaré de memoria, porque no tomé notas, me tomé la cerveza. Yo no suelo ver la tele, porque estas tonterías me dan un poco por el pimiento picante. A mi que metan a unos tipos en una casa, no sé es como meter a un orangután -que debiera estar en su jungla- en una jaula. Pero los tíos se divierten. Y la cuestión es que la tal Michelle, que aparece en unas cuantas fotos debe ser un prodigio. Resulta que en directo, que me parece muy bien, a ver si nos quitamos complejos de encima, se la mamó a un compañero de la casa del famoso gran hermano, esto en gran bretaña, la gran, pero bajo un jacuzzi, y resistió no sé sabe los minutos, y el tipo acabó como acabó. Pero luego fue y se lo hizo a otra compañera. De ahí que en la noticia la saquen como la bisexual, bueno pues sí, y qué, todos tenemos derecho. Pues qué leches, todos disfrutaron. Y es que no se admiten las cosas. Y aqui cada uno ame a quien quiera. Unos a otras, siempre dentro del respeto. Porque yo me imagino en el jacuzzi y quiero ser él y quiero ser ella. Y le mando rápido esto a Marchena porque sé que mañana temprano parte a un congreso en Barna y la página estará cerrada hasta su regreso el domingo, de modo que rápido, con esta tontería, contribuyo en su apoyo, pues evidentemente, en estas fechas todos estamos de vacaciones por lo que deseo felices vacaciones a todos los bisexuales, les, las , los e incluso marcianos y a este amigo, que le vaya bien. Hasta la vuelta.

Charles Bouza. Laredo. Cantabria

Imagen: Helmut Newton

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adolfo marchena. Okina (1967). mucho por decir y mucho por callar- leyendo en metáforas de colores Este blog, más una revista virtual, acepta colaboraciones en todos los géneros literarios. Los podéis enviar a: adokessedy@yahoo.es
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