Categoría: Relojes Volteados
10 Octubre 2007
Estaba leyendo unos ensayos filosóficos de Bertrand Russell, concretamente me detuve cuando decía que “hay que reconocer algunas diferencias acerca de lo que es bueno en sí mismo”. Traté de sacar algún fármaco espiritual ante aquella afirmación, como si fuese una manzana o una cuadra en alguna ciudad extremadamente amplía, sucia y deteriorada. Aunque llegan las elecciones y entonces levantan todos los adoquines para cambiarlos y las farolas y las marquesinas, borran las pintadas de las fachadas, en fin, mantienen en vilo a la población que ha de sortear mil obstáculos para cambiarse de acera. Es entonces cuando volví a recapacitar en la frase de Rusell, buscando lo bueno de uno mismo, recordando una lejana conversación donde los rostros permanecían intactos aunque desconociese sus nombres.
- No has cambiado en este tiempo –dijo X
- Hice un pacto con el diablo. Cambié mi alma por las arrugas –le contestó Y.
- ¿Y dónde se puede negociar con el diablo?
- Eso depende de lo que pidas.
- No sé –le confesó X- quisiera que me quisieran, nunca supe si...
- Entonces tendrás que negociar con dios, le interrumpió Y.
No sé porqué recordé esa conversación tan evidentemente surrealista, diría que estúpida o puede que no, existencialista o premonitoria o anhelante. Difícil de distinguir. Como si el amor fuese una bellota que se la come el buen cerdo, de pata negra, y llegan las navidades donde todos los jamones salen al mercado, las luces en los abetos y los niños escribiendo cartas a los reyes magos. Según la lógica matemática ahí reside el amor que pedía X. En un jamón de bellota. Al tiempo que leía los ensayos también releía Pregúntale al polvo, de Fante, donde el amor era un intrincado vericueto de distancias. Bandini, Camila te dio algo de inspiración. Cuando te empeñabas en escribir un cuento y sólo pensabas en la palmera que veías desde tu habitación y también en los cinco meses de atraso del alquiler. Por suerte un café sólo costaba cinco centavos. Del mismo modo quise encontrar un alter ego, sintiendo la necesidad de escribir la primera línea olvidando mi verdadero nombre. Alcé la vista y miré una litografía de Picasso que en realidad era un simple recorte de una revista de arte que encontré en las basuras. Casi todas las revistas de creación las encuentro en las puertas de los bares o esparcidas, entre latas que aún gotean. Pensé en jugar con las letras de mi nombre. Pero no surgía nada, como cuando amas pero la lluvia no cesa. Sí, de esa manera en que sueñas –o recuerdas- que trepabas a un árbol, cuando chico, el árbol multiplicándose por mil, buscando la última hoja o la rama más alta, que no hubiese resistido tu peso. Fuese, tal vez, por el efecto de la anestesia que aún recorría mi cuerpo, tras una infiltración en el talón, ya calcáreo. Nada se prolonga, nos dejamos llevar por una corriente superior a los 220 voltios. Y eso revienta cualquier maquinaria. Era preferible reírse de uno mismo cuando la bata rosa preparaba la jeringuilla y tu suspirabas por largarte, por volver al aire de la calle, aunque fuese menos puro que los pulmones de un tuberculoso. No sé porqué las ideas se cruzaban como cometas delirantes. Volvía al amor, pero el amor no venía, y de nuevo trataba de encontrar mi alter ego. Los que me interesaban parecían ya ocupados. Deseché Arturo. Entonces me vino Armando aunque también pensé en Orlando y con él llegó Virginia Wolf. Ya dudaba de todo. Y entonces, como un lucero atravesando la cubierta de un trasbordador aterrizó Silvio Corteza. Algo ridículo pero es preferible comenzar con algo ridículo que concluir con una tragedia. La imagen de Picasso era el principiante, algo cubista, o acaso me equivoque. Tampoco tenía importancia. Descubrí que nada tenía importancia. Todo se equiparaba a pasar hoja tras hoja, hasta concluir el libro. Y siempre que tuvieses a mano un libro te olvidarías del jamón de bellota.

- ¿Creíste que todo aquello te reportaría algo? –preguntó Y
- ¿A qué te refieres?
- Tratar de pactar con ambos, dividirte como un dado entre pares e impares.
- No te entiendo –parecía casi murmurar X.
- Entonces no te hagas preguntas, pide una ronda y piensa que los coches pasan a toda velocidad y en algún momento te pueden flaquear las rodillas. Es curioso que te plantearas que todo aquello te reportaría algo.
Es curioso pensar que lloverán ladrillos o que sonará el teléfono y algo inesperado sucederá o que las moscas dejarán de revolotear sobre la mierda o que cabe la posibilidad de estar volviéndote loco. Lo trágico es darle vueltas. La peonza siempre acaba deteniéndose y la desesperación se queda suspendida en la cuerda ya deshilachada. También otra posibilidad, como escribir algo cuyo sentido pueda parecer inócuo, insensible, inservible y por encima de todo, inseguro. Porque, realmente, creíste que todo aquello te reportaría algo. Y en esa búsqueda no encontraste nada fuera de ti mismo, en esa prisión donde al menos existía un patio con un horario para pasear todas las mañanas y trazar con el pie extraños símbolos, dejando que la lluvia los borrase para hacerte recordar que poseías un nombre y que podías desvelar porqué la tela de araña resistía durante tanto tiempo y no eras capaz de pasar la página ni de escribir el libro. Esa primera frase. Yo, Silvio Corteza, me asomé a la ventana y la palmera se había convertido en una especie de cráter, como si unas poderosas manos la hubiesen alzado, desplazándola hasta un vertedero. Yo, Silvio Corteza, conseguí hilvanar una línea e intuí que todo podía ser posible sin pactar, salvo contigo mismo.
adolfo marchena. Okina
Imagen: Picasso (Jacqueline con flores)
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14 Septiembre 2006
Una noche se adhirió a los miembros
Chocó el auto en la rotonda
y tu mirada era de lago,
brillo y gemelo
-ojos que confié-
Chocó el auto en la rotonda
y fue Señal
Ausencia de equilibrio que nos atravesó
Tenía seguro el coche
Kilómetros de allí, algo se rompió
más tarde…
más tarde…
el desperfecto no era de dinero
ni de aval,
ni llave
“Ceda el paso”
Triángulo cartel no nos perdonó
Quedaron colillas por barrer.
y aguas por secar
y vida por creer.
Laura Alonso, Montevideo, Uruguay

Imagen: La Columna Rota, pintura de Frida Kahlo.
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26 Agosto 2006
(a petición de Bouza y Klutang y como regalo de cumpleaños para una buena amiga, escribo en directo, rodando, plaqueta...)
Aterrizaje perfecto en neptuno. Y allá bajan Bouza y Klutang de su nave, un poco ya maltrecha tanto viaje y tanto beso, más que nada por el aburrimiento, aunque también se echaron varias partiditas de ajedrez. Ganó uno ganó la otra. Total, tablas. Donde mejor se está. Y en esta bajan y se encuentran con una enorme plantación de marihuana.
- ¿Has visto, Silvia?
- En la vida, Bouza. La antropología se escapa de las manos, es más, las manos se me van de las manos, pero mira, allí a lo lejos.
- Joder, pero si es una tienda de campaña, y parece un seiscientos de los cincuenta.
- Pues vamos para allá.
Y sin casco ni nada se fueron caminando, con una cantimplora, lo poco que les quedaba de agua un poco mezclada con el champán de la limusina. Y acercándose ven a dos personas haciendo una fogata. Aquello ya no parece neptuno, parece un akelarre.
- Cojones -dice Bouza- pero si es el Marchena.
- Bouza, Klutang -grita Marchena- cómo habéis llegado hasta aquí.
- Nos las ingeniamos, como pudimos -le responde Silvia.
- ¿Quién te acompaña? -le pregunta Bouza.
- Mi primaana, del planeta de al lado que se ha venido para hacernos una parrillada, pero ya que habéis venido, nos montamos un akelarre.
- Y se suponía que estabas en el caribe, mira que eres cabrón -le dice Bouza.
- Pero si todo el mundo sabía que era mentira, lo que pasa es que tenía que hacer cosas y además ya sabían que estaba en neptuno -le responde Marchena.
- Y yo mandándote mis ensayos, bueno, déjalo y dala a la parrilla -apostilla Silvia.
De modo que se ponen los cuatro con el fuego y la parrilla, y asan una carnecita y cuatro cosas más y cerca del seiscientos con unas botellitas de vino, toda la plantación, bien hermosa, celebran el cumpleaños de primaana. Miran punto abajo, hacia la tierra, qué punto tan lejano.
- Yo ya me olvidé -dice primaana- incluso de conducir, tenemos el seiscientos pero no tenemos gasolina.
adolfo marchena. Okina 
*Akelarre: Fiesta
Imagen: Sandro Botticelli
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25 Agosto 2006
(con el consentimiento de Charles Bouza y Silvia Klutang)
Amanecía la mañana, supuestamente como todas las mañanas. Pero aquella mañana en aquel aeropuerto de Aestouero se encontraron Bouza y Klutang. Hacía demasiado calor y Bouza le propuso a Klutang quitarse todo lo posible, incluso lo imposible y ésta aceptó incluso lo inaceptable. De modo que se quedaron en el mínimo imposible. Les tocó facturar, sentarse, esperar y esperar.
- Hacía tiempo que tenía ganas de conocerte -dijo Klutang.
- Y yo a tí, me gusta cuanto escribes y siento que te hayan despedido de la universidad.
- Lo mismo digo, lo tuyo fue por publicar cosas tan cachondas pero el mundo entiende al revés, como la antropología se enseña del revés.
Ya cogieron esos autobuses minúsculos donde la gente se agolpa y parecen tener prisa por llegar antes de tiempo y a lo lejos la escalera del avión ya estaba a punto de conectarse con la puerta. Y cuando el minúsculo autobús se detuvo todos bajaron corriendo para subir los primeros formando una atasco. Bouza y Klutang esperaron y llegaron, guiados por una atenta señorita a sus asientos.
- Leí tus artículos, muy cachondos, te dije -le comentó Klutang.
- Pues tus experiencias son cojonudas, sabes la leche.
- Lo que pasa es que la gente va de lista.
- En eso tienes razón y creo que, no sé, qué decirte, nos movemos en mundos asimétricos, algo así dirías, no.
- Más o menos. Allá donde vamos, no sé ni cómo hemos conseguido el pase, la verdad, sacaremos algo. Y tengo entendido, o más bien deducido, que le das a la maría y sabes cómo sortear.
- ¿Pero qué me dices, Silvia?
- No te hagas el tonto conmigo y ve para el baño de este estúpido trasto.
- Joder, Silvia, que aquí no se puede.
- No me hagas hablar como tú, y hazte la pipa, pero chamánica, y déjate de chorradas que acabamos de conocernos y hemos empezado bien.
Tras horas de vuelo y humo escondido sin ser detectado llegaron al aeropuerto de Oulesouj, donde les habían invitado a visitar un importante complejo-centro de investigación de artilugios espaciales. Les recogieron en una limusina y ellos, por supuesto, detrás, solitos y muy cómodos, bebieron, se pusieron música y ya en el hotel se desnudaron, tranquilamente y se dieron una buena ducha, frotándose hasta la espalda.
Ya en el centro les enseñaron todas las plantas y salas, pero ellos sobretodo se fijaron en las fórmulas y planos, detalles y lo memorizaron todo. De modo que cuando volvieron al hotel, ya cansados, se metieron en la cama y lindamente, desnudos durmieron como duermen las ranas.
De regreso a su país les costó encontrar todo el material necesario, después de haber investigado, para construirse la nave, donde aquellos expertos seguían investigando. Y esta nave que ellos montaron a cuatro manos y también a cuatro piernas les llevó hasta neptuno. Mientras, en la tierra, seguían buscando agua marte y dando saltitos con cascos en la luna. Y Bouza y Klutang en neptuno sin casco ni nada se dijeron mirándose a los ojos, vamos allá, hagamos el amor, y así fue el orgasmo neptuniano.
adolfo marchena. Okina

Imagen: Plutón dejó de ser planeta
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9 Agosto 2006
El ojeador de monstruos descubrió su vocación cuando su papá le compró uno de aquellos pollos que vendían en las fiestas de los pueblos, todos apelotonados en una caja de galletas y pinzados de colores chillones, a la mayoría de los cuales a los dos días comenzaban a pelárseles el culo, y después venían los temblores y finalmente el pollito moría trágicamente ante los ojos como sartenes de los niños, en los que se empezaba a cocinar la idea todavía imprecisa de la muerte, pero al ojeador de monstruos el pollito le sobrevivía, el color se iba desdibujando hasta quedar sólo algunos ridículos corronchos fosforitos en las alas despeluchadas, y después le salía una cresta punk, y como lo alimentaba con ositos de gominolas, y panteras rosas, el bicho engordaba a lo bestia,y un día apareció un huevo extraño, como una canica blanca, así que el pollo era en realidad una polla, la polla más grande del mundo, que era como la anunciaba el ojeador de monstruos entre sus compañeros de trabajo, a los cuales cobraba cinco duros por enseñarles aquel adefesio, hasta que un día su mamá se cansaba, porque la casa se le estaba llenando de cagadas, y se llevaba la polla al gallinero del cuñado en el pueblo, donde finalmente acababa sus desdichados días entre las fauces de un perro malo maloso, eso nunca se lo contaban al ojeador de monstruos, aunque hubiera dado igual, él ya llevaba el veneno en el cuerpo, y cuando en el colegio les mandaban aquello de las semillas y los algodones dentro de un tarro vacío, él se las ingeniaba de modo que a sus raíces les brotaban unas hojas con calcamonías de Popeye, unas hojas tan raras que ahora para verlas la tarifa subía los diez duros, y de esa manera era como nuestro héroe iba medrando, por ejemplo cuando descubrió en el bosque de enfrente a aquella pareja que se vestían como batman pero a lo "jevi", con cadenas, y se daban de hostias sobre el colchón, antes de hacer el amor, el alquiler de los prismáticos alcanzaba ya el talego, y así iba tirando, hasta que acabó el colegio, entonces se enroló con unos titiriteros, "pasean y vean al hombre más pequeño del mundo, al hombre de dos cabezas, el policía bueno", se desgañitaba sin demasiado éxito, pues el mundo del circo agoniza, todos los monstruos y payasos sehabían trasladado ahora a la televisión, la mujer barbuda fue sustituida por una folclórica, los leones que rugían por presentadores de telediario, los domadores por ministros de interior..., y para allá que se fue el ojeador de monstruos, cameló a una chica del barrio algo chocholoco, ésta a su vez a un picoleto corrupto, que había estado casado con la hija de otra folclórica, y a triunfar, al principio era así de sencillo, no había más que aplicar el viejo truco de la polla más grande del mundo, instruir a su pupila para que contara quien entre los que se tiraba ostentaba aquel record, y a esperar a que el móvil, al que había programado el tono de una caja registradora, empezara a echar humo, pues la programación se había reducido en todas las cadenas a una sucesión de programas del bajovientre entre los cuales se insertaban algún que otro telediario en el que sólo hablaban de Arzalluz y del Real Madrid, aunque, eso sí, después el ojeador de monstruos la niña acabó fugándose con el mejor abogado ultraderechista del país, que andaba algo flojillo últimamente, ahora ya le hacían la mayoría -la mayoría absoluta- del trabajo otros, y había tenido que abrirse de patas a otros mercados, así estaban las cosas, los nuevos famosos no daban más que disgustos, y el ojeador de monstruos pasó una mala temporada, hasta que llegó su gran oportunidad, el público se había encanallado ya tanto que ya no se conformaba con la foto de un pito retocada con photoshop, ahora se trataba de subir al pedestal y ver hacer el ridiculo, entre carcajadas malsanas, a auténticos fenómenos de feria, y ahí nadie le ganaba, él era único, y no tardó en reunir a la cuadrilla más "frak" imaginable, uno que parecia Heidi con peluca, otro que aseguraba haber invitado a Michel Jackson a comer macarrones a su piso, y sobre todo, ella, su joyita, la nueva diva, y su canción, una sarta de mentiras, cuando el público se aburriera de ella no seguiría siendo la misma, si cambiaría, si cambiaría, si cambiaría, y no lo podría soportar, pero ese era ya no su problema, el ojeador de monstruos había tocado techo y, sólo él no lo sabía, fondo al mismo tiempo.
Patxi Irurzun. Pamplona
Imagen: Ramón Masats
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24 Julio 2006
(Esta mañana conocí a una niña de 5 años de nombre Haitzea que me pidió que escribiese para ella un cuento, entre los dos pusimos el título)
Pensamos que no existen los palacios de cristales porque creemos que los cristales se rompen. Pero los cristales son fuertes como los robles que crecen en los bosques. Es un árbol y hay muchos, como los pinos o los abetos. Todos tienen corteza, como los príncipes. Y crecen siempre, donde hay mucha hierba. Allá en la hierba, existen, pequeñitos seres que no vemos. Son como animales, o acaso, como peces, o a veces como sueños que tenemos por las noches y no nos dan miedo. Pero a veces, cuando salimos a la calle, los coches y las bicis, parece, y no nos gusta, que quieren atropellarnos. Pero no, en lo verde,en toda esa hierba, tan grande y a veces tan pequeña, todo crece como si fuesen lechugas o tomates muy rojos o eso que nos comemos en las ensaladas y nos sabe tan rico. Y ahí crece, solo, sin la ayuda de nadie. Ya ves, Haitzea, que el mundo es más grande que esos ojos que me viste. Sí, te miraron y me creíste un indío. Ah! los indios, qué hermosos los indios. Ellos tuvieron una madrina con alas de plata. Y esa madrina vestía un vestido pera de verde claro. Era una madrina que curaba a la gente. Y lo hacía con sus manos. Las frotaba muy fuerte y se las ponía en la piel, en su frente o en la cara, y con ello les curaba. Y todos, después, bailaban.Y la madrina regalaba su vestido y luego dejaba sus alas de plata para que todos volasen. Y también hubo princesas que fueron amigas de los planetas. Sabes Haitzea, hay más planetas que dedos y tienen muchos nombres. Pero no nos importan sus nombres. Total, nos van a equivocar, y no queremos que nos equivoquen, pues todos son redondos, como las canicas. Pensemos que podemos dormir en cualquiera. Pensemos que podemos beber agua o tomar un bocadillo o preparanos un fuego y asar un alimento, en cualquiera, con ese hada que sueñas. Por las noches, cuando te acuestes, seguro que sueñas planetas y cada noche tendrás colores de mañanas, que tu verás son diferentes. Porque un día llueve y otro nieva y otro hace sol. Y quisiste una bruja buena. Ah, una bruja buena. Sí, brujas, hay muchas. Y buenas, también. Pues todos queremos lo bueno, que todo sea bueno. Queremos el beso, como ese que me diste, el abrazo, lo que tenga cariño, lo que papá te da por las noches, o aquello que nadie nos roba, un cuento, por decirte algo, la libertad. ¿Sabes lo que es? Es una flor. Como una margarita que tiene el color de tus ojos. Eso es la libertad, el color de tus ojos. Entonces la bruja se hizo amiga del príncipe y era buena y sabía mucho. Y el principe se había puesto enfermo porque le había picado un mosquito. Y la bruja cogió una palito y le tocó su mano, al príncipe. Y éste se curó y le dijo: gracias, bruja buena. Y se fueron, muy dentro del bosque, con todo lo verde, lo que a ti te gusta, y a muchos niños, toda la hierba, con los robles. Y se encontraron con el perro Wiffi, como aquel que tuviste, que ahora te mira desde las nubes, y te sonríe, pues los perros siempre quieren, siempre, y Wiffi no era grande ni pequeño, era un perro de color violeta y tenía orejas grandes y colgaban como tiestos. Y no ladraba, hablaba. ¿Pero cómo? Sí, Wiffi, hablaba. Entonces se fueron hablando, Wiffi, la bruja, y el principe y se encontraron con las princesas de los planetas. Es increible, parece. Pero en ese bosque, todo es posible. Pasó la tarde y se hizo de noche, pero nadie tuvo miedo. Porque la noche es buena, como el día, o la tarde. Y se sentarón todos juntos. Y se pusieron a mirar. El sol, ya se había ido a dormir. Pero había venido la luna y también las estrellas. Había dos que se llamaban Cástor y Pólux, que son hermanas, pero todas son amigas. Ya te enseñaré, un día que vayamos. Y allá, estábamos todos ý tú tenías un vestido largo de azul clarito, como querías. Y te fue entrando sueño. Se te caían los párpados. Y todos te cuidamos y te tapamos con una manta de pelo de oveja. Llegó el silencio aunque se escuchaba, muy bajito, un pájaro, que te decía, duerme, duerme, Haitzea, mañana te despertaremos...
(cuento elaborado junto a Haitzea, 5 años)
adolfo marchena. Vitoria.

Imagen: Hadas
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9 Julio 2006
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Una voz. Una voz. Bandera de aire expelido. Estandarte que vibra alto. Una voz. Miré y era un vestido de lycra rojo. En él una figura se estiraba bajo unos ojos cándidos. Ante mi silencio y fija observación se sentó enfrente. Nos separaba una pequeña mesa rectangular. Sobre ella un vaso largo vacío, periódicos y un libro.
Su ojos, cándidos, sus ojos, naturales o fingidos, no sé, sus ojos y los míos, cargados de letras. Como leyendo en ellos dijo: "vestido de lycra rojo muy ceñido; senos, muslos y caderas quedan labrados como la figura tallada de un camafeo".
Sus manos perfilaron el contorno de lo nombrado.
Dijo eso, como esa voz que por las noches me habla, como todas las lecturas que se ahogan en mi cabeza y por las noches me hablan de dioses saliendo en las espumas de las olas, como renglones que estiran recuerdos de una mujer, el nombre de una mujer, el olor de una mujer, la visión de una silueta recortada en el dosel de las cortinas, unos brazos dirigiéndose hacia la espalda para desabrocharse el sujetador.
Aquí debería poner una historia. Pero no hay historia. Hay soledad. Querida, primero, impuesta, después, por la inercia, la costumbre poderosa que se convierte en ley: levantarse siempre a la misma hora, salir a la misma hora, coger el mismo tren, cruzar la calle por el mismo paso de cebra, seguir a las mismas mujeres, las que me hacen ver la espuma de las olas en sus caderas, en la marea de sus pasos, en el reflejo de un desnudamiento mutuo, o la espera de ella bajo las sábanas como una orografía oculta, o el acecho de él, sobre la cama, enhiesto, observando la precipitación de la mujer en el trabajo de su desvestimiento, o la calma, la seguridad de que la espera aumenta el poliédrico placer que dibujo en las manos.
No se puede vivir así, no se puede. Lo sé. El pensamiento engorda hasta adueñarse de cada rincón. Se asfixia, jadea, abre la boca como un asmático y exhala un hedor, el de los cuartos siempre cerrados.
- ¡Estás preciosa! -dije-, además me reí.
Me hizo gracia su voz impostada de narradora. Y me puse a disertar sobre la habilidad de las mujeres para combinar colores. Le dije que para mi el protagonista era el vestido de lycra rojo. Parte exterior del fruto de las plantas, cutícula de la semilla. Explosivo coágulo de sangre en mi retina. Rosa de lycra. Vena abierta. Destello breve de infinita imaginación, etc. etc...
Me miraba, un filo de malicia. Sus ojos.
Pensé que pensaba que era un estúpido, que ninguna belleza necesita de labios buscando atributos. Posibles elaboraciones. Traca verbal de un esteta trasnochado. Un estúpido.
Eso pensaba, creo. Y se rió.
Se rió con los ojos, que se alargaron.
Con la crueldad inconsciente de un movimiento agregado a su vestido se levantó. Como un pétalo. Se alejó a recoger otras mesas, dejándome con la mirada clavada en su conteneo. Entonces fue cuando vi las medias de malla, negras.
Supe que serían el arma de mi asesinato.
José María Félix Aristin. Getxo (Bizkaia)

Imagen: Bill Brandt
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2 Julio 2006
Señor juez: una vez leí que en Dinamarca fugarse no agrava las penas, no es un delito. Y pensé que los daneses eran gente legal: que un preso intente fugarse es su obligación. El delito sería no intentarlo.
A usted no le entiendo que lo entienda. La libertad, aunque no lo sepa, también es su deber, pero este es un mundo de esclavos y de canijos que sacan pecho para que se les vea la placa, o la cartera, en lugar del corazón. Detrás de los muros de las prisiones hay otros, millones de celdas con invisibles barrotes catódicos, el televisor, internet, en las que se sirve un rancho de pan y circo, de hamburguesas y fútbol, y se condena a trabajos forzados a cambio de un carrito para el hiper y una papeleta cada cuatro años.
Acaso, de poder entender algo, sería lo otro, lo del guardia al que atropellé. Supongo que, incluso siendo juez, sabrá algo sobre el amor, ese motor del mundo que a menudo nos lleva a lugares indómitos, que nunca imaginamos; al menos que su ausencia nos vuelve fríos, escépticos, casi inhumanos; es decir perfectamente dotados para hacer juicios.
Mi nombre es Miguel Babujal, camionero, y conocí a Laila, en un club de carretera. Reconozco en mi ese vicio denigrante con el que me vacuno contra la soledad. Sé que está mal y supongo que un hombre debe ser honesto consigo, mirar dentro de si alguna vez sin excusas, ni treguas, pero lo que desconozco es exactamente el significado de esa palabra: honestidad. ¿Qué es lo honesto? ¿Actuar como uno es en el fondo de su corazón? ¿O cómo debería ser? ¿Qué sucede cuando uno mira dentro de si y sólo descubre cadáveres tirados en mitad de un descampado?
Yo creía que era un ser deshauciado para el amor. Nunca nadie se ha esforzado lo suficiente para quererme, y es lo justo, porque yo nunca me he entregado por completo, por puro pánico a decepcionar, a traicionar (mi vida ha sido una sucesión de traiciones y huidas), a mostrar esas zonas oscuras, como esquinas meadas en mi alma.
Pero cuando conocí a Laila, todo cambió. Me enamoré de los caracóles azules de su pelo, incluso antes de que se deslizaran lentamente sobre mi pecho desnudo y palpitante, de su piel hermosamente tostada por el sol ensangrentado de Argelia, de los risueños hoyuelos en sus mejillas, en los que a pesar de la vida de perra apaleada que llevaba, se escondían tesoros que parecían brillar sólo para mí... No podía soportar la idea de que pasara un sólo día más de su vida en el que alguien le hiciera daño, un día más encerrada, tal y como ella me confesó, contra su voluntad en aquella sórdida habitación. Aquella misma noche volví al club, con el bate de beisbol que escondía bajo el asiento del camión, y me volví loco de amor y de remordimientos: cada golpe que daba a uno de aquellos tipos era como si rompiera un pedacito de mí mismo. No me costó demasiado sacar a Laila del club, montarla en el camión y hundir toda mi rabia sobre el pedal del acelerador. Fue el comienzo de esta larga huida. La vida de Laila también había sido una sucesión de fugas y traiciones. Huyendo del hambre y del calor había sido traicionada por quienes le vendieron un futuro al otro lado del mar, y ahora pagaba cara la deuda cada noche a hombres a los que el corazón nos colgaba de los testículos. El día que, en aquel control, nos echaron el alto, volví a sentir la misma rabía, pues el guardia que trepó y se asomó a la cabina, marencarando a Laila, también era cualquiera de aquellos tipos a los que se la traía floja (quizás esta no sea la expresión más adecuada para la ocasión) que ella fuera una "ilegal" cuando paraban en el puticlub. Pero sobre todo, señor juez, lo que me llevó a golpearle, haciéndole caer al suelo, bajo las ruedas y atropellarlo fue el terror de perder a mi amor, lo único grande que he descubierto en este mundo de insectos y esbirros.
Quería que lo supiera, que lo único que lo único que encontraran cuando tiren abajo la puerta de mi casa sea esta confesión, y que si su obligación es la de juzgarme, la mía es la de escapar, de la cárcel y de esa otra gran cárcel invisible detrás de los muros, escapar lejos, más lejos incluso que Dinamarca, a un lugar en que Laila y yo podamos brindar por la guerra nuclear, por que todo explote a nuestro alrededor y sobre el planeta sólo quedemos ella y yo.
Patxi Irurzun. Pamplona

Imagen: Patxi Irurzun
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