(118) LA DEPRESIÓN DE LOS CINCUENTA: LA ALDEANA Y LOS CELOS.
Estoy orgullosa de haber ideado la fórmula que minimice el riesgo de recibir un soplamocos mientras alerto yo, a mi edad, a Madre, a la suya, sobre los peligros del sexo sin protección.
Pensaba escribiros sobre mis miedos a enfrentarme a tan surrealista situación y las excusas en que me apoyo para posponerla, pero ayer por la mañana yo, Mariana, la de corazón cual erial respecto al amor, fui víctima de unos celos rabiosos que debí contener para salvaguardar mi dignidad, y me ha parecido más interesante contaros esta experiencia que ciertamente me ha dado que pensar.
Y que yo no soy así, eh, que ni en mis épocas más jóvenes he sentido celos con tal intensidad.
Celos sin razón ni motivo. Celos corrosivos. Celos hacia una mujer morena y alta. No guapa de revista. pero sin afeites que son fotosops en clásico, por lo que su guapura, mucha o poca, más mucha que poca, para que mentir, es real, sin artificios. La muy jodida.
Mujer sin duda atractiva para los hombres y no sólo por el físico, también por su trato cercano y agradable.
Celos por Gustavo, de quien puedo asegurar que no quiero ni seguro querré, y si alguna vez quiero será un tremendo error, para otra cosa que no sea echar unas parrafadas y de vez en cuando un pincho. Ah, y para las fotos, que no sé si os he dicho que tiene un teléfono sin cables, de esos que se pueden llevar a todos sitios, con maquina de retratar.
Y que no me sentía falta de defensas ante esa jovencita, eh, que sólo por la edad ya estaba fuera de las pretensiones de Gustavo; amarga ganancia la de por años. Y por curvas tampoco, que las mías son mucho más de mujer que las de esa cuerpo-palo, aunque reconozco sin vergüenza que esta última opinión está contaminada por la envidia.
Todo se desarrolló en una tienda dedicada a la venta de Marihuana, lo que da para otro artículo. Acompañaba a Gustavo a, según sus palabras, “introducirnos en los peligrosos bajos fondos de Pamplona”.
Acepté acompañarlo sabiendo, pues conozco Pamplona, que lo de los bajos fondos y el peligro era la típica exageración jocosa de Gustavo, pero entre nosotras admito que, aun creyendo que hablaba en serio, también hubiera aceptado. No por osadía sino por curiosidad, que una nunca ha estado en un sitio de esos bajos.
Pero a lo que iba:
¿Cómo puede esa jovencita provocarme celos por un hombre que sólo me interesa como amigo?
Pues me los provocó, que habría sacado los ojos a la cuerpo-palo aun teniendo claro que no tenía otra culpa que su trato afable.
La tienda se llama “LaMota” y está situada en lo más recóndito de lo que en Pamplona llamamos Parte Vieja.
Cuando entramos, la dependienta, ella, la cuerpo-palo, estaba vendiendo plantitas de Marihuana a un cliente.
No tardó mucho en atendernos.
-¡Hola! ¿Qué queréis?
-Pues venía a por unas semillas, pero…, ¿están a la venta esos esquejes? –pregunta Gustavo señalando la bandejita con plantas. –Es que me habían dicho que comprar en estas fechas esquejes estaba imposible, que había cola de meses.
-En teoría están vendidos, pero siempre hay quien se atrasa, así que si quieres… ¿Cuántos quieres?
-Oye, pues gracias. Quería cuatro. Pero elígemelos tú con el mismo cariño y mimo que he visto le elegías al chico que estaba antes.
Eso de mimo y cariño hizo saltar mis alarmas, quizás por algún cambio en la entonación de Gustavo sólo perceptible a base de instinto.
-Mira esta, pa mí que está bien, pero estoy mosqueada con las manchas. Casi seguro que no es moho porque se va con la mano, pero…
-Esa te lo dirá –dice señalándome. –Que´s una experta en esto de las plantas. ¡Mariana!
Sintiéndome olvidada, cotilleaba la multitud de objetos expuestos, todos ellos relacionados con la Marihuana; desde papel de fumar a pipas de todo tamaño y aspecto, de extraños artilugios con un globo flácido en lo alto a chaquetas hechas de cáñamo.
-¿Sí?
-Anda, ven a echar un ojo a esto pa ver si es o no moho.
Los conocimientos adquiridos por toda una vida dedicada a luchar contra enfermedades en la cosecha me facultaban para diagnosticar que no era moho, pero a punto estuve de decir a la cuerpo-palo que sí lo era, que tenía infestadas todas las plantas. Por joder más que nada, que ya se estaba haciendo patente la pelusa; no mucha todavía, pero sí la suficiente para sorprenderme por sentirla.
-Entonces te pongo esta –dice la cuerpo-palo mostrando a Gustavo una planta. –Mira que bonita.
Y aquí Gustavo se lanzó:
-En realidad prefiero su interior; que sean guapas más por dentro que por fuera. Mira estas plantas: por muy bellas que sean de aspecto, si luego no te colocan. para nada sirven. Sobre las mujeres pienso mismo.
-¿Qué? –se muestra sorprendida la cuerpo-palo.
¿Que? Pienso sobresaltada.
-Que en cuestión de mujeres también prefiero la belleza interior. Claro que tú tienes de las dos, ¿Verdad? Que tu belleza exterior es palpable -¿palpable?, - pero intuyo que la interior no es menor.
La cuerpo-palo se ha mostrado sorprendida, tanto que ha incrementado el odio que me iba dominando. ¿Se quería hacer la inocente la muy…, cuerpo-palo? Pues para inocente yo que soy mocita, le estuve a punto de soltar.
¡Que ganas de contarle que Gustavo me dice esas tonterías y otras mejores todos los días! Y que no me afectan como para dar botes mientras exclamo a grititos como ella: ¿Qué? ¿Qué ? ¿Qué?
De acuerdo que lo de los botes y grititos tendría que matizar mucho si estuviera bajo juramento, pero también que su reacción fue desproporcionada. A mi entender, claro.
Y se reían. Los dos. Gustavo con su risa ostentosa, ella entre exclamaciones de sorpresa por el piropo.
¡Que vergüenza! Gustavo a su edad, la cuerpo-palo que podía ser su hija, yo… Yo conteniéndome para no saltar el mostrador, coger la bonita cara de la cuerpo-palo y, a pesar de reconocer que su único pecado era soportar al pelma de Gustavo, dejársela hecha una escultura cubista; “Vendedora de plantitas de Marihuana en rojo”, es un título apropiado para la obra ya creada por mi imaginación.
Salí de la tienda tan enfadada que no pude simular y Gustavo se dio cuenta:
-¿Qué te pasa que te noto de morros?
-¿Que qué me pasa? –encubro los celos con la primera excusa que se me ocurre –¿Te parece normal traerme a semejante sitio de drogas? ¿Y si nos ha visto alguien conocido entrando o saliendo de ahí?
-Pero si no pasa nada –intenta tranquilizarme. –Es una tienda que vende productos legales. Y esos conocidos de los que hablas… ¡A saber si ellos no fuman! Que para que lo sepas, Navarra es la provincia en la que más se fuma de toda España. Y no solo críos, eh.
-Ay Dios mío si se enteran en el pueblo –sigo en mi papel de víctima.
-Venga, que te invito a una picardía en el Palace para que se te pase la mala leche.
-De acuerdo, pero cógeme del brazo, que parece me ha entrado un pequeño mareo por el sofoco.
¡La niñata esa me va a ganar a mí! ¡Pues ya sólo faltaría!
Este artículo se ha archivado en las categorías “LA DEPRESIÓN DE LOS CINCUENTA” Y “PORROS E INFUSIONES”












gwenda dijo
Jejeje, yo provengo de subcultura urbana porreta, pero nunca fuimos a una tienda, no había recursos para tanto, si en mercadillos alguna cosita y el resto al enganchaillo de turno que pasara algo de eso. Una época ya casi olvidada, divertida, pero que sólo me sirve de ejemplo.
Los celos, ainnnsssss, esos celos, que dices que no... pero algo pica, y el que se pica, ya sabes, ajos come.
Besitos
30 Abril 2008 | 12:09 AM