De momento, me corto la coleta
Si no fuera porque los toreros corren el riesgo de que los embistan hasta la muerte, nadie llenaría las plazas, así que supongo que...
Si no fuera porque, al pasarnos los hielos de boca en boca, corremos el riesgo de que alguien se olvide de que eso es un juego, no nos pondríamos a buscarnos los labios en cuanto nos bebemos tres gintonics.
Hasta ahora era divertido. Os diré que ni siquiera sé cómo empezó, ni a quién se le ocurrió. Simplemente, una noche, en El Forat (probablemente el local más divertido de Alicante), entre canciones de Las Cosas del Querer y hits de Fangoria, alguien me dejó caer un hielo en la boca, desde la suya. Como comprenderéis, teniendo en cuenta que el juego se desarrollaba entre seis chicos estupendos y servidora, me pareció una idea fantástica, sobre todo porque... cómo os diría, tenía la práctica certeza de que precisamente yo, para ellos, era el elemento menos interesante para que aquello fuera más que un divertimento.
El riesgo, el tentar al otro a ir un poco más lejos con los labios, con la lengua, el miedo a que aceptara el reto, nos hizo repetir una noche tras otra.
Un buen día, el italiano se incorporó a la ronda de besos helados. La verdad es que sentía curiosidad por saber cómo reaccionaría. Hasta ese momento, como quién dice, todos jugábamos "en casa". Pero, ¿qué
pasaría cuando incorporáramos a un chico guapo, hetero y con dueña a ese maratón de labios encarnados?
Pasó lo que ya intuía. Lo que hace que me encante, que lo adore, que me divierta. Simplemente fue uno más. Se rió tanto como el resto, pasó hielos a diestro y siniestro, sin importarle quién estaba al otro lado del cubito y se entretuvo conmigo más de la cuenta, hasta la última gota de agua.
Os confieso lo que ya suponéis, porque a nadie se le ha escapado a estas alturas que soy una perra: me puso cachonda. No sé de dónde me viene esta perversión tampoco me interesa dominarla, ni entenderla... Qué coño, con utilizarla me basta. Lo reconozco: me pone ver al italiano besándose con un tío.
Casi todas las tardes de toros son, como mínimo, entretenidas para los aficionados, algunas magníficas, todas felices hasta que ocurre lo que todo el mundo, muy en el fondo, espera.
Me pilló el toro.
Mis amigos, los únicos a los que permito derretir agua entre mis dientes, son listos, tanto como para saber hasta qué punto soy peligrosa... Guapos, tanto como para merecer que yo me preste a este juego... Morbosos, tanto como para no cansarse nunca de tragar hielos... Educados, tanto como para saber parar cuando sólo queda escarcha.
Pero llegó mi amiga del alma, más perra que yo, que sólo peco de pensamiento, mientras ella está harta de obrar para faltar al sexto. Libre, muy hembra. Se encontró con un cubito en los labios y lo pasó a uno, a otro, al siguiente, me lo dejó caer en la boca en plan voluptuoso, se me cayó, volvió con otro hielo todavía más grande, me tembló la campanilla del impulso, se lo devolví, todos se rieron y, de repente, la sonrisa se nos quedó más congelada que el agua.
Aun no había terminado el italiano de recogerle el cubito de los labios, cuando dijo: "¿Sabéis lo que os digo? Que me ha gustado". Y, después de mirarme, lo cogió de la nuca y le hundió la lengua hasta donde pudo, sin hielos de excusa ni hostias.
Sentí que el estómago se me partía en dos, que la música se paraba... Llevaba oyendo piropos toda la noche y, de repente, me vi como la mujer más fea de la tierra. Diecisiete años, dicisiete años con él y todavía soy capaz de dejarme invadir por una furia brutal al verlo una décima de segundo con otra. Supongo que esto también es el amor ...
Tres minutos después, ella se acercó triunfante, divertida, me confesó que le había gustado, que no le importaría repetir y entonces me salió una voz, una cara que sólo le conozco a Joan Crawford y le dije: "No habrá una próxima vez porque, si vuelvo a ver algo parecido, no me gustaría estar en tu lugar".
Creo que, a partir de ahora, me tomaré el gintonic del tiempo. Al menos hasta que me cicatrice la cornada.

¿Vasos de hielo? No quiero ni pensar cómo sería con uno de estos...















ARQUEÒLEG GLAMURÓS dijo
Aii qe recuerdos de la adolescència con el juego del hielo o el conejo d ela suerte... la verdad es que tienen su grácia eh, pillina!!
27 Marzo 2008 | 10:51 PM