Las palabras son expiación. Son puertas de salida. Nunca de entrada. Así, al menos lo entiendo yo, que escribo porque no puedo hacer otra cosa o porque es lo único que soy capaz de hacer más o menos bien.
Escribir es exorcismo, magia blanca. Lo dije ya mil veces: uno no elige estas cosas, sino al revés: estas cosas lo eligen a uno. Como dijo una vez Stephen king ante la pregunta de porqué había elegido escribir relatos de horror: “¿qué le hace suponer que puedo elegir?”.
Así estamos. Escribimos para durar, para transcurrir, porque hasta hace muy poco, la palabra escrita servía de testimonio de lo que pasaba por la mente del que escribía. Por eso las cartas, los testamentos y las declaraciones de independencia. Se nos regaló, con la palabra escrita, la ilusión esperanzada de lo eterno.
En algún momento, sin embargo, la tecnología nos alcanzó y después nos pasó por encima. Como decía anoche Hank, el personaje de David Duchovny en la serie Californication: “se suponía que Internet nos iba a democratizar, pero lo que tenemos es 24 horas de libre acceso a pornografía infantil”.
Gracias a la tecnología, tenemos lo que antes nos faltaba: la posibilidad que cualquiera, en cualquier momento y por pura casualidad, lea lo que uno escribe. Eso es bueno. No importa qué idiotez uno escriba, allí está en la vidriera de la Red para que pueda ser vista. Pero sospecho que cambiamos vidriera por eternidad, si es que se me perdona la exageración.
Antes uno llenaba hojas y hojas a frente y dorso y lo mejor que podía pasar con ellas es que alguien, después de que uno cagó definitivamente fuego, tire todo a la basura o las use para encender el asado. En cualquier caso, uno se fue con la ilusión de que lo que escribió seguirá allí cuando ya no estés. En algunos casos funciona. Todavía podemos leer cartas de Mariano Moreno, San Martín o Bonaparte.
Ahora escribimos en blogs, mandamos SMS y nos llenamos de correos electrónicos que resignifican la palabra escrita. Es decir, le quitan esa durabilidad de lo real para transformarlas en objetos virtuales, condenados a desaparecer. Por ejemplo, no me imagino ninguna posibilidad de que alguien vaya a leer esto, no ya ahora, sino dentro de cien o doscientos años. ¿Alguna duda?
Escribo porque es lo que puedo hacer. Ya lo dije. Durante mucho tiempo llené kilos de hojas. Después tiré una parte y guardé otra, sin una razón en particular. Alguien hará desaparecer esas hojas guardadas dentro de algún tiempo. Y serán palabras que no le dirán nada a nadie, como no nos dice nada una foto que encontramos tirada en la calle. Eso que fue una persona, que se rió, comió, cogió, fue feliz, triste, y muchos etcéteras, no es otra cosa que esa imagen emulsionada en papel ajado que está en la calle porque alguna bolsa de basura terminó rota y desparramó su contenido. Somos como lo que hacemos, algo que perece y desaparece. Algunas cosas duran, pero nosotros no estamos ahí, La historia se escribe seleccionando eventos y personajes. La enorme, abrumadora mayoría pasamos anónimos por este mundo.
Yo quería ser famoso. Hacer del escribir mi forma de ganarme la vida. Tener una Harley y buena ropa. Algo así como Andahazi pero menos pelotudo. Ya no será posible. Sin embargo sigo escribiendo como si se tratara de una vocación. Y lo hago sabiendo de antemano que no va a durar, porque yo no voy a durar y porque nada dura. Pero no puedo elegir.
Antes puse la palabra “expiación”. Creo que me equivoqué. Las palabras no alivian ni perdonan. Son un territorio inhóspito en donde uno se mueve y sobrevive si puede y como puede. No sirven para ganar plata (A MÍ no me sirven para ganar plata, Andahazi tiene su Harley y esa actitud Palermo Soho tan cool que te da una buena cuenta de banco) pero creo que ya no depende de eso. Uno necesita expiación cuando se sabe prisionero de un evento negativo. Ser libre es saber lo que se puede esperar y no esperar lo que se sabe que no puede venir. Y en ese punto ya no hay pecados que perdonar ni penitencias que cumplir. Es como que las piezas se acomodan. Es, en cierto modo oscuro, satisfactorio. Después de todo, sólo se “realizan” dos clases de personas: unos son los que realmente lo han conseguido todo, sin hacer la trampa de adaptar los objetivos a lo conseguido. Los otros son los estúpidos que no entienden dónde están, quienes son y qué pueden esperar. Son boludos, pero boludos alegres. Eso sí.
Yo escribo. Tercera vez. El Word acaba de repaginar el texto. Pasé a la hoja dos. Eso es todo, amigos.
MP
Esta fotografía es obra de Susana Mulé.



LA VIDA ES ALGO QUE ESTÁ A MITAD DE CAMINO ENTRE EL SUEÑO Y LA PESADILLA