En el vendaval mediático, abrumador, sobre los 25 años de la toma de Malvinas, parece que poco quedó sin decir. Se dijo lo necesario y también lo innecesario. Al final del día, me quedé con la sensación de que ese afán totalizador había dejado la memoria aplastada y deforme. Todos políticamente correctos, resaltando detalles, presentando notas, edificando una extraña verdad. No sé, tal vez era demasiado para mi. Yo, que solo tengo lo que me acuerdo y nada más.

Hace unos años, escribí un cuento muy breve llamado POZO DE ZORRO, en el que me animé por primera y única vez con un tema que me arde: la Guerra por Malvinas. Lo hice como mejor pude, eligiendo la voz de un pibito correntino que termina fusilado por el enemigo aún después de rendirse, abandonado por los oficiales, por su país y hasta por su compañero de pozo, que muere antes que él. Fue mi exorcismo, en gran medida.

Tengo 41 años. Significa que cuando empezó la guerra tenía apenas 16 años. Estaba intoxicado por ese triunfalismo demencial que nos envolvió a casi todos. Aquél día en que Galtieri salió al balcón, fui con un amigo a decirle a mi viejo que me iba a la Plaza. No me dejó. “¿Vas a ir a aplaudir a ese hijo de puta?”, me dijo. No fui.

Le debo eso a él. El no haber ido a hacerle el caldo gordo a ese alcohólico hijo de mala madre y a toda esa banda de ladrones y asesinos que inventó el sacrificio de una generación de pibes tan solo para salvar un proyecto político-económico muerto y enterrado. Para salvar la ropa. Matar no les costó nada nunca. Mataron y torturaron a decenas de miles. Ese era el ejército del Proceso, y la marina y la aeronáutica (haré honrosas excepciones): aptos para matar civiles desarmados o mal armados, ineptos y cobardes ante un enemigo de verdad, adiestrado, bien armado y profesional.

La Guerra por Malvinas fue una locura, pero el sacrificio de nuestros héroes es lo único que vale. Pibes del pueblo que dieron su vida para defender un pedazo de nuestra tierra. Y lo hicieron con lo que tenían: con su miedo, sus armas inservibles, sus oficiales cagones, ladrones y represores. No hubo honor en la fuerzas armadas, lo hubo en esos pibes, y en aquellos pocos militares que cumplieron con su deber.


Entonces, para dejarlo claro: me cago en Galtieri, en su memoria y descendencia. Así como en los militares del Proceso, en esos oficiales y suboficiales cobardes como lauchas que abandonaron la lucha. Pero esas islas son nuestras. Aún si la historia no nos diera la razón, si la razón fuera el derecho de ocupación de los piratas ingleses, el pueblo más salvaje y depredador de la historia, aún así, esas islas SON NUESTRAS. REGAMOS ESA TIERRA CON SANGRE ARGENTINA, NUESTROS CHICOS ESTAN ENTERRADOS ALLI. HEMOS SEMBRADO ESA TIERRA CON ELLOS. ALGUN DIA COLECTAREMOS LOS FRUTOS.