5 Noviembre 2008
Este podría ser el título de cualquier manual de repaso de la reciente historia de la televisión en España: de no poder decirlo todo, a no poder callarse nada, de la telecensura a la telebasura. La televisión actual, dicen los programadores, es lo que los usuarios (telespectadores) quieren ver, es fruto de su elección. Decía Manuel Fuentes en una entrevista que la televisión es como la nevera: hay comida sana y comida basura, y aunque uno sabe lo que debe comer o lo que es mejor, coge lo que más le apetece en cada momento. Pienso que tiene, en parte, razón. La venta/audiencia de productos de dudosa calidad nutritiva/cultural es la que, al final, manda y ciertos productos venden ¡y de qué manera! No en vano, se repiten temporada tras temporada hasta la saciedad y uno cree a veces que llegará un momento en que no habrá más remedio que acabar viendo/comiendo lo que siempre ha detestado.
Frente al argumento de que el público reclama esta ‘televisión rápida’, lista para consumir, me pregunto si existen realmente alternativas a este menú o programación de productos rápidos. Dicen estos mismos diseñadores de la televisión del futuro, como ellos la llaman, que hay programas para todos, de todo tipo, y sí, quizá los hay, pero ¿en qué condiciones? ¿Emitidos como contraprogramación a grandes eventos o a series consolidadas en otras cadenas? ¿o emitidos a deshoras infernales cuando la gente normal que trabaja aprovecha para descansar? ¿Dónde están esos programas? Porque yo no los encuentro. Como mucho, cuando alguna tentativa de programa de calidad se empieza a emitir, raras veces se publicita como es debido, o se programa a una hora inadecuada a su contenido, o compitiendo con otra emisión que bate récords de audiencia ¿cómo pretenden que un producto nuevo venza a uno ya conocido y seguido por el espectador fiel? Es como poner simultáneamente el concierto de los teloneros y el del grupo principal, ¿quién va a ganar la partida? A priori ya se puede saber con seguridad la respuesta. Hay programas que, antes incluso de emitirse, ya se ven abocados al fracaso, porque se sitúan en un horario en que de por sí no es de máxima audiencia, o bien, un día en que hay varios programas de mucha audiencia en otras cadenas.
El problema de la contraprogramación no afecta solo a las nuevas emisiones, también algunas ya consolidadas se ven inexplicablemente modificadas por razones que poco importan al espectador fiel. Y digo bien: pocos usuarios son tan fieles como los de la televisión. Uno puede cambiar de champú, de detergente, de café… pero pocas veces abandona una serie. A estas quería llegar, porque es el tipo de programa, junto a los de información, que suelo ver. Son muchas las ocasiones en que, en distintas cadenas, he sufrido los cambios repentinos de horarios y de días de emisión, generalmente, sin previo aviso, con el desconcierto que supone y la sensación de estar siendo manipulada en mi tiempo y en mi fidelidad.
En cuanto a otros programas, aunque no sean de mi preferencia, también sufren modificaciones de horarios y eso suele afectar al resto de la parrilla, porque no se pueden solapar dos emisiones: cualquier desplazamiento repercute en varios programas. Algunos de estos son los llamados ‘programas de vivencias’ o de testimonios, anticipo, creo yo, de la actual corriente de programas en que exploran las intimidades del individuo, y de cuyos nombres no quiero acordarme, para no contribuir a darles más publicidad, aunque al lector le será fácil identificarlos: unos, como retransmisión permanente de la convivencia entre individuos, real o fingida, vivida o representada (la idea de G. Orwell, en 1984, era más cruel y mucho menos frívola, que la del big brother actual), y, otros, como compra-venta de la dignidad humana, no solo del famoso o pseudofamoso de turno, sino de cualquier hijo de vecino que participa en el juego de su vida o juego de la verdad. Pero con la verdad no se juega, entre otras razones, porque la verdad como concepto no existe, existe nuestra visión particular de la realidad, y esa parcela de nuestra verdad que supuestamente nos pertenece, ya que, cada concursante habla de sí mismo, no le afecta solo a él, pues toda su familia y entorno se ven salpicados por sus miserias disfrazadas de verdad. Antes los trapos sucios se lavaban en casa, pero las intimidades venden y las televisiones son excelentes comerciantes.
No obstante, no puedo negar que he visto alguna vez estos programas, no soy tan hipócrita, pues no se puede criticar lo que no se conoce. Tampoco critico a quienes los ven, como no critico a quien se alimenta solo de comida basura: cada cual es dueño de su dieta. Los motivos del consumo de estos productos son varios, en mi opinión: por un lado, la comodidad, el cansancio,… Después de un duro día de trabajo, pocos tendrán ganas de ponerse a pensar y decidir si esto es o no recomendable, tomarán lo primero que encuentren y se dejarán llevar y consolar por los problemas o inquietudes ajenas, para no pensar en las propias. Pero, por otro lado, también la falta de variedad es la razón: si el consumidor solo encuentra estos productos, algo tendrá que comer y, muchas veces, se conforma con lo que encuentra, no tiene más remedio si solo tiene acceso a la televisión gratuita, como es mi caso.
La esperanza que intentan darle al espectador de la televisión del futuro es la nueva televisión digital. Con ese rótulo parecería que nos esperan un sinfín de nuevas propuestas de entretenimiento, cine variado, concursos de méritos o donde se premien las cualidades artísticas, culturales o físicas de los participantes, y no sus inclinaciones polémicas, entre otras novedades. Sin embargo, uno echa un vistazo a los canales que ya emiten en formato digital y se encuentra exactamente la misma programación y, en aquellas cadenas nuevas configuradas como secundarias por las grandes cadenas, solo se ven repeticiones de series y programas otrora exitosos, pero obsoletos en cuanto a contenidos, referencialización e interés para el espectador. Solo mejora, eso sí, la calidad de imagen, la forma, pero ¿y el fondo? ¿se renovarán también los contenidos cuando desaparezca la era televisiva analógica? Sospecho que no, habremos cambiado el formato, pagaremos un suplemento por un descodificador y seguiremos viendo cómo anuncian a bombo y platillo comida basura en programas rápidos (¿o era al revés?). Da igual, porque como decía mi abuela “comemos más con los ojos, que con el estómago” y con la televisión, el menú también nos entra por los ojos, aunque luego se nos atragante en el paladar. Hasta pronto blogueros.
Marta Montañez (4-11-08)
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29 Octubre 2008
A menudo escuchamos a muchos recordar las viejas glorias, anhelar tiempos pretéritos, cuando la juventud permitía cualquier exceso, y la fortaleza aún no nos preocupaba porque aún no nos faltaba. Pero todo pasa y nada queda, que diría Heráclito, el tiempo fluye inexorablemente para todos y hasta el más fuerte, el más trabajador, el más enérgico, TODOS sucumbimos al transcurrir de la vida.
Los topos relacionados con el paso del tiempo han sido profusamente estudiados (Garcilaso, Manrique, Quevedo, por citar algunos clásicos) y han calado también en el lenguaje coloquial: “con lo que yo he sido” es la expresión más espontánea del tópico literario expresado como cultismo por la retórica: tempus irreparabile fugit.
Sin embargo, lo lamentable es que este dicho responda no a la incipiente vejez, del todo justificable, sino a la enfermedad, al menoscabo de las facultades físicas y mentales de una persona. Verse reducido en alguna de sus funciones es un castigo insufrible para quien hasta no hace mucho derrochaba energía y frescura. “Todo lo mudará la edad ligera / por no hacer mudanza en su costumbre”. No solo la madurez muda el estado físico de la persona, también su carácter, con la edad cambian nuestras expectativas, los sueños, las ilusiones, todo hace su mudanza y, con ello, todos dejamos de ser un poco lo que éramos, aunque siempre permanezca la esencia.
Cuando ese cambio se acelera bruscamente, sin tiempo para asimilarlo, con un golpe de la vida: accidente, enfermedad o pérdida, no se entiende. El ser mortal comprende, aunque sea a duras penas, que su naturaleza es envejecer y morir, es decir, que el tiempo pasa para todos y se lleva nuestra lozanía y, finalmente, se llevará nuestra vida. Pero lo que no puede llegar a comprender es que no sea el tiempo el que nos quita la ilusión, la salud o la vida. No se entiende la muerte de una persona joven, ni que haya que vivir enfermo, ni que haya que sobrevivir a una enfermedad o accidente con secuelas. Sin embargo, somos tan inmensamente fuertes que aún sin comprender por qué tenemos que vivir así, sobrevivimos.
Para todos aquellos que sufren o han perdido la ilusión, la salud o a un ser querido prematuramente: vuestra supervivencia es nuestro ejemplo.
Marta Montañez (24-I-08 / 29-X-98)
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2 Septiembre 2008
Hace unos días me he presentado a la oposición al cuerpo de profesores de enseñanza secundaria con un resultado poco satisfactorio. Después del esfuerzo y de los nervios, al no alcanzar los objetivos, la decepción y el fracaso se hacen, si cabe, más profundos. Lo primero que te planteas cuando decides ser profesor es ¿qué es ser profesor?, y ¿qué es la escuela? O, dicho de otro modo, ¿para qué sirve la escuela? En teoría, para enseñar, educar y formar futuros ciudadanos y personas, pero hoy en día, la realidad es otra, y la escuela funciona casi como servicio de custodia de los hijos mientras los padres trabajan.
Entonces recuerdo lo que siempre me dice mi padre, la escuela es la vida. Y verdaderamente tiene razón. Por circunstancias, no todos los de su generación pudieron estudiar, pero han aprendido a vivir, a trabajar responsablemente, han adquirido un oficio y un medio de vida para sacar adelante a su familia y no deberle nada a nadie, más que al propio trabajo y esfuerzo. “Yo no he ido a la escuela, yo he estudiado en la universidad de la vida”, qué gran lección y qué acertadas palabras, papá. Francamente, para vivir, para ser buena persona, para ejercer un puesto de trabajo con eficacia, no se necesitan, en la mayoría de las veces, tener unos estudios superiores, porque a vivir se aprende viviendo. Y las enseñanzas de la vida no fracasan con suspensos, sino con calamidades y fatigas, pero eso sí, nunca se olvidan.
A vivir se aprende viviendo y lo que no se aprende es porque no hace verdadera falta en la vida. Y hay lecciones que nunca acaban de aprenderse, porque nadie nos enseña a sufrir ni a ser felices de verdad en esta vida.
Para todos aquellos que aprenden a fuerza de vivir
y no con tiza y pizarra, entre ellos, mi padre.
Marta Montañez (24-7-08/ 1-09-08)
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22 Julio 2008
Hace años, cuando la escritura era aún privilegio de unos pocos, entre ellos, los niños escolarizados, los mayores analfabetos del medio rural tenían que recurrir a ellos para escribir a sus seres queridos, lejos o muy lejos del pueblo, en ausencia de otros canales de comunicación como el teléfono u otros sistemas mucho más modernos, impensables e inaccesibles para la mayoría en aquella época.
Así fue como mi madre se convirtió en la “epistóloga” oficial de mi pueblo –permítanme el neologismo-, pues se dedicaba, allá en su mocedad, a recorrer las casas de las mujeres del pueblo que, por no haber podido tener acceso a la escuela y haberse tenido que dedicar a trabajar casi desde niñas, no podían, por sí solas, comunicarse con los suyos por vía escrita. Digo mujeres porque eran las que se ocupaban de escribir y la iniciativa epistolar era suya.
Mi madre, alumna aplicada y brillante, inteligente y despierta, aprovechaba lo que podía la escuela (y digo yo que con buen provecho, porque mes tras mes se disputaba con otro el privilegio de ver su nombre escrito en el cuadro de honor de la escuela), mientras mi padre se dedicaba a matar pajarillos y otras alimañas con un tirachinas y corría por el pueblo buscando la aventura de hacerse mayor. Esa inteligencia y responsabilidad de mi madre daban confianza a las mujeres, que la llamaban para escribir “a sus chiquillos”, porque en mi pueblo a los hijos, mientras no se emancipen (e, incluso, a veces, una vez emancipados), se les llama chiquillos. Los hijos, emigrados del pueblo para encontrar un mejor trabajo que el de la tierra y la aceituna, eran, casi siempre, los destinatarios de aquellas sencillas cartas, aunque no los únicos: “querido hijo”, “queridos hijos y nietos”, “querido hermano y sobrinos”.
Aquellas cartas, plagadas de fórmulas “ya me dirás…”, “y también te digo…”, “de lo que me dices de fulanita…”, “de lo que preguntas sobre menganita…”, eran un ejercicio entretenido y lo hacía gustosa, y casi me atrevería a decir orgullosa, porque las mujeres confiaban tanto en ella como para que les leyera y escribiera las cartas, en las que, evidentemente, se contaban cosas personales e íntimas.
Digo “epistóloga” y no “epistolista”, que parecería más acertado para definir a quien escribe o copia cartas dictadas, puesto que mi madre había alcanzado un grado de especialización tal, que ejercía una labor investigadora de cartas, no solo conocía “al dedillo” sus características (podría incluso escribirlas de memoria) sino que intervenía en ellas, hacía de filtro, seguía unas convenciones (fórmulas, estructura, comienzo y cierre, despedida…), pero también eliminaba ciertas estructuras e incluía otras menos redundantes. Después, en la etapa de lectura y revisión del producto, la carta, debía recuperar los fragmentos que habían sido omitidos por su redundancia y su carácter repetitivo. Esa conciencia lingüística es la que me hace optar por el término ‘epistóloga’. Así, el discurso dictado durante el proceso de transcripción de la carta y el producto epistolar resultante habían llegado a diferenciarse bastante en su forma, precisamente porque mi madre, con un conocimiento lingüístico (y de las convenciones epistolares) mayor que el de las emisoras o remitentes de las cartas, intervenía en ellas para pulirlas y, digo incluso, perfeccionarlas y hacerlas menos repetitivas.
A todos los que escriben o transcriben por otros y transforman en algo tangible lo efímero de las palabras y dotan a la oralidad de la perdurabilidad de la escritura. Entre ellos, mi madre.
Marta Pilar Montañez Mesas (15-02-08)
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1 Julio 2008
Buenos días.
Permítanme que me presente: mi nombre es Marta Pilar y soy investigadora. Ya sé que dicho así les sonará raro, pero, a día de hoy, esa es mi profesión. Es verdad que mañana me puede cambiar la vida, pero, hoy por hoy, esa es mi profesión.
Mi trabajo, aunque suene demasiado abstracto, o demasiado idílico, si uno cree que solo investigan los de CSI, consiste en mejorar el conocimiento general de un tema, indagar donde nadie ha llegado, intuir lo que permanecía oculto y descubrirlo, y una vez procesado y descrito, ofrecerlo al interés general en forma de tesis o de propuesta teórica. Investigar requiere aptitudes como la observación, la capacidad analítica, la asociación de ideas y, sobre todo, trabajo, constancia e intuición a partes iguales. Digo intuición porque el objeto de estudio que uno se pone a investigar puede no interesarle a nadie, o, en cambio, despertar el entusiasmo general de la comunidad científica más o menos local.
Los investigadores somos seres de otra pasta, no tenemos un horario de oficina, ni dejamos de pensar cuando nos quitamos el mono de trabajo. Tampoco somos esclavos de nuestra profesión, como los médicos, que dejan de ser personas el día que se cuelgan un fonendoscopio.
Un investigador es un soldado de la innovación, un atleta del conocimiento, un artista de la abstracción teórica, un poco loco y, como todos los genios, un incomprendido. Pero si hay algo que caracteriza al investigador, sobre todo si es becario, es su remuneración laboral. Dicho así suena hasta bonito, pero lo cierto es que trabajar la mente 8 horas al día (ó 10 ó 12, según el momento de la investigación o el grado de desarrollo de la tesis) no da para vivir (a no ser que vivas con tus padres y colabores en las tareas domésticas a cambio de cama y comida). Y ahora pregunto, ¿qué le pasa a un investigador medio cuando acaba de ser becario? Dios sabrá. Quizá las preguntas sean otras: ¿dónde va? Y, sobre todo, ¿cuánto cobra?
Según los servicios de calidad educativa e inserción laboral de las universidades españolas, un altísimo porcentaje de doctores “se coloca” en menos de un año. Lo que no dicen es dónde. A lo mejor porque no se sabe, o no interesa que se sepa.
Así que, cuando el ecuador de la beca ha pasado, uno empieza a plantearse otros caminos en los que, sin dejar de investigar, trabaje para vivir. Al principio, probará ilusionado en las universidades e institutos de investigación, las grandes empresas del sector y las no tan grandes. ¿Tendrá suerte nuestro investigador medio? No se sabe, pero, eso sí, siempre le quedará enviar el currículum con dos máster y una tesis cum laude al jefe de personal de Carrefour.
Para todos los atletas del conocimiento.
Marta Montañez (24-06-08)
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23 Junio 2008
A veces preferiría no saber ciertas cosas. La sinceridad y el conocimiento de ese saber abstracto e indemostrable que llamamos ‘verdad’ están, en ocasiones, sobrevalorados. Muchas veces la verdad no conduce a ninguna parte: cuando es dolorosa y su conocimiento no ayuda a solucionar la realidad, ¿de qué sirve conocer ‘la verdad’? Saber la verdad de las cosas no siempre arregla los problemas: no se reinserta a un drogadicto por mucho que se lo digan a la cara, ni se vuelve guapa una persona por mucho que le grites ‘fea’.
La sinceridad, entendida como actitud de decir siempre la verdad de las cosas, la versión más fidedigna de la realidad, se ha convertido en un valor incuestionable en nuestra sociedad y la mentira se deplora y se castiga con el descrédito social y moral. “Decir la verdad”, como objeto de la sinceridad, es una norma ética que nos viene reforzada por la moral cristiana y la mentira, por lo tanto, es un pecado de los tipificados, además, como capitales.
Desde niños nos enseñan que siempre, SIEMPRE, hay que decir la verdad. Cuando conoces a alguien, sobre todo, si esperas que sea tu pareja, le exiges, ante todo, sinceridad, como si por decirte que hoy estás insoportable te quisiera más, quizá la diplomacia en ese caso es más aconsejable. Otras veces decir la verdad te obliga a traicionar a alguien, contar sus secretos, declarar sus problemas o sus otros pecados, con lo que por decir la verdad incurres en otro pecado, no sé si peor o mejor que mentir: la traición.
La verdad, por otra parte, es algo intangible, porque la vida no es inequívoca, sino que cualquier hecho o suceso tiene tantos puntos de vista como miradas lo contemplen, incluso cada vez que examinamos algo lo hacemos con otros ojos: en otro momento, con otra experiencia, con información nueva,… entonces ¿dónde está la verdad? Y, sobre todo, ¿para qué sirve saber la verdad?
En ocasiones he imaginado cómo se comportan otras personas cuando no están conmigo, qué dicen de mí, cómo se expresan de mí ante los demás en mi ausencia y qué piensan realmente de mí. En esos casos, se me ha ocurrido la absurda idea de tener un resquicio por donde vigilar a escondidas a las personas que me importan. Pronto descubro mi error porque, en realidad, prefiero no saber ciertas cosas, ¿cuánto sufriría si me enterara de algo desagradable? Por eso, no quiero saberlo. La ignorancia es la felicidad porque uno vive más tranquilo, ¿de qué te sirve la verdad? ¿te hace la verdad más feliz?
Por todo esto, no entiendo cómo los familiares de los concursantes de cierto programa sobre su vida asisten para escuchar las verdades en la cara, así, ‘verdad o mentira’, delante de toda España. Me pregunto cuántas relaciones seguirán como hasta ese momento y si salen más felices de ahí, aunque, claro, las penas con pan son menos: aunque dejes de hablarte con tu hermano porque duermes con su mujer, te llevas un dinero muy sincero, eso sí; y la verdad y la sinceridad te conducen a otro pecado: la avaricia.
No es esta una apología de la mentira, ni mucho menos, sino una reflexión sobre el hecho de que evitar unos pecados (o actitudes éticas, si no se quiere utilizar un lenguaje religioso) te puede conducir a cometer otros, y contra la verdad sin escrúpulos:
- Tu trabajo no vale para nada.
- Jo… no me digas eso.
- ¡Uy! Pero si es verdad…
Ahí está la palabra maldita. ¿De qué me sirve que sea verdad? ¿Qué se gana con decirle a una persona las verdades en la cara? Te lo voy a decir: NADA (a no ser que estés en el gran mercado del mundo que es cierta forma de televisión, donde todo vale, y la dignidad de las personas se compra y se vende al mejor postor).
La verdad tiene que servir para ayudar, no para destruir. Por el mero hecho de ser verdadera una información no significa que por decirla estemos haciendo algo bueno. La sinceridad tiene límites: el decoro, el secreto, la diplomacia… No es más sincero quien te dice SIEMPRE la verdad, sino quien, sabiéndola, no la utiliza para hacerte daño, ni para descargar su conciencia, ni para su propio beneficio, sino para hacerte más feliz.
Marta Montañez (21-06-08)
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27 Mayo 2008
Al llegar todavía estaba vacío, con ese aspecto de tugurio lóbrego que tienen algunos locales cuando aún no vas borracho o es de día. Nos abalanzamos sobre la mesa de billar, como si hubiera mucha competencia por ocuparla. Dejamos sobre una mesa, limpia, eso sí, nuestros bolsos y chaquetas y acudimos prestos a la barra en busca de la sutil cerveza, para que rebajase la suculenta cena de estilo italiano que acabábamos de disfrutar. Me abstuve de pedirme una, no por solidaridad abstemia, sino porque las varias jarras de sangría escanciadas entre porción de pizza y pincho de pasta empezaban a hacer efecto en mi poco acostumbrado estómago.
Poco a poco se fue llenando el local con gente de nuestra edad o más joven, más habituales de maxidiscotecas de diecisiete pistas, y nosotros nos fuimos animando serenamente. Al ambiente no le faltaba de nada: una mesa de escandalosa conversación, música casi imperceptible de fondo, una emocionante partida de billar con penetración indebida de la bola negra en el hueco inoportuno, una rápida partida de dardos, y hasta un perro, acostumbrado al bullicio, entre aburrido y melancólico, que arrancó unos aplausos cuando accedió a los estímulos del camarero y entresacó, de un abanico de naipes, la carta que un espontáneo del solícito público había preseleccionado. Buen truco, sin duda, que completó una noche sensacional.
Pero la velada había comenzado como de costumbre, esperando al de siempre en su portal haciendo bromas e intimidando al perro de un vecino, mientras la cena, en Moretti, lugar de confianza, nos aguardaba calentita a menos de una manzana de la casa del amigo (el de siempre). Y digo el de siempre en todos los sentidos: el amigo que siempre está (ahí cuando lo necesitas) y el de siempre en actitud, en este caso, aquel a quien siempre hay que esperar; el que dice ¡Ya bajo! y ya, aprovechando una metáfora de tono informático, solo se puede interpretar en tiempo Windows, permítanme el neologismo, es decir, ya, para el amigo de siempre, puede suponer 10 minutos, 127 minutos o 60 segundos, o, peor aún, que sea un tiempo indefinido y el amigo todavía esté calculando el tiempo restante.
Ojala los buenos ratos con los amigos, como los del sábado, se midieran en tiempo Windows y permanecieran siempre calculando el tiempo restante.
Marta Montañez (18-05-08)
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3 Mayo 2008
Su vida es un nadar constante contra las olas. Cada día se esfuerza por nadar más adentro, más adentro, pero el impulso de las olas la arrastra y, al cabo del día, vuelve a encontrarse cada mañana exhausta, sin fuerzas, en la orilla donde había empezado el día anterior. Y cada día, con un poco más de desánimo, pero con mucha más rabia por dentro, inicia de nuevo su andadura y comienza a nadar: al principio, con ciertos temores; pero, poco a poco, con fuerza, con energía, al final, las olas la devuelven a la playa, a la orilla, pero sigue, cada día, cada día.
Marta Montañez
(27-12-07)
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