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19 Noviembre 2006

"Boxeo" de Pedro A. Martín Ramos

Los reflejos del agua caída y la única farola de la esquina dejaban ver un poco la calle. Vivo aquí desde que nací y nunca me acostumbré a tanta miseria. Siempre acabo en el mismo lugar. Este barrio de negros es solo para negros. Para negros pobres, que los negros ricos están en la NBA. Negros de hambre y de gospel que alimenta su espíritu. “Aguanta, hermano” nos dicen, pero el pescado rara vez no está podrido. Y cuando no te pegan un tiro eres viejo a los treinta años, desnutrido y sin dientes para masticar la poca comida que encuentras en la basura. Y encima sonado para el resto de tus días. De negro.
Los blancos pagaban por vernos las cejas y las narices rotas y sangrantes. Los tiburones de las apuestas, también blancos, nos vendían los brillos del dinero y de los coños blancos que solo se abren para introducirse nuestros billetes de a cien. Cuando los tienes. Se cierran y se van. “Vuelve a ganar y llámame” o sea, “sangra de nuevo y tráeme tu dinero de negro”.
Así empezó todo cuando aquel blanco me vio pegándome de puñetazos con otro negro menos fuerte que yo. “Tu vales para boxear” dijo, y ya estaba en aquel sucio gimnasio. El tipo, el “entrenador”, no me enseñó a mover los pies como había visto a Clay o a Foreman. No. Me enseñó a romper las caras hasta dejar salir la sangre a borbotones del que me ponían delante. A machacarle los riñones y el alma, si podía, a cualquier infeliz como yo.
Gané algo de dinero que enseguida gasté en putas caras o baratas. En Velmas con el pelo teñido de oro. En alcohol y cocaína, en algún hostal pestilente de la 47 con la 118. Y aquel 12 de Junio, en Las Vegas, me dejaron sonado. Vi la lona en el tercero y mi cerebro ya no fue cerebro. Noté como se encogía cuando me golpeó, y cómo ya no recuperó el mismo sitio. Aquel tipo, también negro, era una mula pegando. Me metió la izquierda varias veces al hígado mientras alguna derecha me trabajaba la ceja opuesta. El último me lo dio en la boca y me tumbó. Ya no fui el mismo. Perdí el conocimiento y en la lejanía oí como contaban hasta diez.
No volví a mover la parte derecha de la cara y me quedé con lo que veía por este otro ojo que aún se mantiene abierto con la esperanza, algún día, de ver mas allá de este callejón lleno de muertos que no saben que lo están.
“Todo en el boxeo está al revés” me dijeron. Tarde lo comprendí. “Sangra, puto negro, pagamos por tu sangre”. Por toda.

Tags: cuentos

servido por martin-i-textos 1 comentario compártelo favorito

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

M. Escribano

M. Escribano dijo

Duro y seco. Me gustó mucho y leeré los demás. Saludos.

13 Enero 2007 | 07:07 PM

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