Ignacio Padilla
Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México.
¿Qué autores españoles vivos te interesan?
(19.40-20.30)
En los últimos, definitivamente he disfrutado, como siempre, pero las obras nuevas de autores para mí fundamentales, como Antonio Muñoz Molina y Enrique Vila-Matas, por ejemplo. Y desde luego Javier Marías. Son autores que en América Latina y, particularmente en México, son muy apreciados porque en algún momento de nuestra historia se convirtieron en los herederos auténticos de las grandes lecciones del boom. Suena como una ironía, pero para los escritores nacidos en los años 60 en América Latina, nuestros padres literarios son precisamente estos autores españoles entrañables, que siempre han sido pues esta trilogía fundamental. Son grandes lectores de Borges, y grandes lectores de Onetti, y grandes lectores de García Márquez. Vila-Matas, Muñoz Molina y Marías, sin duda alguna.
¿Me puedes explicar qué es eso de la Generación del crack?
(20.42-22-12)
Somos fundamentalmente un grupo literario. Se ha creado una mitología, se habla de la generación del crack, se dice que es una generación de escritores latinoamericanos que, por alguna extraña razón decidimos escribir contra Gabriel García Márquez, que decidimos no escribir sobre América Latina... Todo eso es definitivamente falso. El crack es un grupo de escritores que, hace diez años, es decir, estamos cumpliendo diez años de la presentación de nuestro manifiesto, un manifiesto un poco extraño que abogaba por la recuperación de las grandes lecciones del boom latinoamericano, y en respuesta a una cierta literatura que imitaba particulamente a Gabriel García Marquez, y que nos parecía había frivolizado las grandes obras del boom. Originalmente participamos en este grupo autores como Jorge Volpi, Pedro Ángel Palou, Eloy Urroz, Ricardo Chávez Castañeda y yo mismo. Por supuesto hay muchas ideas del crack, de la literatura, etc., pero yo creo que es fundamentalmente un grupo de amigos, una amistad literaria, cuyo mayor mérito consiste o ha consistido en haber demostrado que la literatura se puede vivir como una experiencia colectiva, que no tiene que ser por fuerza individual, que no tiene que estar por fuerza plagada por estas envidias de los grandes egos de los artistas, sino que de verdad se puede compartir la disciplina, el trabajo, la ambición de las grandes propuestas novelísticas, se puede hacer, por qué no, también en grupo.
Tienes una biografía muy particular. ¿De dónde sales?
(22.22-23.29)
¿De dónde salgo? Reconozco que la biografía puede ser un poco excéntrica, qué biografía no lo es. Un escritor de libros para niños que fue director de la revista Playboy, que fue reo de muerte en Tanzania, diplomático, cervantista, etc... He hecho un poco de todo. De vez en cuando me cantan la canción del Pirata Cojo de Joaquín Sabina, qué es lo que hubiera querido ser que no haya sido. Muchísimas cosas. Pero yo creo que todo simplemente ha estado vinculado con la literatura, por excéntrica que parezca mi biografía. Los continentes, los países en los que he vivido, todo ha sido casi siempre por motivos literarios, o por esta devoción que tengo de estar viajando, viajando en todos los sentidos. Soy un admirador y un devoto de la defensa de la subcultura como parte de mi cultura. Entonces yo creo que la vida, el viaje, las revistas, las experiencias límite en muchas ocasiones, pues son parte de la cultura del escritor, y por eso nunca he tenido miedo de meterme en el corazón de las tinieblas donde quiera que éste esté.
¿Cuándo te planteas que quieres ser escritor?
Soy escritor, me parece, desde que soy lector. No recuerdo haber querido escribir desde que recuerdo haber disfrutado de la lectura. Tuve la enorme fortuna de crecer en un hogar con una magnífica biblioteca, criado por padres que se comunicaron conmigo a través de las historias. Entonces siempre he querido provocar en otros, un poco por gratitud, lo que en mí iban provocando libros por los que empecé escribiendo. Eso es lo que me sigue llevando a escribir, y creo que, al menos, puedo decir que tuve muy clara mi vocación y mi necesidad de escribir desde muy pronto.
¿Qué leías? ¿Qué libros son esos que dices que te llevaron a escribir?
Los cuentos que me contaba mi madre, los cuentos de hadas, desde luego, fueron fundamentales. Y poco a poco, después fue el ingreso en este mundo de la novela de aventuras, que para mí es importante. No es que hoy considere a Julio Verne un escritor de primera línea, pero sí me parece un escritor muy seductor para entrar en el mundo de la literatura posteriormente. Luego llegó Alejandro Dumas con una novela, para mí y para muchos escritores, fundamental, que es El conde de Montecristo. Poco a poco fui además llegando en bastante buen momento al boom latinoamericano. Que para mí y para mi generación ya eran escritores clásicos, no eran novedades editoriales ni un fenómeno mercadológico. Ya estaban en nuestras bibliotecas Cien años de soledad, Pedro Páramo, La región más transparente, y estos autores fueron pues adentrándome en el mundo maravilloso de la lectura, y de la escritura, desde luego.
¿Qué opinas de que exista un canon literario?
No estoy seguro de que tenga que haber un canon sobre los libros que todo el mundo debería leer. Pero hay ciertos libros mediante los cuales nos comunicamos, creamos ciertas empatías. Yo creo que los clásicos son fundamentalmente eso, son conversaciones, son motivos para la conversación entre coetáneos, pero también en conversación con el pasado. Desde Homero hasta Borges, pasando desde luego por Miguel de Cervantes, son libros fundamentales, pero eso no significa que todos deban leerlos, eso no significa que todos puedan leerlos. La literatura es ¡tan abundante! La humanidad ha producido tantos grandes libros que resultaría muy dificil o muy impositivo crear un canon. Yo no le recomendaría a todo el mundo la lectura del Ulises de Joyce, y muncho menos del Finnegan’s wake. Yo incluso no me atrevería a recomendar la lectura del Quijote a cualquier persona , sino a ciertas personas en ciertas edades en ciertos momentos. Creo que sí hay una serie de clásicos, pero que lo importante es que el lector cree su propio canon con rigor, con pensamiento crítico, en fin.
¿Con qué clásico no has podido?
Hay muchos clásicos con los que no he podido. Clásicos de autores que para mí han sido importantísimos. No he podido con el Doctor Faustus de Thomas Mann, siendo un admirador y habiendo disfrutado tanto de su literatura. Finnegan’s wake, desde luego, de James Joyce, pues yo todavía no entiendo por qué es un clásico. Hay ciertas obras de Thomas Bernhard que no puedo tolerar definitivamente porque resultan exageraciones ya de esta agresividad de Bernhard que era su caracterísitica. Y son autores entrañables. Por ejemplo, el Persiles, de Cervantes. Es un libro que lo tuve que leer, pero resulta insufrible. Resulta muy dificil leer en su integridad el Persiles. Sin embargo he tenido que leerlo y no creo que todos debamos leerlo, teniendo tantas otras cosas que leer.
(Tenemos que cambiar de cinta, y en los pocos segundos que tardamos, Padilla se va animando.)
También podemos despellejar a dos autores que son fundamentales en dos literaturas. Uno de ellos es Benito Pérez Galdós, desde luego, y otro de ellos es Jane Austin, para la literatura inglesa. Yo creo que llegué a leerlos en pésimo momento, los dos tuve que leerlos en el bachillerato, y bueno, me resultaron muy dificiles. Más que nada, me parecían extremadamente ingenuos y farragosos en muchos sentidos esos dos autores. Creo que a la postre he ido redescubriendo a Jane Austen en particular. Con Galdós todavía no encuentro quien me logre convencer de que valió la pena toda esa parte de mi vida dedicada a leer Misericordia y compañía.
¿Qué vicios tienes a la hora de escribir? Lugares concretos, ruido...
Tengo algunos vicios, algunos ritos, algunas manías. Puedo escribir casi en cualquier sitio mientras sea a mano. Escribo muchísimo... muchísimas versiones. De cada párrafo, de cada frase, de cada cosa que quiero decir, la escribo muchas veces, y sólo después de una reescritura muy constante y muy repetida, llego finalmente a la computadora. Y en cuanto a los espacios para escribir, mientras el ruido no me ataña, mientras el ruido no me interpele. Creo que mientras peor sea la música que está en torno mío, mejor escribo.
Descríbeme físicamente el espacio en el que sueles escribir, en tu casa.
Tengo una mesa enorme, de cedro blanco que para mí es fundamental porque es ahí donde puedo crear mi propio desorden, un caos ordenado donde se encuentran, por supuesto, mis libros, mis manuscritos, y una serie de cuadernos con una cuadrícula de determinado tamaño, con una espiral de determinadas características, que sólo se puede conseguir en estanquillos muy pequeños en España. Por lo tanto, cada vez que un amigo mío viene de la península, tengo que encargarle un cargamento de esos cuadernos en particular, que por desgracia parece ser que están descontinuados, entonces el día que no se produzcan esos cuadernos de ese tipo, de esa marca, de esas características, dejaré de escribir y dejarán de estar circulando en esta mesa de cedro blanco enorme que tengo en mi estudio.
¿Eres fetichista con los libros? ¿Coleccionas ediciones raras? ¿Tienes una gran biblioteca?
Creo que todos somos fetichistas con los libros. Me gusta una biblioteca viva, no me gusta tener una biblioteca empolvada... estrictamente... ordenada. Los tengo yo por editoriales, porque muchas veces mi guía de lectura ha sido el criterio del editor, que me ha ido formando. Entonces sí ubico los libros importantes para mí, por sus editores. En algunos casos, por los idiomas, también. Pero es en todo caso una biblioteca viva, lo cual significa que cada semana tengo que andar reordenando, porque constantemente estoy consultando fragmentos, diccionarios, novelas, cuentos... no sólo para mi escritura, sino para mi docencia, para dar a las clases cierta animación. Mi biblioteca tiene que estar, desde luego, muy cerca de mi mesa de trabajo. Tengo una cierta tendencia a la claustrofobia, entonces todas mis novelas transcurren en subterráneos, en metros, en cuevas, y también mi estudio es una pequeña cueva que por desgracia no está muy bien ventilada a pesar de que fumo muchísimo. Y bueno, de cualquier forma, debo tener mi cafetera, mi café negro, absolutamente negro, sin azúcar, sin crema ni mucho menos, y bueno, sobre todo todos estos bolígrafos, todas estas plumas, cuadernos, objetos extraños... y nada de música. Si estoy en mi estudio no puedo poner música porque me distraigo mucho. Podría poner supongo música que me gustara tanto que no podría hacer dos cosas a la vez.
Recomiéndame dos lecturas.
Vale mucho la pena creo yo, para entender nuestro tiempo, lo que está ocurriendo con el siglo XXI, leer dos libros extremos. Cada uno en un extremo, cada uno con sus grandes defectos, con sus grandes cualidades, uno de ellos es el famoso libro de No logo de Naomi Klein y otro de ellos es Rebelarse vende, que es la respuesta que a su libro y a sus planteamientos han hecho dos sociólogos canadienses. Es muy interesante ver cómo dos posturas extremas ante la globalización, son las que están cortocircuitando, polarizando toda nuestra manera de ver el mundo de hoy, el siglo que comienza ahora. Yo me he divertido mucho y me he escandalizado mucho leyendo estas dos maneras tan distintas, tan radicales, a veces brillantes, a veces fanáticas, de ver por un lado lo que es la cultura y la contracultura como un negocio, y otro la contracultura como una actitud contra la globalización.
Pues muchas gracias.
Al contrario, gracias. Muy interesante.

Anónimo dijo
No quiero parecer un listillo,pero te sugiero que corrijas la palabra "escrotores". Es casi malsonante
4 Enero 2007 | 11:09 PM