21 Marzo 2007
A veces una se entusiasma demasiado, y, como decían las monjas, después llegan las decepciones. Y esto es lo que me ha ocurrido con el libro anterior. Al llegar a la mitad, tirada en el sofá, no podía controlar la huída de mis ojos hacia una lectura nueva, más entretenida, más eficaz. Porque hay tantos libros apetecibles y una sola a leer... y porque de pronto, el único personaje que me interesaba, y no diré cuál para no desvelar nada a quien pase
por aquí y quiera leerlo, desaparece. Y aunque hay párrafos fantásticos y el texto está lleno de buenas ideas que se quedan en intenciones nada más, he optado por terminarlo a toda prisa, saltando párrafos y algunas páginas, para terminar en esta preciosa edición que me han enviado los de Siruela. Son cuentos sobre el fascinante tema de tener un doble, escritos por autores tan distintos como E.T.A. Hoffman, Nathaniel Hawthorne, Henry James, Stevenson, César Vallejo H.G.Wells, del que, por cierto, me leí hace poco esta recopilación de relatos increíbles (foto), también en una preciosa edición.
Vuelvo a insistir en el tema del libro anterior, Otra noche de mierda en esta puta ciudad, porque recuerdo que hubo una serie de párrafos que me gustaron mucho, en los que se describía a los huéspedes de la residencia para indigentes, para poner al lector en situación. Así que quiero comprobar si es que de verdad son buenos esos párrafos, o es que sólo me dio el subidón porque estaba fumada.
Transcribo:
“Casi todos han combatido en una u otra guerra – Vietnam, sobre todo-, en algunos casos es cierto pero los había que sólo lo creen. Muchos han estado casados, otros han estado en la cárcel. Uno habla por un agujero que tiene en la garganta. Algunos son ciegos, hay muchos que están sordos por completo o les falta poco. Los heroinómanos tienen los brazos llenos de llagas incurables. Deben tratárselas diariamente con una mecha de algodón, para drenar el pus, pero la mayoría de las veces se les olvida hacerlo. Los epilépticos han de recibir su medicación o tienen ataques; si beben después de tomar los medicamentos, los accesos son aún peores. Hay huéspedes que entran por la puerta cojeando y con bastón, con andador, con muletas, en silla de ruedas, caminando penosamente. Algunos no entran solos, los llevan a cuestas dos amigos, con los pies a rastras. Otro tiene un ojo de cristal que va dejando olvidado por todas partes. Y otro tiene un tatuaje dentro del labio inferior: MIERDA. Unos cuantos llevan lágrimas tatuadas en las mejillas, lo que significa que han matado a alguien. Otros tienen cicatrices desde la comisura de la boca hasta las orejas, lo que indica que son soplones. En muchas manos faltan dedos, o la mitad de los dedos, arrancados por maquinaria pesada o cercenados por navajas. Hay orejas sin lóbulo, roído por las ratas. A un tío le prendieron fuego; ahora las cicatrices parecen llamas alzándose en su cuello. Entre los más viejos hay unos cuantos herniados; el estómago se les ha derrumbado sobre los testículos, que ahora les cuelgan enormemente entre las piernas. Kenny tiene la misma tos desde hace cinco años, de manera que no puede dormir arriba. (...)”
Después hay una frase que me encanta, una escena que me parece gloriosa. El narrador, Nick Flynn (sí, ese es el nombre del autor) cuenta que tiene una abuela que es un desastre, todo el día bebiendo:
“Mi hermano recuerda que unas navidades, época especialmente melancólica para ella, le puso las manos en torno al cuello y murmuró: Angelito mío, qué fácil sería matarte.“
¿No es ideal?
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15 Marzo 2007
Hacía tiempo que no me entusiasmaba tanto un libro, y mira que el título me echaba para atrás, porque me sonaba a Bukowski o a gancho comercial. Anoche lo dejé en la página 66 para sacar a la perra, y me descubrí paseando por el barrio, absorta en su atmósfera recién estrenada. Me fui a cenar a un restaurante que sabía que iba a estar vacío, y allí me encontré con unas páginas tan potentes que me daban ganas de parar, de no seguir, de esperar una ocasión mejor, no sé cuál pero mejor, para no malgastar una sola palabra, para que no se terminaran las líneas, para que se me quedaran grabadas y así se convirtieran en mías. Para que no terminaran difuminadas dentro de ese saco rancio y apestoso que todo lo deforma y elimina y que es mi memoria. Y entonces me acordé de cuando era pequeña y memoricé las dos primeras páginas de Historia de dos ciudades para encerrarme en mi cuarto a jugar a escribirlas como si las estuviera inventando yo. Así que de pequeña fui Paul Auster, Dickens, Léon Bloy y Chejov.
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14 Marzo 2007
Llevo varias noches en casa dedicada a reescribir estas entrevistas a escritores, reviviendo las situaciones, describiendo detalles y releyendo dedicatorias que las convierten en reales, ya que el otro día cometí el error de enseñarlas, y vi que así no parecen otra cosa más que fríos cuestionarios hechos por la máquina de tabaco del bar de la tele. Me lo estaba pasando en grande recordando cómo una procesión de segovianos vestidos con trajes regionales, portando bandejas con cochinillos asados y armados con estruendosos tambores, me destrozaron el sonido de la entrevista que le hice a Martin Amis. O la vergüenza que pasé con Julian Barnes, al que tuve que entrevistar de rodillas, en una posición tan absurda que ni su educación inglesa consiguió borrar de sus ojos la lástima que yo le provocaba. Jamás olvidaré esa mirada. El caso es que anoche, de pronto, el ordenador se colgó. Hizo un sonido corto como el de una gota que apaga un cigarro, y murió. Y como una no es nueva o lo es pero sólo un poco, tengo copias de seguridad de todo menos de eso, de mis recuerdos. Así que me toca volver a hacerlo. Volver a recordar, a describir, a pasar vergüenza y también a disfrutar escribiendo.
El viernes pasado estuve en la entrega del Premio Alfaguara de Novelade este año, en la que un ganador absolutamente desconocido, Luis Leante, aparecía en una pantalla desde la que charlaba incrédulo con Mario Vargas Llosa, a quien nosotros teníamos delante. Daban ganas de gritarle: "¡Que no es un guiñol!", porque sus caras de asombro recordaban más a una broma televisiva que a la entrega de un pedazo de premio. En mi mesa, Benjamín Prado y un periodista de cuatro, se peleaban por ganar la atención de Fernando León de Aranoa, que me ha prometido una entrevista sobre sus lecturas, sus vicios a la hora de escribir, y sus manías, y me fui de allí con ganas de haberle preguntado mil cosas a ese profesor de Latín de Murcia, al que aún no puedo leer porque no se ha publicado el libro todavía.
Pero me acaba de llegar Exégesis de los lugares comunes de Léon Bloy, publicado por Acantilado, así que ya tengo plan para esta tarde, porque por la noche me toca batidora de recuerdos con mi ordenador nuevo.
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13 Febrero 2007
Esta entrevista se realizó en Guadalajara, México, en la última Feria Internacional del Libro.
¿Has descubierto algún autor interesante aquí en la Feria de Guadalajara?
En los dos años que llevo viniendo sí, hay un autor que he descubierto y que me ha encantado. Es el mexicano Enrique Serna, autor de una serie de novelas escritas en clave de humor. La que me parece más extraordinaria de todas es El seductor de la patria, pero tiene otra novela que se titula El miedo a los animales, y otra novela que se llama Señorita México. A mí me parece que sería un escritor que disfrutaríamos mucho de él en España.
¿Qué escritores te han convertido a tí en escritor?
Bueno, yo quizá, por haber nacido en el Perú, no puedo dejar de mencionar a Alfredo Bryce , a Mario Vargas Llosa y a Julio Ramón Ribeyro. Pero por supuesto tengo que mencionar a Borges, a Cortázar, a Guillermo Cabrera Infante, y al mexicano Jorge Ibargüengoitia. Pero ya una vez viviendo en España, para mí han sido esenciales tres autores que quizá no sea muy frecuente que se les menciones, que son Wenceslao Fernández Florez, Enrique Jardiel Poncela y Julio Camba. La manera como estos tres escritores perfuman de humor todo lo que escriben, para mí ha sido importantísimo.
¿Crees en el canon?
Desde luego pienso que existe un canon literario. Los clásicos no son clásicos en vano. Tolstoi, Dostoievski, Stendhal, Proust, Faulkner, y los clásicos latinoamericanos, por supuesto, los clásicos del siglo de oro... Yo creo que sería un error imperdonable descreer de esos libros esenciales que son los que de alguna manera amilentan toda, toda la Literatura. Voy a poner un ejemplo que nada tiene que ver con los libros. No hay guitarrista flamenco, por más vanguardista que sea, por más fusión que haga, que no incluya alguna faceta del Niño Ricardo o de Manolo de Huelva. La tradición está para eso, para reflejarla, para renovarla, y lo mismo ocurre con la Literatura. Siempre volvemos a Cervantes, siempre volvemos a Shakespeare, siempre volvemos a Melville, siempre volvemos a los grandes nombres de la literatura.
¿Con qué clásico no has podido?
Hay un clásico con el que no he podido, que es James Joyce, por ejemplo. Joyce es un escritor que, salvo Los Dublineses, que es un libro de historias extraordinario, el Ulises me sigue pareciendo todavía quizás un libro para el que no estoy lo sificientemente preparado, y no me duelen prendas en reconocerlo.
¿Tendrías un anti-canon?
Cualquier anti-canon sería un canon. Yo creo que Roberto Bolaño es un gran escritor, ha muerto hace muy poco tiempo, y proponerlo como anti-canon sería incluirlo en el canon. Es decir, jamás el anti-canon podría estar conformado por esritores mediocres, o por escritores que no resistan la comparación con las grandes figuras. Podrían ser escritores de anti-canon por ser demasiado contemporáneos, por ser muy reciente su influencia entre nosotros, y Bolaño sería uno de ellos para mí.
¿Qué no leerías nunca?
Pues yo no leería nunca cualquier novela de templarios, que para mí son novelas de realismo mágico del primer mundo. Cuando a los latinoamericanos se nos reprocha que escribimos novelas donde ocurren cosas sobrenaturales y extrañas, qué podríamos decir de esas novelas donde se supone que unos arqueólogos desentierran en los Andes un monolito que tiene un mapa del espacio y entonces la NASA manda a la CIA a robar ese monolito porque ellos tienen la otra mitad, pero el papa lo impide porque los templarios son los arqueólogos... Yo creo que todo eso es calderilla perimermundista que sin embargo es muy bien acogida y muy bien recibida y no se le mide por el mismo rasero que a la literatura de otros lugares del mundo. Entonces yo creo que todo eso de templarios y reliquias sagradas y extraterrestres convertidos en apóstoles, pues a mí la verdad es que no me atrae.
¿Por qué los escritores siempre hablan tan poco de poesía?
Yo creo que todos los narradores tenemos que leer poesía, porque la poesía renueva la prosa, y un narrador debería ser capaz de explicar lo que ha hallado leyendo poesía. Sería muy difícil hacer un canon de poesía, sin embargo. Y como todos los grandes nombres no están en discusión, ya que yo vivo en España y conozco muchos poetas, pues me gustaría mencionar a Felipe Benítez Reyes, a Luis García Montero, a Luis Alberto de Cuenca, a Vicente Núñez, a Francisco Brines, a Abelardo Linares, a Andrés Trapiello, Vicente Gallego... son todos poetas con los que he disfrutado muchísimo.Carlos Marzal... y la verdad es que me gustaría recomendar la lectura de todos ellos.
¿Eres un escritor capaz de escribir en cualquier sitio? O necesitas tu mesa, tu música...
Si tuviera que escribir un relato, un artículo, una conferencia, una presentación, puedo hacerlo en cualquier sitio. Pero para trabajar en las novelas, sí necesito hacerlo en mi despacho de casa, en la biblioteca, con el orden al cual estoy acostumbrado, y probablemente con mi música. Música que necesito de forma urgente para escribir. Porque sin música me resulta del todo imposible.
¿Qué tipo de música?
Pues generalmente busco la música de mi educación sentimental. Busco a los Beatles, busco aquello que oía cuando era adolescente, los Rolling Stones, Yes, Genesis, también Cat Stevens, Elton John... Además tiene que ser en otra lengua que no sea el español porque si escucho música en español no puedo elegir las palabras correctas, por lo tanto también puedo oír musica brasileña, o música instrumental. Jazz, por ejemplo.
¿Y el flamaneco, tú que te dedicas a ello?
El flamenco, cuando es en guitarra, sí. Cualquier disco de Rafa Riqueni, de Manolo Sanlúcar, de Vicente Amigo, Tomate, Paco de Lucía, me vale para escribir.
Descríbeme cómo es ese lugar.
Pues mi lugar es muy ordenado. Yo soy un poco maniático con el orden y entonces cuando escribo despliego sobre una mesa, que al principio está completamente vacía, los libros de referencia que voy a consultar. Esos libros pueden ser bien libros de Historia, bien novelas que las reviso, quizás algo de filosofía, algo de poesía, diccionarios, el de autoridades es muy útil para mí, y el diccionario de la Real Academia, también, por supuesto.
¿Cómo es tu biblioteca? ¿Es amplia? ¿Está ordenada? O regalas los libros por cuestiones de espacio...
Mi biblioteca es muy grande, temo que me sobrepase si es que no me ha sobrepasado ya. Los libros que ordeno los ordeno por géneros, entonces tengo la novela española por un lado, la novela latinoamericana por otro, la filosofía, los relatos, la novela de autores extranjeros, que la tengo dividida por países: americana, inglesa, francesa, alemana, italiana... No los pongo por orden alfabético, a lo mejor sí por orden de tamaños, pero en cualquier caso los libros que sí me resultan especiales son los libros que he comprado en librerías de viejo, y sobre todo dedicados. Me encanta rescatar libros que fueron alguna vez dedicados y que de pronto uno los encuentra en librerías de lance, y rescatarlos es una manera de desagraviar al que dedicó el libro.
¿Te molesta que la gente subraye los libros, o que doble las páginas o los abra del todo?
Pues no me gusta que se doblen las páginas. Yo estaría de acuerdo con subrayar un libro y de hecho subrayo libros porque me ayuda a hacer una lectura más concienzuda cuando tengo que presentar o cuando tengo que escribir una reseña. Pero los libros que he comprado en librerías de viejo, los libros que he comprado a otras personas, los libros que considero tesoros, esos los mimo muchísimo. Yo tengo una edición de El Fantasma de Canterville, de Wilde, que se editó en la prisión del Dueso en tiempos de la guerra civil.Una pareja de homosexuales, él poeta y el otro ilustrador, que fueron condenados probablemente por homosexuales, pues hicieron una tirada de cien ejemplares de El Fantasma de Canterville. Y yo tengo uno de esos cien ejemplares y creo que es un tesoro. También tengo la edición de La cripta de Pombo que es un libro que Gómez de la Serna le dedicó a Jardiel Poncela. Yo tengo el ejemplar que perteneció a Jardiel Poncela, lo encontré en una librería de viejo y creo que es también una maravilla. Y libros así, dedicados por autores olvidados, son para mí una especie de tesoro.
¿Has leído a los chicos del crack mexicano? Volpi, Nacho Padilla...
Pues los he leído casi a todos. He leído a Jorge Volpi, he leído a Nacho Padilla, en esta feria de Guadalajara he presentado las últimas dos novelas de cada uno de ellos, he leído a Eloy Urroz, a Pedro Ángel Palou... Creo que es un grupo muy singular dentro de la nueva narrativa mejicana porque son todos muy buenos amigos y además muy talentosos. No los encuentro para nada enemigos del realismo mágico. El mismo Ignacio Padilla acaba de publicar La gruta del toscano, que es una novela donde hay zarigüellas fosforescentes ern el Himalaya, que son los equivalentes de las mariposas en Cien años de soledad, y al contrario. Yo creo que ellos nunca habrían sido escritores si no hubieran leído a Rulfo, si no hubieran leído a García Márquez, si no hubieran leído a Carpentier. Y tampoco creo que se hayan dedicado a matar a ningún padre porque todos ellos admiran y quieren a Carlos Fuentes, y me consta que Carlos Fuentes los quiere y los admira también.
Para terminar, me gustaría que me recomendaras una lectura.
Pues como hablábamos del crack, quiero recomendar No será la tierra de Jorge Volpi, una novela con la que termina su trilogía del siglo XX, está publicada por Alñfaguara, y me gustaría recomendar Zapata, de Pedro Ángel Palou, que es una novela que muestra un rostro absolutamente nuevo del gran caudillo de la revolución mejicana, que está publicado por Planeta México.
Muchas gracias.
Gracias a Estravagario.
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12 Febrero 2007
Acaba de publicar Escucha mi voz en Seix Barral. Es la continuación de Donde el corazón te lleve. La entrevista se produjo el pasado 31 de enero, en la biblioteca sin libros del Hotel de las Letras, en Madrid.
¿Por qué una segunda parte?
Han pasado doce años desde que escribí Donde el corazón te lleve y los primeros años, naturalmente, nunca pensé en escribir otro libro porque habría sido por marketing y yo nunca he trabajado por marketing, pero con el tiempo, y también porque muchos lectores me preguntaban ¿qué pasa con la carta de la abuela? ¿qué pasa con la nieta?, si la abuela está muerta o viva, etc., he empezado a preguntarme yo también, y en estos últimos cuatro o cinco años he querido volver a entrar yo también en la casa de Donde el corazón te lleve y entender lo que había pasado.
¿Y habrá una tercera?
Cuando escribí este libro nunca pensé en una tercera parte, pero luego, como la nieta no encuentra la carta en el libro, la encuentra sólo al final, una amiga me dijo: “tienes que hacer un tercer libro en el que la nieta lea la carta de la abuela y la comente”, entonces pensé “quién sabe”, en italiano se dice: “no hay dos sin tres”.
Obtuvo críticas durísimas y los medios empezaron a traspasar y airear detalles de su vida privada. ¿Qué le pareceque se exija tanto a los autores,más incluso que a sus obras?
Ésta es una enfermedad de los tiempos modernos y de este desarrollo anormal en los medios porque antes, una persona leía un libro de Tolstoi o de Dostoyewski, pero no era importante de quién era el libro, sino la calidad del libro, naturalmente. Ahora, en cambio, los medios de comunicación han centrado todo sobre la persona, el show, y es más importante el escritor que el libro, y esto es bastante triste porque pienso que es más importante el libro que el escritor.
¿Cómo ha cambiado su vida desde quevive de sus libros? Me refiero a sus rutinas y horarios a la hora de encerrarse a escribir.
Naturalmente, antes de poder vivir de los derechos de autor, yo trabajaba en una oficina, y entonces era muy difícil escribir. Me levantaba a las cuatro de la mañana, escribía hasta las ocho, a las ocho iba a trabajar y todo era muy agotador. Ahora que puedo vivir sólo de los libros me he retirado a vivir en el campo, y escribo muy raramente. No soy de esos escritores que están siempre escribiendo. Yo era muy amiga de Alberto Moravia; él todas las mañanas se levantaba y escribía, todos los días, siempre. Yo escribo algo cada dos o tres años y cuando escribo tengo un pequeño despacho que es una casa de madera con calefacción en un bosque, una casa casi de montaña, me encierro allí uno, dos o tres meses y solamente escribo.
¿Cómo es ese lugar? Descríbamelo.
Es una casita de madera muy pequeña. La calefacción, con chimenea, no hay nada, hay una cama, una mesa, te puedes preparar un té, y fuera hay unos grandes árboles, unas rocas, es un sitio muy solitario y salvaje donde no hay ni móvil, ni fax, ni nada, sólo silencio.
¿Escribe a mano o todo con ordenador? ¿Qué libros hay en su mesa de trabajo?
Cuando preparo un libro, escribo todo a mano y luego, en la fase final, escribo en el ordenador, que es mucho más fácil. Como libros tengo siempre la Biblia, porque me sirve para inspiraciones y citas y después, aparte del diccionario de italiano y un diccionario etimológico, tengo también muchos diccionarios de zoología, de botánica, de ciencias naturales, porque en mis libros doy siempre muchas informaciones sobre la naturaleza y quiero ser precisa cuando cito las cosas.
¿Cómo es su biblioteca?
No tengo una biblioteca en ninguna casa, los libros los leo y luego los regalo a la biblioteca pública porque durante muchos años he sufrido de asma alérgica y no podía tener ningún libro por el polvo. Entonces, en mi casa tengo una pequeñísima biblioteca con una vitrina y tengo sólo los libros más queridos, sobre todo son libros de poesía y de zoología. Y todos los demás los regalo a la biblioteca del pueblo, y así, cuando quiero, voy a la biblioteca para leerlos y los limpian ellos y los tienen ellos.
¿Cuál sería su canon de libros?
Yo diría todos los clásicos del siglo XIX, en primer lugar la gran edad de la literatura y también la poesía. Yo soy una defensora de la lectura de la poesía, que es algo que ya nadie considera que existe, pero la poesía habla de las emociones del hombre, y también naturalmente los clásicos nacionales. Nosotros tenemos La Divina Comedia, vosotros tenéis a Cervantes y todo lo que hace la cultura nacional, pero toda la literatura del siglo XIX es, en mi opinión, la más importante en relación con la novela.
Para terminar, Me podría recomendar dos lecturas?
¿Libros italianos? sí, es un libro de una escritora que se llama Rosa Matteucci y se llama Corazón de madre, editado por Adelfi en Italia, y otro libro que me ha gustado mucho pero que no es italiano, es El Comprador de Aniversarios de Adolfo García Ortega. Son los últimos libros que he leído y que he amado mucho.
Muchísimas gracias.
No hay de qué.
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10 Febrero 2007
Barcelona. Semana de la novela negra. Tercer día. Una semana antes me había leído casi todos los libros de los autores que tenía que entrevistar. Unos cinco autores al día. Así que, a estas alturas, mi cabeza no podía más. Y me encuentro con un autor al que no conozco. Es inglés. Le digo que tenemos que esperar un poco a que terminen de grabar unos periodistas que están cerca, para que el sonido no interfiera en los micros. Así que, mientras hacemos tiempo,charlamos, en inglés. Primero del tiempo. Después me pregunta cómo me llamo:
- Almudena- le digo. Me mira flipado- Es un nombre árabe.
- ¿Y qué significa?
- Supongo que nada. Que es una versión católica de cómo sería en árabe la palabra "Muralla". Porque es una virgen que apareció tras una muralla, y que gracias a ella, los cristianos ganaron a los moros en una batalla.
Y a continuación me meto en un jardín del que no sé salir. Porque le explico que es como lo de "Mambrú se fue a la guerra, qué pena, qué pena", que se ha quedado con Mambrú, pero que en realidad era "Marlborough". Empiezo a cantarle la canción, pero me corta de inmediato.
- Oye, y me han contado que aquí, hay un día en que la gente regala una rosa y un libro, el día de... ¿la Mercé?
Sin pensar, contesto:
- Sí, sí.
- ¿Y todo el mundo regala una rosa y un libro, o los hombres a las mujeres una rosa, y ellas a los hombres un libro?
Y yo, inventando sobre la marcha:
- Las mujeres, que leen más, regalan un libro a los hombres, y después una rosa que ellos tienen que dejar secar entre sus páginas, una vez se lo hayan leído.
- ¿Y ellos no regalan nada?
- No. Ellos bailan una sardana en la plaza del ayuntamiento. Y se la dedican a San Jordi, que es el marido de Mercé, y que está ausente porque está leyendo.
- ¿Me lo puedes deletrear?
- Por supuesto, por supuesto
- ¿Siempre has vivido en Barcelona?
- Que va. Si no somos de aquí. Vivimos lejos.
- ¿A las afueras?
- Sí. En una urbanización que está en obras, y que se llama Madrid. Y ahora ya sí, ya podemos empezar. Vamos a grabar.
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31 Enero 2007
. José Saramago
. Julian Barnes
. Eduardo Mendoza
. Antonio Rabinad
. Beatriz de Moura
. Michael Wallner
. Fernando Iwasaki
. Frank McCourt
. Robert Coover
. Jorge Herralde
. Hans Magnus Enzensberger
. Edgardo Cozarinsky
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16 Enero 2007
Decido visionar la cinta de la entrevista que le hice al escritor irlandés Joseph O'Connor en una horrible biblioteca de hotel, porque mañana tengo hora en la sala de edición. Vuelta a la quinta planta. Esta vez decido subir directamente andando. La sala de visionado está cerrada con llave. Bajo. Pido la llave en centralita. Me dicen que ellos no tienen, lo que significa que la sala está abierta. Contesto que no, que vengo de allí, y la sala está cerrada. Me envían al despacho 235 por una copia de la llave. Me hacen prometer que la voy a devolver, porque es la única copia que queda. Cuando subo, la otra llave desaparecida está puesta, y la puerta de la sala está entreabierta, sujeta por una papelera roja bastante pop, con pinta de tener la misma edad que yo. Meto a Joseph O'Connor en el aparato, y aparece su cara y su voz, su acento irlandés.
ENTREVISTA A JOSEPH O'CONNOR. CINTA 385/BA/3N
Primer corte:
Mis padres son de clase trabajadora. En Irlanda es tradición que se le de mucha importancia al arte, y en particular, los libros son importantes. Para mis padres, como para muchos irlandeses, era tan fundamental que sus hijos supieran de libros, música y teatro, como que hicieran sus deberes de geografía o matemáticas. Así que nací en una casa llena de libros de Dickens, de las Brönte, George Eliot, los grandes novelistas británicos del siglo XIX y esos maravillosos personajes heróicos como El último mohicano.
Segundo corte:
Luego, cuando tenía 15 ó 16 años, un amigo me regaló el libro de JD Salinger, El guardián entre el centeno, y creo que ese fue el que marcó mi juventud, el que hizo girar el interruptor en mi cabeza, el que me descubrió que amar los libros ya no fuera suficiente, sino que empecé a pensar que algún día yo podría escribir uno. Me gustó tanto, que la afición por la lectura ya no era suficiente para mí, ahora tenía que hacerlo yo mismo. Y ya de adulto, cada dos o tres años lo vuelvo a leer y sigo descubriendo en él nuevos colores, cada vez que lo leo me siento refrescado y siento que aún hay grandes novelas por escribir, que la novela sigue siendo algo por lo que hay que esforzarse.
Tercer corte:
Mi familia es un poco rara. Somos cuatro hijos: mi hermana, Sinead O'Connor, es la famosa cantante; mi otra hermana es artista, es pintora; luego voy yo, así que tres de los cuatro trabajamos en algo relacionado con el arte. El cuarto, mi hermano pequeño, no está interesado en este mundo para nada, trabaja en una compañía, lo cual hace que me resulte muy gratificante pasar tiempo con él. Siempre me dice que cuando yo sea viejo y pobre, él será un rico hombre de negocios jubilado y nos mantendrá a todos, una vez que nuestras carreras artísticas hayan fracasado.
Cuarto corte:
Creo que el título de escritor es algo que te ganas, no algo que tú decides llegar a ser. Los lectores decidirán si eres escritor o no.
Quinto corte:
Creo en el acto de escribir y creo que hay una moral sobre ello. Es importante describir un mundo y contar historias, y me interesa el hecho de que en todas las culturas que han existido en la tierra, siempre han habido hombres y mujeres cuya labor era contar historias, mitos o leyendas. Creo que llena una necesidad que tiene el ser humano, y es a lo que aspiro.
Sexto corte:
Leo mucho y trato de mantenerme al día en cuanto a lo que se publica en Inglaterra, Estados Unidos e Irlanda. Pero cuando estoy escribiendo una novela, tiendo a dejar de leer. Creo que hay que ser cuidadoso y escribir la historia que uno quiere escribir, con las voces de esos personajes. Así que no leo mucho cuando escribo, no vaya a ser que termine absorviendo esas voces, a través de una especie de osmosis. En estos casos intento leer algo distinto, leo mucha poesía, que es algo muy útil porque te recuerda lo que el lenguaje puede llegar a conseguir, esa altura e intensidad. Te recuerda las grandes glorias a las que puede llegar el lenguaje. Por eso leo mucha poesía, pero el resto del tiempo leo mucha novela, soy como cualquier lector, llevo libros a cuestas, y si no me estoy leyendo algo me siento incómodo.
Séptimo corte:
Admiro a los escritores británicos que probablemente definirían ese carácter británico en estéreo. Como Salman Rushdie, Ishiguro, Monica Ali... Los escritores que tienen un pie en la cultura británica y otro pie en la periferia, en las colonias. Esos son los que están haciendo mejor su trabajo, con más energía. Los admiro mucho más que a Martin Amis o Julian Barnes. Creo que esos escritores de las colonias, que se adentran en la gran tradición de las novelas inglesas pero las refrescan, son verdaderamente admirables.
Octavo corte:
No conozco a los escritores contemporáneos españoles, y me temo que en Irlanda casi nadie los conoce tampoco. Irlanda es un lugar excesivamente insular en términos de que pertenece a la anglosfera. Pero recuerdo que uno de los libros que había en mi casa durante mi infancia era el Don Quijote de Cervantes, que leí entonces y volví a leer en la traducción de Harold Bloom que se publicó hace un año. Creo que Cervantes tiene éxito en todos los aspectos de la novela, y no creo que ningún novelista tenga que responder ante nadie que no sea Cervantes. Muuuuuucho antes que Joyce, muchísimo antes que Salman Rushdie o cualquiera de los que experimentan con novela, porque en ésta se ha hecho todo. Incluso la gente que no la ha leído la conoce, conoce a sus dos personajes, viaja con ellos. Además, me gusta la modernidad del libro. El hecho de que en la segunda parte, los personajes sepan que se han convertido en celebridades, es tan bueno, es tan gracioso... es una idea tan brillante. Así que creo que está a siglos por delante de su tiempo. De hecho, creo que es una sombra que tenemos, de la que es muy difícil escapar.
Noveno corte:
No colecciono libros como objeto. No siento la reverencia hacia ellos que habrían tenido los de la generación de mis padres. Ellos se volvían locos si alguien doblaba la esquina de una página ("if anybody would dogeared a page", dogear, me gusta la expresión) para acordarse por dónde iba. Si escribías en un libro era una blasfemia, y si un libro se caía al suelo en nuestra casa, mis padres lo recogían, y lo besaban antes de devolverlo a la estantería. Ellos los reverenciaban, pero yo no he heredado eso. Bueno, hay una excepción. Tengo el privilegio de poseer una de las primeras copias del Ulises de Joyce, que apareció en París en 1922, y ese lo leo casi en la oscuridad. Pero en general, creo que los libros están para leerlos y para escribir en ellos.
Al final de la cinta está grabada la portada del libro de Josep O'Connor, y algunas preguntas que le tuve que repetir, porque el cámara rebobinó la cinta en mitad de la entrevista, no sé muy bien por qué, y se han perdido algunas cosas.
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