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No malas hierbas ni hombres malos sólo hay malos cultivado

"La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa." Albert Einstein

12 Febrero 2008

las reglas han cambiado

El Israel postsionista:

Durante los últimos treinta años, y especialmente en la última década, Israel ha sufrido un cambio económico primordial. La propiedad de la economía se ha desplazado del Estado y el Histadrut (la Federación General del Trabajo) a manos privadas.

Hasta los años 80, el sector del Estado -dirigido durante décadas por el Partido Laborista- controlaba todos los detalles de la economía. Desde 2007, ha sido reemplazado en ese papel por dieciocho familias de enorme riqueza e influencia. Este cambio coincide con un proceso más amplio, en el que el país ha sido succionado por la globalización capitalista. Ese carácter nacional, en otro tiempo razón de ser del país, se ha desvanecido en muchos aspectos.

El cambio económico ha afectado profundamente a la sociedad, a su política e incluso a sus fuerzas armadas. Se han abierto enormes brechas que socavan la solidaridad judía (condición necesaria del Sionismo). La pobreza no es ya sólo problema de los desempleados. Muchos de quienes tienen trabajo no llegan a fin de mes. El Histadrut se ha visto impotente y el sindicalismo organizado, erosionado.

El Kadima, partido gobernante, resume el Israel postsionista. Su líder, el primer ministro, Ehud Olmert, es un hombre sin una idea rectora, un gestor que adapta su país a las cambiantes necesidades del mercado mundial. Debe enfrentarse, sin embargo, al tirón hacia atrás de la vieja guardia. Mientras intenta vincularse a Occidente, Israel continúa su atávica ocupación de Cisjordania y Gaza. Se encuentra desgarrado entre un ayer colonialista y el impulso del capital de maximizar el crecimiento. Está desgarrado, en otras palabras, entre los campos de refugiados de Nablús y los cafés de Tel Aviv. Sin un liderazgo que resuelva estas oposiciones y cierre la brecha social, el Israel de hoy se encuentra sencillamente atascado.

La izquierda del país espera que Norteamérica negocie la paz, pese a sus repetidos fracasos a la hora de llegar a ello en el último cuarto de siglo. Por contraposición, Hizbolá y Hamás ven los problemas de Israel a modo de señales de un derrumbe inminente. Su visión es miope. Israel es parte integral de un capitalismo global, al que se ve ligado "en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en la salud". Las enfermedades son de nuevo signo. Nuestra estrategia ha de ser también nueva, si nos negamos a aceptar el sufrimiento de los pobres que trabajan, en Palestina o Israel, como hecho consumado.

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 Adiv

Adiv dijo

Privatización y reducción del papel del Estado

Desde 1948, cuando se estableció Israel sobre las ruinas del hogar palestino, su régimen había tenido un carácter centralizado. El gobierno y el Histadrut gobernaban a través del partido Mapai (posteriormente denominado Laborista). En su libro, The Global Political Economy of Israel (Londres, Pluto Press, 2002, que puede leerse en la red en pdf), Jonathan Nitzan y Shimshon Bichler interpretan la centralidad de las instituciones sionistas en la economía protosionista, especialmente la Agencia Judía y el Histadrut, como compensación de la debilidad del capital en esa época. Esta debilidad quedaba en evidencia en un mercado subdesarrollado, en la falta de crédito y un sector privado limitado.

"El acuerdo entre ambos era bien sencillo", escriben Nitzan y Bichler. "El Histadrut conseguía el derecho exclusivo a importar, organizar y disciplinar a la fuerza de trabajo, mientras que la Agencia Judía se hacía responsable de atraer el capital extranjero necesario para empezar a funcionar. "Buena parte de la publicitada retórica israelí sobre 'estatismo', 'socialismo' y 'nacionalismo' proviene de esos años. Sin embargo, tras la confusión ideológica, existía otro proceso mucho más importante: "la formación de la clase dominante israelí" (pág. 18).

Posteriormente (pág. 96) los autores se extienden sobre este último punto:"El gobierno del Mapai controlaba el proceso de formación del capital, asignaba crédito, determinaba precios, establecía tasas de cambio, regulaba el comercio exterior y dirigía el desarrollo industrial. Sin embargo, este mismo proceso también ponía en movimiento su propia negación, por así decir, al plantar las semillas de las que iba a surgir con posterioridad el capital dominante. En este sentido, el Estado actuaba como capullo de la acumulación diferencial. Los conglomerados empresariales en embrión eran empleados inicialmente como "agentes nacionales" para varios proyectos sionistas. Con el tiempo, sin embargo, su creciente autonomía les ayudó no sólo a despojarse de su cáscara sino también a cambiar la naturaleza misma del Estado a partir del cual habían evolucionado".

El centro de gravedad de la economía israelí se desplazó del sector público al privado, en consonancia con el giro internacional hacia la globalización. El poder de la clase dominante del país dependía, históricamente, de su capacidad de interpretar el mapa global, aliándose con los poderes en ascenso. Esta era una del as razones por las que el orden social se modeló en un principio en torno al Estado del Bienestar, modo dominante entre las naciones occidentales tras la Segunda Guerra Mundial.

A principios de los años 80, sin embargo, una vez que el auge de postguerra completó su curso en las naciones desarrolladas y aparecieran los males endémicos del capitalismo, el presidente norteamericano, Ronald Reagan, y la primera ministra británica, Margaret Thatcher, se lanzaron a desmantelar el Estado del Bienestar, orientándose a la privatización. Israel, país en el que los costes de la Guerra del Líbano y los asentamientos habían disparado una inflación de tres cifras, fue de los primeros en bailar al nuevo son. El Plan de Estabilización de 1985 consiguió algo más que controlar los precios. Suprimió todas las restricciones al tráfico financiero. Facilitó las condiciones para la inversión exterior y abrió el camino para que los capitalistas israelíes invirtieran en el extranjero.

"Se redujeron las barreras proteccionistas. El primer y más importante cambio consistió en exponer al país a los vaivenes de la economía mundial. Las tarifas de importación, que se cifraban en una media del 13% en 1970, descendieron al 1% en los años 90, mientras que la penetración de las importaciones, como parte del PIB, subió de un 37% a más de un 50% en el mismo período. Los productores locales, enfrentados a crecientes presiones, se vieron obligados a adaptarse o abandonar" (Bichler y Nitzan, pág. 274). La mayoría de las industrias tradicionales de Israel sufrieron perjuicios de importancia. Así sucedió especialmente en el caso de la industria textil. Se calcula que 25.000 trabajadores del sector (la mitad del total) perdió su empleo a principios de la década de los 90.
La fusión con el mercado global también condujo a recortes en el sector público. “Privatización” se convirtió en los años 90 en la palabra clave del futuro. Puede verse un ejemplo sobresaliente en los kibbutzim , que solían ser modelos de solidaridad e igualdad, y que servían en la propaganda israelí de símbolo de la nueva sociedad, secular "luz de las naciones". Muchos están hoy privatizados. Otros han sufrido un proceso de diferenciación salarial. La idea del kibbutz ya es historia (véase Uri Ram, The Globalization of Israel: McWorld in Tel Aviv, Jihad in Jerusalem , Routledge, 2007.)

El Plan de Estabilización de 1985 abrió el camino para el desarrollo del mercado financiero de Israel. Se amplió la Bolsa de Tel Aviv. Las empresas israelíes comenzaron a movilizar capital en Wall Street, donde su valor se acrecentó a pasos agigantados. En 1992, el valor de las 38 empresas israelíes en la Bolsa norteamericana aumentó hasta 6.000 millones. En tres años, su numero se había incrementado hasta llegar 60, valoradas entre 10 y 15.000 millones de dólares (Gershon Shafir y Yoav Peled, Being Israeli: The Dynamics of Multiple Citizenship , Cambridge University Press, 2002).

El Plan también aportó una reducción de impuestos para empresas y patronos.

Su aportación al presupuesto cayó drásticamente. La tasa empresarial media descendió del 61% en 1986 al 36% en el 2000. La participación de los empresarios en la financiación del Seguro nacional de los trabajadores pasó del 15,6 % de los salarios al 4,93% en el año 2000. La tasa paralela pagada por los empresarios para contribuir a financiar el seguro de salud de los empleados se canceló totalmente en 1997; en lugar de eso, se incluyó un pago extra destinado a las consultas de salud (Shafir y Peled, págs.341-56).

12 Febrero 2008 | 09:16 PM

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