Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, de Oliverio Girondo
Recuerdo que era martes cuando me recomentaron este libro en un bar.
Los detalles me los puedo ir imaginando, porque todos los martes hay cosas que se repiten.
El martes es un buen día.
Por la tarde normalmente doy una clase de matemáticas a una de mis alumnas y luego me voy a la asamblea del Ateneo. Es el día en el que vamos preparando la programación de los jueves. Diez años organizando una charla, debate, lectura, proyección u obra de teatro durante todos los jueves del año da trabajo, pero resulta ameno.
Supongo, que como todos los martes, en el local habría un grupo de gente, cada uno haciendo algo distinto. Supongo que varios hablarían de cualquier cosa, otro estaría colgado de internet informándose de las últimas noticias, alguien atendería a alguno que hubiese llegado pidiendo información, otro seguiría catalogando la biblioteca (es algo que ya hemos empezado cuatro veces, pero que nunca terminamos)... lo normal en un martes.
Supongo, no me supone ninguna dificultad, que la asamblea comenzaría con estricta puntualidad libertaria, esto es, con un poco de retraso, y que duraría menos de 45 minutos. Y como todos los martes, alguien estaría encargado de llevar la cena y el vino para después de la asamblea. Me imagino, porque se repite todos los martes mientras cenamos, que el resto de la gente que estuviese por el local se acercaría a tomar un poco de vino con nosotros, y que alguien haría el típico chiste de decir que "llevabais camino de convertirnos en la vanguardia cultural pero habeis acabado siendo un club gastronómico". "Es que no queremos ser vanguardia, compañero, pero te invitamos a unirte a la cena..."
Como casi todos los martes, tras la cena, supongo que iríamos al bar de siempre, y el camarero de siempre nos recibiría con la sonrisa de siempre. Y me puedo imaginar, como si fuese ayer, el tipo de conversaciones que tuvimos aquel día. Una mezcla de chorradas varias, problemas personales, debate sobre geopolítica, soluciones inverosímiles para cambiar el mundo, y libros. Supongo que cuando el dueño nos echó del bar porque quería cerrar, y nos despidió con la misma sonrisa de siempre, yo ya llevaba el título del libro anotado como recomendación en la libreta en la que últimamente apunto todo lo que necesito recordar. No sé si será que cada día tengo más cosas que hacer o será porque se me va un poquito la cabeza. Pero la cosa es que al día siguiente me lo compré, y me gustó. De los veinte poemas, quizá yo los dejaría en 15, pero me pareció un muy buen libro. Muy recomendable, es una pena que de entre mis recomendaciones literarias no haya ningún nuevo lanzamiento, pero las cosas son así. Y para muestra un boton:
APUNTE CALLEJERO
En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.
Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeuntes, que se me entran por las pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo a estallar... Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda...
Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.

