2 Mayo 2008
En cuestión de belleza es muy difícil escribir, o por lo menos yo no tengo palabras para definir lo que normalmente me seduce. Está claro que toda escritura es una descripción falaz de la realidad ya que por muy realistas que nos pongamos, siempre tamizamos con nuestro prisma la esencia de todas las cosas según nuestros propios criterios, según nuestros propios intereses. Si eso lo hacemos con lo que nos gusta, no hace falta decir nada cuando tenemos que expresar lo que nos disgusta. Está claro que todo lo escrito es mentira, y escribir (y por tanto leer) historias novelescas, sólo vale para pasar el rato (en el mejor de los casos), nada diferente a pasarse horas con una playstation o beber hasta reventar con tres amigos con unos naipes como excusa. La mayoría de las veces la lectura de un libro sólo nos vale para presumir que lo leíste y poco más. Puro engreimiento hueco.
Yo apenas me vanaglorio de lo que conseguí en esta vida, para ser sincero me suelo arrepentir varias veces de muchas cosas que hice, y de las que no hice, aunque en estos momentos no lo entienda, seguro que hubo algo que me impulsó a no hacerlo y por lo tanto bien hecho no está. Me parece de una vanidad excesiva afirmaciones tipo: yo sólo me arrepiento de lo que no he hecho, y no tanto por no haber hecho el no hecho en sí, sino por dar por supuesto que todo lo que ha hecho ha estado bien. Claro que a partir de aquí podríamos empezar a definir que es lo que está bien y lo que está mal, y esa puta diferencia nos lleva ocupando más de dos mil años de conjeturas ético-filosóficas y yo aquí ni tengo espacio ni tengo ganas, ni tengo ni puta idea, para que mentir.
No siempre las historias se pierden en la niebla de un aeropuerto de Casablanca. No todas terminan con la benevolencia del destino ni con la eterna idiosincrasia de un gallego melancólico. Hay algunas que terminan por abatimiento, por aburrimiento, por desidia, por hastío, pero parece que ésas nadie las quiere escribir aunque todos hemos padecido de ellas y con ellas. Hay historias que al terminar uno resopla diciendo, menos mal, y otras que por no terminarlas a tiempo, se van languideciendo hasta terminar cenando en silencio en cualquier restaurante de moda. Eso es lo peor. Pero también hay historias que nunca empezaron y por eso se guardan en algún sitio del cerebro con la ilusión de que puedan llegar a prender. Historias que aunque plantaron no germinaron y eso no significa que la semilla haya muerto. A veces tengo el presentimiento y la sospecha, de que aquella mujer que me pidió en el aeropuerto que le escribiera quería de mí algo más que mis letras, pero como el destino nos separó unos cuantos miles de kilómetros, tendremos que esperar a que el mismo destino nos vuelva a unir, y en caso de que no ocurra, agarrarse a mi abuela cuando me decía: lo que no viene no conviene. Amén.
Hace apenas unos meses, un antiguo amor de los de verdad, de los de lloros con lágrimas como fundas de guitarra cuando nos tuvimos que decir adiós, apareció en una noche de una ciudad que está llena de golpes de campanas. Como no nos sorprendimos porque ya lo habíamos vivido, decidimos no pasar a la acción del deseo y del sexo y darle otra oportunidad al destino por si acaso el azar había jugado con el propio destino, así que, pensamos, si nos vuelve a unir, está claro que aquí hay algo y no lo debemos dejar marchar. Al día siguiente en mi retirada y en su retirada nos encontramos retirados. Nos reímos y sin hacer nada supimos que aunque la vida nos regaló vidas distintas ambos nacimos para encontrarnos. Por eso hay historias que pase lo que pase, siempre terminan bien, pero, como la belleza, nunca sé como escribirlas.
servido por ignacio
10 comentarios
compártelo
favorito
28 Abril 2008
Había una vez una encantadora muchacha que vivía con un gato anónimo. Nunca son pocas veces, siempre me apetece verla una y otra vez, sobre todo en esos días en los que no me apetece nada más que tirarme en el sillón viendo las horas pasar, y entonces me acerco a la ventana y miro por el hueco de las escaleras de incendios, y en esos momentos intento creer en dios, y me encantaría que ese dios me recoja los papeles sucios del suelo que siempre empiezo creyendo en sueños, y que después me llevara hacia ese sueño en forma de guitarra y voz de A. Hepburn arrastrando las sílabas con suave melancolía, y sería feliz si en esos momentos mi ciudad fuese Nueva York, una ciudad que la primera vez que la pisé ya sabía que había estado allí miles de veces, y por eso no paré de mirar hacia los lados para ir situando todos los lugares que ya conocía pero que mi mente desproporcionaba, y miré por cada hueco de escalera de cada edificio para ver si entre ellos encontraba a una muchacha con el pelo envuelto en una toalla cantando con una guirarra una triste canción de amistad, pero sólo sonaba mi imaginación y nunca nadie me dijo que el Río de la Luna era más ancho que una milla, ni tampoco perseguí, con mi amigo Huckleberry, el final de un arcoiris, porque de ese sueño aun nunca me dormí.
http://www.youtube.com/watch?v=_aU02NIFdQM
servido por ignacio
5 comentarios
compártelo
favorito
23 Abril 2008
Yo no leo mucho. La verdad es que leo más bien poco, además, mis lecturas son totalmente desordenadas, mezclo todo y nunca sé contextualizar nada, por eso me gusta que los libros tengan fotos, así por lo menos intento ligar lo que leo con una imagen y de esa manera conseguir que algo se me quede pegado a las meninges. El domingo 20, en la página 60 en el periódico El País, había un reportaje sobre las mujeres y los hombres en los medios de comunicación, en concreto el titular era el siguiente: Tele de mujeres, radio de hombres. Yo no lo iba a leer, porque el reportaje lo acompañaban con varias fotos y ninguno de los que aparecía me entusiasma, pero empezaba el texto diciendo: cuestión de sexo, y eso, se mire por donde se mire, siempre anima a seguir leyendo ( y más a mí), y por eso titulé este post con la misma frase, para animarme a mí a seguir escribiendo y para que pique algún que otro con el temita, pero siento reconcocer que el que espera encontrar algo de sexo en este post puede dejarlo aquí ahora mismo que hoy no toca.
Bueno me voy a dejar de gilipolleces tan arraigadas a mi personalidd. El texto en cuestión, venía a decir más o menos, que las mujeres dominan la parrilla de las mañanas en la televisión y los hombres las mañanas en la radio. A partir de ahí toda una serie de conjeturas sobre el público que habita estos medios y con las opiniones de varios de los protagonistas y acompañando estas opiniones, las susodichas fotos: cinco hombres ( Carles Francino –empiezan por el de casa-, Luis del Olmo, Carlos Herrera, Juan R. Lucas y Federico Jiménez Losantos) y cuatro mujeres (Pepa Bueno, Concha García Campoy, Susana Griso y Ana Rosa Quintana).
Bueno hasta aquí todo normal. Pero lo que ocurrió fue que me seguí fijando en las fotos y de repente me di cuenta de que en dichas fotos, las cuatro mujeres (que ninguna es una cría) están muy guapas, joviales, pero sobre todo estaban sonriendo y enseñando los dientes. Algunas más y otras menos, pero las cuatro lucían una dentadura superior generosa, blanca, amplia, casi perfecta, mientras que por parte de los hombres a ninguno se les veía sonriendo abiertamente, no se atisbaba en sus bocas ni un ligero toque blanco marfileño de siquiera un triste incisivo, ni una risa, y eso sí, todos tenían una imagen de hombres muy serios, muy preocupados con la realidad social, dando la sensación de que todos y cada uno de ellos cargan con el pesado peso del estado en las espaldas de la misma manera que Muñoz Molina carga con el peso de la historia de los nazis y los judíos.
Podríamos sacar unas cuantas conclusiones más analizando cada una de sus caras, relacionarlas con el medio al que pertenecen y pasadas por el tamiz de mis propias opiniones al respecto, pero eso tampoco sería justo además de cansado y muy aburrido para mí.
Yo sólo me quería quedar con los estereotipos. Está claro que en la tele las mujeres tienen que transmitir seriedad (si no presentan un concurso, ofcors) y por ello las eligen maduras, nada de niñas ni chicas, tienen que pasar los cuarenta, y además tienen que dar guapas en pantalla, que conserven bien la piel, reconocidas profesionales en sus mundos laborales pero a la vez su imagen tienen que ser impecable, joviales y que rocen la eterna juventud. Ellos no. A los hombres no nos hace falta ser guapos, aunque muchos opinaran que Francino es un hombre guapo, y que Carlos Herrera tiene sus fans, pero yo no creo que Jiménez Losantos quite el hipo a muchas señoras en este país. Está claro que a los hombres la cosa se nos pone más fácil, no hace falta ser B.Pitt, tener la piel de uno de 20 con casi 50, poseer un corte de pelo actual y una contínua imagen fresca. Como conclusión llegué a la siguiente: a los hombres -por lo menos a los de esas fotos- se les presume la inteligencia, mientras a las mujeres para poder demostrarla, antes tienen que estar buenas.
A lo mejor todas esas fotos fueron una simple coincidencia. Pero a lo mejor no. A lo mejor es fácil decir que ellos están en la radio y no se les ve, y la imaginación es más poderosa que la realidad, pero a lo mejor el machismo no sólo son cuatro gritos en casa y aquí mando yo y sí otros conceptos muy sutiles que se filtran diariamente por cada una de las rendijas de la sociedad y que nos obliga a comportarnos de una manera distinta a la que quisiésemos. A lo mejor el machismo no sólo se demuestra con un sueldo menor en las empresas por el mismo trabajo y sí con la presión de estar guapas todo el día. A lo mejor sí que hace falta un ministerio de igualdad aunque yo al principio les llamé putos demagogos. A lo mejor este post es una tontería y simplemente está aquí porque no tenía nada que decir, y en vez de estar calladito, se me dio por mirar unas fotos en un periódico, pero a lo mejor tengo algo de razón y eso ya me jode.
servido por ignacio
11 comentarios
compártelo
favorito
18 Abril 2008
En general yo soy un tipo muy payaso. Mi sentido del ridículo lo dejé abandonado entre los barrotes de la cuna. Nani Moretti se ponía bailar en el medio de la calle mientras Silvana Mangano contorneaba su escultura por la pantalla de un viejo televisor en blanco y negro. Yo tengo que reconocer que por sacar alguna sonrisa, muchas veces me he pasado siete pueblos con la lengua y he jugado tanto al límite que muchas veces falté al respeto, y lo hice sin intención, pero, lo hice y si soy sincero tendré que admitir que en esos momentos me divierto mucho, casi tanto como después me averguenzo.
Bailando por medio de la calle al sonido imaginario de un tango, cantando cuando a uno le apetece sin importarme quien me puede estar oyendo, jugando por las aceras con el primer balón que se cruce en mi camino, besar sin importarme en donde estoy ni quien me estará viendo.
Me encanta esta escena
http://www.youtube.com/watch?v=OmKxcRd37Yk
servido por ignacio
4 comentarios
compártelo
favorito
17 Abril 2008
Tengo yo una pequeña cicatriz en la punta de la pilila. No es que sea una pedazo cicatriz que moleste a la vista, más bien es una pequeña rayita en la parte más apical de la piel de mi prepucio, una rúbrica con la que el pasado quiso dejar su huella. Tenía yo apenas cuatro años cuando mi abuela se empeñó en cerrar la cremallera del pantalón a la fuerza sin darse cuenta de que por la ranura del calzoncillo sobresalía la puntita de mi pilila y allí se quedó, durante unos largísimos segundos, la piel de la susodicha enganchada al engranaje de la cremallera. No hace falta que diga que aquello me dolió muchísimo, y aún ahora, cada vez que lo recuerdo o lo cuento, me entra una especie de escalofrío que me retrae de medio metro de cualquier cremallera del mundo.
Aquellos pantalones de pretinas asesinas, me los hacía mi madre y solían venir heredados de algún primo, o en el mejor de los casos de mi tío, aunque de él lo que realmente arreglaba bien mi madre eran las camisas. Casi todos los pantalones de mi infancia los adornaba mi madre con unas rodilleras de skay que al principio se cosían y después se pegaban con un golpe de plancha. También venía mi infancia con dos números más de zapatos para que me sirviesen para el año que viene, sin darse cuenta mi madre que los destrozaba ese año sin problema y lo único que conseguía era que yo anduviese arrastrando los zapatos toda mi infancia, y de aquellos dos número más quedaron estas pocas ansias que se me ven cuando voy andando que parezco más un alma en pena que Fiz de Cotobelo.
De la cicatriz de la pilila apenas hubo noticias por parte del entramado femenino que revoloteó a su alrededor, porque ya digo que hay que fijarse mucho para encontrarla y yo tampoco quise insistir en que se fijen en esta mi peculiaridad, no queda nada bien andar con los dedos por el prepucio como un mono buscando piojos diciéndole a la amante de turno, mira fíjate, fíjate que curiosidad más curiosa, sin embargo mi abuela, la autora indirecta de la rúbrica, se va escapando día a día de este mundo, perdida en una enfermedad cruel que la está haciendo morir lentamente en vida, mientras desaparece constantemente delante de nuestros ojos. Está graciosa, la verdad es que está graciosa cuando se pone a hablar y mezcla frases sin sentido con insultos a mi abuelo, pero es tan cruel vivir esa situación que no me salen ni las palabras para describirla, ni tampoco me apetece mucho insistir en este tema.
Ella vino de una aldea de Ourense hacia Pontevedra cuando apenas había cumplido los 14 años. Se vino a servir a casa de unas señoritas, que es como se decía y es como ella siempre lo contó. Una niña de 14 años viviendo en la habitación al lado de la cocina, una criada de 14 años en una casa de unas señoritas, mis señoritas, como siempre dijo ella sin el menor atisbo de cinismo o ironía y siempre con ese respeto con el que los pobres adornan el lenguaje como esperando la mano redentora de un dios que la escuche y salve en esta o en otra vida. Después apareció mi abuelo, recién salido de la Guerra Civil y aún con el olor en la ropa del orfanato que lo vio crecer, y de aquella unión salió mi madre y por ende estoy yo escribiendo esto. Muchas veces me imagino que si por cualquier circunstancia mi abuela no se llega a ir a Pontevedra, simplemente yo no existiría, de la misma manera que si una bala perdida atravesara la cabeza de mi abuelo, estas letras nunca podrían haber nacido. Somos demasiadas coincidencias como para despreciar la vida en minucias.
Todas las navidades en las que todavía mi abuela era mi abuela, ella negaba lo de la pilila, y decía que yo me lo inventaba para hacerme el gracioso, y yo amenazaba con poner la pilila en el plato al lado de los camarones y las nécoras, para que fuese la propia pilila quien hablase y dejase las cosas en su sitio. A mi madre este tipo de gracias mías no le hacen ningún tipo de gracia , y mi padre, callado, siempre callado, debía pensar en lo mal que había invertido el dinero de mi educación. Mis abuelos, por otra parte, se partían de la risa, y yo al verlos reír seguía haciendo el payaso hasta bajarme los pantalones hasta las rodillas. Ya te vi muchas veces desnudo, decía mi abueliña, así que no me voy a asustar ahora por verte otra vez el “pitiño”. Y yo me reía con ella, y la abrazaba y la besaba (ya con los pantalones puestos), y ella me agarraba con sus dedos artrósicos, retorcidos como cepas de viñas y me decía que era al nieto que más quería.
Ahora la pobre no se entera de nada, pero ayer, mientras la visitaba y entre sorbo y sorbo de un café con leche, me dijo sin venir a cuento, yo nunca te cogí el pitiño con la cremallera del pantalón, y yo me la quedé mirando y me puse a reír con tanta fuerza que al final me abracé a ella y empecé a llorar tanto como aquel día en que yo creía que ella me había cogido la punta de la pilila con la cremallera de mi pantalón
servido por ignacio
7 comentarios
compártelo
favorito
14 Abril 2008
Hay días en que uno está triste y lo que es peor, le apetece seguir triste. Son días muy de otoño aunque en esta primavera loca que igual le da por asarnos de calor como matarnos congelados o ahogados en nuestros propios pesares, puede ocurrir de todo.
En esos días que me suelen asolar como por arte de aburrimiento, me aparecen unas ganas enormes de llorar, y no aparecen las lágrimas como un acto de depresión sino que simplemente me apetece llorar como un vaciado neuronal. Utilizo para eso una serie de trucos, la socorrida cebolla (muy extendida y nada original), una patada en los huevos (demasiado dolorosa y a mi edad no debo jugar con esas cosas), el gol de Koeman en la final del 92 (uno es débil y en estos momentos aciagos es demasiado nostálgico), el Eres tú de Mocedades cantado en Eurovisión del 73 (http://www.lacoctelera.com/nachinhogonzalez/post/2005/12/13/el-dia-deje-me-dejaras-quede-segundo) y sobre todo, sobre todo el final de Qué bello es vivir! en donde lloro con James Stewart al lado del árbol de navidad, con su hijita en brazos, la mirada de su mujer y el puto ángel Clarence ganando las alitas.
En fin, sin comentarios
http://www.youtube.com/watch?v=tfGos88UcnA
servido por ignacio
7 comentarios
compártelo
favorito
9 Abril 2008
Animula Vagula Blandula
Endurece tu alma y escápate de las largas y profundas aguas que habitan dentro de mí. No busques complicidad en mis palabras, no busques las alegrías de antaño, no busques las penas que tanto dolor nos han hecho a los dos. Por las garras de las encrucijadas en donde se solapan los estertores vive un recuerdo en forma de noches sin tregua. Déjame algo de comer entre los recuerdos no quiero que tú seas la única garantía de que un día yo me sentí vivo.
Varius Multiplex Multiformis.
Nunca soporta el tiempo el paso de él mismo por el entorno de un antiguo amor y por la trabajada soledad del abandonado. Se trabaja la incomprensión del pasado y se tuerce el presente en forma de cortafuegos sentimentales. Es difícil seguir siendo íntegro ante la persona a la que un día engañaste, es muy difícil guardar la calidad humana delante de quien conoce tus miserias. Lo decía Adriano, o mejor dicho se lo hacían decir: Cada uno de nosotros posee más virtudes de lo que se cree, pero sólo el éxito las pone de relieve, quizá porque entonces se espera que dejemos de manifestarlas.
Tellus Stabilitata
. No esperes más de lo que soy. Yo sé que tu sabes que no escribo de ti porque me lees. Podía hacerlo, podía rascar con una uña cualquier episodio vivido y sacar alegrías y penas por doquier. Podía contar como nos conocimos, la primera vez que te amé, el ruego de tus lágrimas para que me quedara contigo, el ruego de tus lágrimas para que me fuese de ti. Podía plasmar cada una de las cartas que yo te escribía a modo de diario aquellos días en los que tu decidiste no cogerme el teléfono. Podía mirarte a los ojos y dar la vuelta al mundo desde su origen. No soy un mentiroso, no soy un exagerado, simplemente me enamoré de ti.
Saeculum Aureum.
No escribo por capítulos, no hay reseñas, no hay inteligencia escondida, simplemente me gustan como suenan sus títulos. Prefiero observar más que juzgar porque entre la gente ya se me juzga en demasía. Las palabras son huecas, la mayoría no sabemos lo que significan y las que utilizamos continuamente, las solemos vaciar de contenido ante la posibilidad que se nos rebelen y actúen a la contra. Es lo mismo que la muerte, sólo que con ella todo ocurre al revés porque es lo único cierto.
Disciplina Augusta.
Y un sopapo en el colegio. A Rodríguez Piñeiro, Alberto lo frieron a hostias. No era un colegio de curas ni de monjas, era de los públicos pero habitados por monstruos del pasado. A Fernández Otero, Carlos le agarraban por las patillas y lo levantaban en alto en peso, para que antes de caer, regalarle un sopapo en toda regla con el que lo tiraban al suelo. Cada vez que se muere un profesor de aquellos, yo me alegro y brindo, con ficticio champán, ante mi propia cobardía.
Patientia.
Que no siento ya tus penas, que ya no busco entre los despojos del pasado algo que rescatar, que no quiero que me quieras tanto como dices que me quieres, que no estoy por la labor de empujarme otra vez hacia el abismo, que sigo pensando que tuve mucha suerte, por conocerte, por amarte, pero sobre todo porque me hayas dejado, porque yo soy un cobarde, no te olvides nunca, soy tan cobarde como olvidadizo.
Si lo llego a saber, las Memorias de Adriano te las regala Rita.
Nota. Lucía Lucía un escote pronunciado y un bronce de caramelo le colgaba de su dorado y adorado cuello.
servido por ignacio
4 comentarios
compártelo
favorito
3 Abril 2008
Y ASÍ, HOY, ME CAEN 40.
DIOSSSSS!!!!!
servido por ignacio
8 comentarios
compártelo
favorito