El día que dejé que me dejaras. Quedé segundo
El día que dejé que me dejaras una pátina de tristeza invadió mi rostro. Sabía que era lo mejor. Yo también lo deseaba. Nada venidero podría mejorar el pasado. Tendríamos que dejarnos porque ya era imposible querernos más. Eso me mentía yo. Eso no me lo dijiste tú. Preferiste mentar a alguien que te hizo mejor persona y pedías perdón con silencio, que es la forma que tienen los cobardes de pedir perdón. Con silencio. Mi madre me mandaba callar en misa y yo iba porque me gustaba cantar a grito pelado. Yo tengo un gozo en el alma, ¡grande!, gozo en el alma, ¡grande!, gozo en el alma y en mi ser alegría y gloria a Dios. Si estas Navidades nos toca la lotería le daremos unos millones a D. Manuel para que termine la iglesia, estas obras van a acabar con él. Yo crecí con la necesidad imperiosa de que nos tocara la lotería para D. Manuel. No entendía como Dios nos podía fallar en eso. Después me di cuenta de que dios siempre aparece a destiempo. Mi abuelo iba a misa con el reloj en la mano y cada minuto que pasaba de los treinta, sacaba de sus entrañas un continuo toser que sonaba a toque de queda al cura. Deberías dejar de fumar, te sienta fatal la nicotina en los pulmones. Cuando cogías mi guitarra y pasabas de Do a Sol, tardabas una eternidad y rasgabas peor que mal. Y yo me reía. Paso de fregar, paso de limpiar los baños, paso de recoger los pocillos del café de Pablo. Subo al coche y pongo el CD con lo mejor de Mocedades que ayer me bajé del emule. Me voy a casa de mis abuelos. Año 1973. Telefunken en blanco y negro. Juan Carlos Calderón y Eres tú, de Mocedades. Yo cantaba con mi madre y rezaba para que Amaya no se equivocara, ni para que no desafinara, decía mi madre. Eso, decía yo sin saber que era lo de desafinar. Como una promesa, eres tú, eres túúúúúú.
A mis abuelos les encanta que vaya afeitado, pero yo sólo me afeito los lunes. Hoy es lunes, así que estarán contentos de verme. Mi abuela me agarra la cara con los dedos entumecidos y retorcidos de la artrosis. Me enseña los juanetes. Cada día es más pequeña, cada día me tengo que agachar más. Tu y yo hacíamos el amor en cada rincón. Encima de tu moto, en el suelo de la cocina, sobre aquel billar, por delante y por detrás de los sillones, en las escaleras que llevan a tu dormitorio. Yo me ponía de rodillas y apretaba mi cara a tu vientre. Mis manos te agarraban con tanta fuerza que nunca entendí como algún día no te quedaste pegada a mí. ¡Qué milagro, ¿queres un cafeciño?. Sí, claro. Sabe distinto, sabe muy distinto. El café en casa de mis abuelos siempre sabe distinto. Tú en cambio me sabías a melocotón con nata y a peras con vino. Quiero que me comas hasta que me muera en ti. Como una mañana de veraaaaaaano. Como una sonrisa, eres tú, así, así eres tú. Está un poco nerviosa, pero vamos bien. Ahora mis abuelos ya no tienen la Telefunken, y todo se ve en color. Sin embargo mi niñez la recupero a golpes de fotografías en blanco y negro. Mi abuelo mata el tiempo haciendo crucigramas y mira de reojo cada reacción de mi abuela. Mi abuela me pregunta una y otra vez por ti. Le caíste bien. Debiste despedirte de ella, aunque no se iba a acordar. Toda mi esperanza eres tú, eres túúúúú. Como lluvia fresca en mis maaaaaanos. A veces le vienen ataques de lucidez y se pone a llorar. No quiero dar trabajo, no quiero dar trabajo. ¡Qué bien está cantando, pero que voz tiene Amaya!. Mi abuelo sigue hirviendo la leche. Abuelo, ahora no hace falta hervirla que ya viene uperisada. Tú, déjame a mí, déjame a mí que yo sé muy bien lo que me hago. La leche siempre se quería salir a borbotones por el cazo. Nacho, vigila la leche que no se salga, que después es muy difícil limpiarla de la cocina. No te preocupes si lleva nata, te la cuelo. No, abuelo, si a mi me da igual. Que no, que no, que te la cuelo. Mi madre colaba la leche y cogía la nata para los bizcochos. Después me mandaba fregar el colador. No lo soportaba. Nunca soporté los grumitos de la nata enganchados a los agujeritos del colador. En casa no había presión en el agua, así que yo lo limpiaba con el scot-brite en las manos y una mueca de asco en la cara. Un día me dijiste que si te podía lavar el colador que no lo soportabas. No te dije nada, pero mi corazón dió un vuelco. Te miré tan fuerte a los ojos que en medio de la cocina te desnudé, te amé tan dentro de ti que ni siquiera mi oíste respirar. Tú me enseñaste a disfrutar del segundo anterior a un beso, y yo me quedé prendado del lunar que tienes al lado de tu ojo, ahora sólo él vive en mí. Venga, Amaya, ahora viene el gorgorito final, no falles que este año ganamos, seguro que ganamos. Amaya no falló. Yo tampoco te fallé, pero a igual que España, quedé segundo.

Vebegodu dijo
...hacía tiempo que no leía algo tan bonito....
Gracias, de verdad!
Me ha hecho recordar...
Para mi, no ha habido nada como mi abuelo.Un beso, estés donde estés...
13 Diciembre 2005 | 10:26 AM