MARISOL SIN PALMERAS

El día menos pensado… —comenzaba el consabido estribillo posterior a sus berrinches — , esa era la frase convenida por todos para escabullirnos dejándola sola con su monólogo de mafiosa sin
matones. Luego el temporal arreciaba y la volvíamos a encontrar convertida en el animal doméstico que todos quisimos que fuera.
¿Irse sola a Benidorm con sus setenta años sin testamento? La verdad, la verdad que a mí particularmente no me hubiera importado uno de esos domingos confinados todos bajo la ropa de camilla por culpa de su reuma de todos los Eneros. Tantas
cartas en vano mandadas a Melchor para que nunca me trajera en su camello una abuela virtual de las que te dejan sordo al besarte cuando las visitas cada dos años o te calientan la oreja en diferido como los mejores goles de la liga de campeones. La mía estaba allí siempre para intuir secretamente mis apretones repentinos y colarse por el pasillo camino al baño poniendo a prueba mis esfínteres impolutos de adolescente sin laxantes.
Ella se calzaba las pantuflas de paño como quien se pone un zapatito de cristal con juanetes y eso quería decir que amanecía en casa por encima de todos los gallos dormilones. Ya se las arreglaba ella para despegarnos las legañas. Todo era disfrazarse con sus enormes anteojos de búho y comenzaba su rosario de asuntos cotidianos por resolver, asuntos que, indefectiblemente, nos involucraban a todos sin haber dado tiempo a presentarnos voluntarios.
No fue hasta mucho después que nos dimos cuenta de que cada pisada inocente en nuestro piso de 60 m2 estaba orquestada en secreto por la abuela; las rutinas farmacéuticas, las ofertas peregrinas que caducaban sin remedio, los incómodos parientes lejanísimos que poblaban nuestro sofá con sus rostros color sepia de álbum de fotos desdibujado y, sobre todo, el vademécum
ingobernable de los vales de descuento. Una vida sin ofertas es como una cena de Nochebuena para hipertensos, solía decirnos cuando la dejaba su dentadura de segunda mano de bazar de los chinos.
Una mañana, agotados nuestros nervios por toda una noche de concierto improvisado con la cadena del váter, la sorprendimos comprándose unas chancletas de verano para sus pies frioleros que nunca abandonaban los calcetines polares que se hacía traer de Alemania como si no existiese Burgos. No le dimos importancia
entonces. Haciéndonos una finta la vimos alejarse por el pasillo con los ojos alobados con que contemplaba a sus galanes de la posguerra enfundados en sus camisas de guacamayos. Nunca más se supo de aquella anécdota extravagante hasta que, sabiamente calculada la cadencia, una semana después la abuela nos alegró
el martes con unas aletas de buceador que empezaron a asustarnos un poco. Son para una sobrina segunda, la del pueblo nos dijo entonces; la verdad, la verdad es que no nos entretuvimos en preguntarle más y desde aquel día nos hicimos a la idea de que la abuela proyectaba en secreto montar una tienda de baratijas chinescas sin declarar a Hacienda. Caso archivado.
Lo preocupante fue el incidente del jueves posterior: una manifestación no identificada de cangrejos rosados había ocupado nuestro pasillo sin pedir autorización al ayuntamiento. Costó aceptarlo. Los primeros días se sucedieron los roces habituales de la convivencia: las colas por ocupar la bañera (se pasaban horas haciendo natación sincronizada en plena hora punta), las escaladas por nuestros tobillos para vernos la ropa interior dejándonos heridas bermellones pero, lo peor de todo, fue la disputa por el mando de la tele para ver sus documentales de La 2. La tensión fue suavizándose por fin la noche en que, para congraciarse con mamá, mandaron traer un banquetazo de negruzcos percebes a sus primas las nécoras gallegas. Tuvimos que claudicar también a pesar de nuestro ácido úrico.
Lo peor quedaba por venir. Una mañana, alarmado papá ante las luces intempestivas del desván, nos encontramos, con sus trajes de baño, a dos turistas finlandesas yacentes en sus tumbonas al sol de nuestra bombilla de 100 watios. Como no pudimos convencerlas con nuestro inglés de Alfredo Landa de que aquello era un hogar obrero de ciudad sin playa, tuvieron que quedarse. Así que, pasados los días, aquellas dos albinas sin pestañas fueron denominadas “titas” por mi hermano el pequeño pese a la callada indignación de mamá (por aquel entonces ya estaba firmemente convencida de que todo rubio natural debía tener lejanamente los
genes cerveceros de Adolf Hitler).
El golpe de gracia que subió la tensión de papá a niveles alarmantes para un humano fue la broma macabra del parasol y la nevera de playa. La bonachona de tía Ágata, acordándose de que jamás de los jamases viajábamos a la costa en los veranos, nos mandaba, en mala hora, un souvenir para alegrar nuestras tardes de piscina con cincuenta grados de ciudad desierta. Por poco no lo cuenta el pobre papá. Lo vimos pasar en cinco minutos por todos los colores del espectro solar sin saber si aplaudir aquel improvisado castillo de fuegos artificiales o llamar a urgencias. Afortunadamente optamos por lo segundo; no queríamos quedarnos sin reyes el año que viene.
Ya en el hospital, disfrazado papá de loco con aquella infame bata de don Quijote trasnochado que mostraba sus nalgas al levantarse, se nos ocurrió mirar a la abuela clavando nuestras pupilas al unísono en sus bien llevados setenta años sin taca-taca. En aquel momento, debo decirlo, la abuela lució su mejor sonrisa de "Marisol rumbo a Río" que tanto había ensayado viendo el programa de
Paradas. Intuimos entonces, sólo en ese preciso momento, que aquella guerra de desgaste y nervios sin templar había sido preparada calladamente desde su sillón orejero y con la complicidad de sus dos amigas, las solteronas del 4º.
Sin darle tiempo a reaccionar (la abuela es la más pérfida estratega cuando tiene tiempo de pensar) la cogimos en volandas dejando pataleando en el aire sus tobillitos de falsa colegiala y la llevamos a la estación con su traje de domingo de ramos y bodas cercanas. Cuando por fin tuvo en las manos, y además gratis, su ansiado billete para Benidorm nos dimos cuenta, sin mediar palabra, que también habíamos llegado tarde esta vez en nuestro contraataque. Subidas en el pescante del autobús las solteronas del 4º la vitoreaban con nerviosismo de quinceañeras exhibiendo en sus artríticas falanges la uve de victoria. Urdiendo uno de sus planes de Agatha Cristhie aficionada, la abuela nos había vencido
nuevamente con su falsa apariencia de fox terrier domesticado.
Déjenme decirles que en casa aún seguimos consternados por la falta de noticias porque, lo cierto y verdad, es que tres semanas han pasado y apenas una postal o una llamada de las que se cortan en el primer hola. Mucho me temo que este mes de Septiembre la abuela vuelva, bronceadísima como nunca estaremos los alumnos suspensos, colgada del brazo de un nuevo guayabo cubano y, para colmo de males, éste quiera apadrinar a los cangrejos. Lo hemos hablado muy seriamente todos; por eso sí que no pasamos. Las cosas como son.









Fernando dijo
Cubanoooooooooooooooooo
Volvera con algun vecino¡¡
Buena noche Anabel
4 Enero 2008 | 08:52 PM