Mujerón
La Marcela estiró la soga de la vida por sobre su cuello y se dejó caer, como tantas otras veces que se dejó caer para emprender aventuras, locuras, desaciertos, atinos, barrabasadas, estupideces y genialidades. Pero esta vez fue un poco más lejos y se tiró al vacío de su muerte. Absolutamente histriónica y con aires de diva en su vestido rojo y de escote provocador, qué haría presagiar que mi amiga sucumbiría a la muerte justo ahora, en verano, caluroso, afiebrado de tanto encontrarle el cuesco a los duraznos. Si siempre hablamos que la mejor época para morir era el invierno, con lluvia, para que hasta el mismo cielo llorara a la despedida, nunca con los jotes asados cayendo del encielado, ni con las viejas sudadas en esos trajes negros espantosos, ni con los caballeros en sauna con el terno negro riguroso y la corbata estrangulando los 35 grados de fermento y a la sombra.
Pero la Marcela era una artista, una desfachatada elegante que así todo al ritmo y a la precisión de sus antojos, por lo cual, que despertara el viernes, para ver por última vez el amanecer y luego le viniera el aire de despedida, no es extraño. Llegó la policía, el carro de bomberos, la prensa, los flashasos y su vestido rojo al viento, descorazonando a los mismos ángeles descorazonados por tener el pito corto, a los mismos amigos que siempre le tuvieron ganas y no se atrevieron con semejante mujerón, con esa hembra fértil y profana que se reía a toda boca, estridente, jolgoriosa y divertida de haber vivido 100 años cuando sólo tenía 41.
