Amor imposible
Innegablemente, los fines de semana me ronda España. Los sábados son eternos marcados a golpeteo del tranco en la sierra, sin embargo, dejé de amar esos recodos como dejé de amarlo a él, sin embargo, igual queda el descocido y deshilachado viento frío de Salamanca, cubriendo mis lágrimas, sorbiendo en la ventolera los hoyos, los agujereados memorables de todo el tiempo desgastado en ese pedazo de mezeta hispana, donde pesaba el calvario de su realidad y la mía, de esos amores imposibles que sirven, finalmente, sólo para llenar páginas de un libro.
He debido sentarme frente al ordenata infectado de virus del ciberespacio y resguardar, con calma, los archivos fundamentales de una historia. Pudiera ser una historia tan común e indecente que no diera para más que un sofisticado juego de palabras al final del arcoiris y olvidar, olvidar el tiempo pasado y perdido entre Chile y España, entre los Andes frutales y salvajes y la serránica desgastada y petrea bajo los olmos. Pero no es así. Son, hasta ahora, como 79 paginas de color y sugestión, de encanto y mentira (siempre ha sido mejor, disfrazarnos la mentira como pura ficción, para que no duela tanto que los sucesos fueron por otro lado). Una patidifusa aclimatada entrela brizacálida del valle y elsevero matíz de la cáscara oxidada de Castilla y León. Recuerdos imborrables, rincones afetichados en mi alma, caminos que dejaban una huella sobre el suave pasto de esas inmensidades donde perder la vida, donde perder la razón y el pulso porque todo fuera a favor del viento y la porfía. Pero no fue...
Así, tenemos que admitir que amores imposibles existen y se materializan, como aquellas diminutas libélulas que nunca llegan a conocer la noche, porque su vida dura sólo desde que amanece hasta el atardecer, solo viven para conservar la especie sobre el agua estancada, sobre los pastizales resquebrajantes de sol, de verano reseco y polvoso, porque es necesario dejar de ser trascendentes, de sentirnos importantes y reconocernos simplemente frugales, pasajeros, finitos; porque vendrán otros después de nosotros a dejar otras cuantas páginas, otros cuantos capítulos de amores imposibles, otros cuantosrenglones de capricho austral perfumando las sábanas naranjas, descorriendo el adiós en la contrapuerta de la vieja ciudad amurallada, apilando la espalda contra la casa de las Conchas y besándolo, por última vez como aquella primera.
Ahora, sólo necesito darle una vuelta en redonda a la arena de la plaza de toros, mirar al público y definir en qué punto exacto darle la estocada final al animal que corre directo hacía mi, dejarlo pasar por mi lado, levantando polvo y llenandome los ojos de silencio, abrir mi pecho y agitar la capa, sentir el voluminoso sol de la tarde en la corrida, entrando por mi espalda...
Sólo falta terminar la faena y dejar que mil "Oles" trituren mis ecos de España, hasta Chile, hasta Chile.
