El viaje
En dos semanas más me voy nuevamente. Otra vez cruzar el charcótico y amplio mar que nos depara y aterrizar mi ojota chilena en medio de una tierra no cristiana. Esta vez voy a Inglaterra, igual que la primera, en busca de un amor que alimente el hechizo y la pasión austral de una hembra, en busca de lo que ya vino hasta mi puerta, a ofrecerme una rosa roja y un cardinal infinito, la medida de todos mis pasos sobre la flaca y angosta faja de terrones oscuros, sobre el mundo cruzado y los cielos divizados tan solo en sueños.
El equilibrio vuelve a su runa, hacía la noreste tentación de embarcarme en casa para desembarcarme en la británica flemática y testaruda de un tipo, que al igual que yo, lleva recorrido caminos infinitos, posibilidades mortales y filones de realidad que bien han valido un par de libros, pero a diferencia mía, a él lo nutre la imagen por sobre las palabras que a mi me llevan los diablos, su pluma es una Nikon y sus parafrásicas motivaciones son los vocablos pintados de día, de espacios asombrosos y exóticos.
Hacemos un buen par, una dupla coreográfica del culo del mundo y la snobista cultural de los filibusteros más simpáticos de este planeta. Yo, con mi metro sesetaiuno y mis caderas pachamámicas de mujer ladina. El, con sus ojos fijos en el descuadre, su metro ochenta, su afición malsana por más curry. Caminando ambos al fin, de la mano, planeando los roqueríos en frente de la casa con vista al mar, estudiando las curvas desniveladas de nuestra historia, de nuestro paralelo andar por esta tierra. 41 de emoción, 45 de fulgor y el resto de la vida, para construir y destruir, para armar y desarmar, para irnos lejos, viajando, cogiendo, dibujando, amando, desbaratando, creando y por fin, adormeciendo las dudas sanguiñolientas de si algo dura para siempre.
Este amor es un descuento afortunado, de que la vida y los viajes, han dado sus frutales consecuencias, hemos crecido al otro lado del hemisferio y aún así, es plosivo y conjunto el entendernos, el saber que las respuestas vienen antes de las simples preguntas, el razonar que por fin, la cama desierto ha dejado de serlo y el horizonte se ve desde la misma perspectiva.
Hay tiempo para armar la maleta, ponerle dentro el lote de sueños que me van quedando, varios libros, el andar, la vida, mil sonrisas, millones de versos, mucho amor, la cama, el sol, todas las mañanas despertando con él y la pasión por estar viva y haber aprendido a cruzar el océano, una y otra vez, hasta ser feliz sin medida.
