Mover Montañas
Tomo distancia del atrás, del de hace algunos años cuando las verdes brumas de volver a comenzar parecían difíciles instancias para un corazón pertrecho de dudas, para esta cabeza loca y esta patiperra existencia, para mi perspectiva de que los tiempos mejores eran imposibles.
Y en esa distancia que alcachofa los pocos residuos de cordura que me gusta mantener, me doy cuenta que he tenido el poder de mover montañas, de correr montículos de tierra casi sagrada, por mi sola convicción de que de verdad, no hay nada imposible. Recuerdo haber escrito del hombre sin camisa y feliz, de que nadie puede pasar por esta tierra repitiendo cosas en las que no cree y que nadie puede creer, en lo que dicen los otros si uno mismo no lo siente. Dejé de recibir la aceptación de los demás cuando me comenzó a importar la propia y también, dejé de temerle al genio que me jala los pelos por escribir y escribí. No necesite pontificarme porque ya estaba vieja para vivir viejas sacrílegas y seguí adelante a pesar de que España me escupió de vuelta.
Ame, por dios que amo con fuerza y tesón y coraje y cuanta otra parafernalia abra las manifestaciones del cuerpo. Fui por Salamanca y salí trasquilada, pero sin embargo se me dio por volver a correr riesgos. Que temer a que el corazón se volviera a estrujar en mil pedazos y que se me volvieran a agrietar los humedales de mis ojos por tanta lágrima invertida, que importaba que la poca fe del otro mancillara mi porfía como un querer pararme sobre los huesos ancestrales y saltarme todas las incondiciones de que los amores se viven, no se planifican.
Amé a cabalidad ese cuerpo desnudo de la charca y sus ojos verdes metáforas de una meseta agreste, ese acento suave y destilado como manjar en mi oreja y esos dedos angulares, rodeando mi cintura, atrayéndome hacía él. Amé sus sueños fugaces, sus terribles miedos y su volver a casa cada noche, dejándome a mi entre las sábanas naranjas, envuelta en resuellos de un gran amor y un gran dolor. Este ha sido el amor más grande, pero a pesar de los naufragios y de las barcas atadas a una costa lejana, volví a los mismos caminos y sin temor a ser desembarcada a media navegación.
Increíblemente, volví a vivir en el bote donde los sueños tornan reales y volví a sentir el vaivén de las olas cuando me abrazaba por debajo de las colchas, volví a vivir la lujuria de un amor en mi estilo amerindio, donde todo se resuelve en una cama, nada de que las lógicas monumentales de un cerebro racional, expongan en el pacífico color de una mesa de madera. Volví a amar y ser amada por todos los rincones de mi cuerpo y ya no quedaron dudas previsibles. Nada es imposible.
Por lo mismo, otra vez este poder austral mueve las montañas de un Moors de vientos y pastizales bajos, con olor a húmedos reflejos de un mundo otra vez al otro lado del mundo…y esta vez no es yegua porfía por arrancarle un nuevo hijo a las entrañas de Europa, es la pura verdad de que el poder existe, de que si uno cree en sus sueños y cierra los ojos, volverá a abrirlos en el sol de un domingo, mientras toma su mano y escucha que el universo es infinito, como infinito es perderme en sus ojos, sentir que me respira una frase y me dice te amo por siempre.
Si nadie cree que se mueven montañas con letras fragmentales a través de esta pantalla, es que no creen que todos los sueños tienen alas para llegar e invadirles, para hacerlos felices hasta que dejen de pisar esta vida.

Daniel dijo
Yo te creo...
1 Mayo 2008 | 07:29 AM