Alas para volar, besos para flotar.
He soltado las amarras del navío del amor y por cursi que suene, hay que dejar que la barca asuma el riesgo de moverse según la marea le indique.
He aprendido importantes lecciones sin mayor maestro que mi intuición de atropelladera y ahora, me encuentro a la vuelta del camino, donde los giros volverán a ser enteramente otros.
Amo, pero no pretendo torcerle la mano a ningún destino y no aferrarme a ningún camino que no sea el mio. La independencia me la he ganado con todo el esfuerzo, en tierras ciegas y brumosas, en soledad y en compañía.
No me voy a desprender de mis capas, ni de mis colgantes, ni de ningunas de las metáforas atesoradas en el borde de mis pantalones, donde no se ven, pero relucen por saber quien soy, quien he sido y quien voy a continuar siendo.
Pararse en los dos pies y tener la jornada clara, es más de lo que pretenden otros que llevan a cuestas la carga de una vida. Yo quiero vivir lo más ligero y para lo mismo, me encanta dejar libres los pájaros, que si quieren volver, vuelvan, que si quieren perderse, que se pierdan. La preocupación no es mía, ni es una empresa en la que quiera caminar.
Si el hombre que amo con volcán y lava decide no volar, simplemente esa es la vida. No me restriego, si no que me alegro porque seguramente, nuevas oportunidades me esperan.
Ningún plan B, cuando a mi con un plan A me basta y me sobra para llevar estos sueños a la bulla matutina, cuando renuncio al trabajo (hoy lo hago) y decido aventurarme por cuenta propia.
No temer es poderoso, se siente como un influjo bestial que sube de las tripas y te da fuerza para decir “me voy”, pero sin estridencias, con un simple gesto de que se dejan aprendizajes y se emprenden otros.
Decir, que valeroso es mi verbo cuando me dejo decir lo que siento, se vuelve casi un acto trascendente y vital, una paralización de los afiatados miedos seculares porque dejo de temer el ahora, el estoy viva y me río, el he sido feliz y lo seguiré siendo.
La vida no es un valle de rosas, pero huele bastante parecido si uno deja las amarras y permite que los navíos se muevan, según los vientos lo propicien.
M.
