MANTENER VIVA LA ILUSION....
Juan Ramón Pérez
Como ustedes saben hay solamente dos tipos de sueños: los profundos y los livianos.
Sin importar que fueran profundos o livianos, un sueño podía ser dulce y reparador. O apacible, o fugaz, o delicioso, o tierno, o desenfrenado, o extraño, o divertido, o erótico. En fin cada sueño era como un traje y se adaptaba al gusto de cada cliente.
Así, cada noche venía la gente de los alrededores a comprar su sueño con los aderezos más insospechados. Sueños que los convertían por un instante tal vez en otras personas.
Una noche se acercó una mujer de aspecto sencillo, y se sentó al otro lado del banco. Al rato, después de que casi todos sus clientes habituales se habían ido, la mujer le preguntó. — ¿Tiene ilusiones?—Si. —le dijo.—Quiero una.—Son caras.—Lo sé.
—Cuando digo caras me refiero a que son realmente caras —le dijo el vendedor.
—Quiero una –dijo la mujer y le entregó un manojo grande de billetes.
Ante aquella convicción, abrió despacito el bolsillo pequeño del maletín donde guardaba las ilusiones.
—Tengo que guardarlas así, usted sabe, son muy escurridizas —explicaba mientras desataba tres pañuelos.
Extrajo una con mucho cuidado y la colocó en la mano extendida de la mujer.
—Tómela con las dos manos. Y tenga cuidado, no se la vaya a volar el viento. Imagínese, una ilusión volando por ahí... Uno no sabe a quién va a atropellar.
La mujer hizo como le había indicado el vendedor y se fue.
Al él le dio mucha curiosidad que alguien como ella comprara una ilusión. Ya había terminado su trabajo por hoy y no tenía nada que hacer así que decidió seguirla. Después de caminar un largo trecho la vio entrar a una casa un tanto vieja y abandonada. Cuidadosamente se asomó por la ventana y vio una habitación en la que no había muebles, ni cuadros y la luz era más bien poca. La mujer tomó cuidadosamente la ilusión que recién había comprado y la depositó en un florero que había en el centro de la habitación. Inmediatamente comenzaron a crecer flores hasta formar un ramo grande de diferentes colores. La mujer se sentó entonces en el piso a contemplarlas mientras comía un pedazo de pan que sacó de un bolsillo.
Aburrido, el vendedor decidió regresar.
Decidió entonces ir hasta donde vivía la mujer..
Cuando llegó, se asomó por la ventana y todo había cambiado. En la habitación habían muebles y cuadros colgados en las paredes y se respiraba un fresco olor a hogar.
La mujer, sentada a la mesa donde había distintas comidas, parecía alegre y contenta. De pronto, vio que un hombre salió de la cocina con dos tazas de café y le entregaba una a ella. Ambos reían por algo que ella dijo.
Decidió irse. De inmediato se dio cuenta que había dejado en la plaza el maletín de los sueños. Afortunadamente estaba allí, nadie lo había visto.
Abrió con avidez el pequeño bolsillo donde guardaba las ilusiones y desamarró los tres pañuelos. Esperaba encontrar una pequeña ilusión para colocarla aquí en el bolsillo del corazón y que en su vida crecieran flores.
Pero no encontró nada. Ya no quedaba ninguna.
Y vio como arriba comenzaba a apagarse la luna mientras u
n viento frío empezaba a azotar su humanidad. Comprendió entonces que un hombre triste y solitario es sencillamente aquel a quien ya se le acabaron todas las ilusiones.













Rosana dijo
Nancy!!! que historia tan curiosa y hermosa .....
que no se nos acaben las ilusiones nunca amiga ....que siempre haya flores y un hogar ...
11 Mayo 2008 | 09:28 PM