3 Agosto 2008
Sábado noche. He estado cenando de pinchos con mis jóvenes compañeros de trabajo, tres chicos y una chica. Yo podría ser la madre de todos ellos. De todos juntos no... Quiero decir que tengo la edad que tiene cada una de sus madres. Y creo que como tal me tratan. Alguno hasta me pide perdón cuando suelta un taco. ¿De qué caverna de Atapuerca pensarán que he salido? De la misma que sus madres.
Me cuidan y me miman, me ceden el mejor asiento, el mejor bocado... pero creo que respiran aliviados cuando me ven tomar un taxi porque ya no aguanto más. Prefiero volver a casa. Sí. Ésta la considero ya mi casa. Al alejarme de él físicamente es como si me alejara de su presencia mental. Y eso me alivia. Porque la obsesión es una enfermedad, y cualquier cosa que la alivie es beneficiosa para la salud.
Parece mentira lo que pueden hacer en una casa extraña cuatro tonterías del Ikea. El miércoles tuve el día libre y me fui al Ikea a personalizar mi casa de alquiler. Ya ven, qué manera de personalizar.
Mi casa alquilada estaba muy bien en todo (la paga la empresa, ellos sabrán lo que les cuesta, teniendo en cuenta que está muy bien emplazada), pero no tenía ni el más mínimo detalle. Lo cual, en el fondo, es de agradecer, porque esos pequeños detalles los puedes personalizar -en la medida de lo posible- paseándote una mañana por el Ikea de turno.
Cuando estoy con mis jóvenes compañeros de trabajo hay veces que sus conversaciones me pierden. Hablan de ipodes, ifones, de cosas que ni entiendo ni falta que me hace. Bastante tengo con encontrar las gafas de leer cada vez que me suena el móvil.
Me han dicho que ya no tengo aguante. Me ha jodido ese YA. ¿Qué sabrán ellos de mi aguante? "Estoy vieja y cansada, chicos", les he dicho. Y he tomado un taxi. Al llegar a casa, me pongo un gintónic y escribo en el blog resucitado.
¿Aguante? ¿Capacidad de aguantar más tiempo? Pues sí. No tengo YA aguante. Sobre todo porque ellos y sus conversaciones me aburren soberanamente. La cabeza me daba vueltas después de este vino Enate del Somontano que es una delicia, y sobre todo después del orujito blanco que me han servido gentileza de la casa. Y mientras ellos se tomaban un poleo menta a mí me ha dado tiempo de tomarme otro orujo y un par de gintónics. Y eso que hace tiempo decidí abandonar el pacharán porque me mareaba muchísimo.
"A ver si te vas a poner piripi", me decían con cariño filial.
Reconozco que he bebido mucho. Me refiero a lo largo de mi vida. Y que todavía bebo bastante. Nunca, hasta ahora, me ha supuesto ningún problema, salvo la lengua de estropajo al levantarme. Y, supongo, un aliento fétido que, en mi soledad, nadie ha podido padecer.
He tomado un taxi y he vuelto a mi casa. He dejado a mis jóvenes compañeros de trabajo perdiéndose por las calles de Zaragoza, algo desangeladas, sábado noche de agosto, fuera de la Expo. Me los imagino discutiendo de ipodes e ifones, tomando chupitos de manzana sin alcohol y, tal vez, riéndose de la triste vieja loca y borracha.
No me importa. Estoy a gusto en casa, con (YA) mi segundo gintónic doméstico, bien servido, escribiendo en el blog resucitado.
Sí. Me acuerdo de él. Cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo... Cada suspiro, cada parpadeo...
servido por Isabel Gala
4 comentarios
compártelo
favorito
17 Julio 2008
Compartir muchas horas de trabajo y ocio con gente bastante más joven que yo tiene algún que otro inconveniente. Uno de ellos es que, de repente, me encuentro contando batallitas, viejas historias que yo creo interesantes o curiosas, que sucedieron hace mil años pero que para mí parece que ocurrieron ayer mismo.
Me enfado cuando me oigo decir en mis tiempos...
Curiosamente, nadie me corrige. ¿Acaso no son éstos también mis tiempos? A veces da la sensación de que ya no tiene una nada que aportar, y sólo espera que los demás, los jóvenes, vayan empezando a hacer cosas. Lo que ocurre es que cuando empiezan a hacer cosas sensatas, es decir, prudentes, de buen juicio, es porque están empezando a dejar de ser jóvenes.
Se ríen de mí y de mis limitaciones con las nuevas tecnologías. Yo me defiendo alegando que me manejo bastante bien con internet y que lo demás, sencillamente, no me interesa: ni ipods ni artilugios que no me hacen falta. Con la telefonía móvil se me cachondean también porque me ven torpe en su manejo. Aquí tengo una justificación, y es que mi presbicia me obliga a buscar las gafas para poder distinguir quién me llama, y cuando por fin intento contestar, ya es demasiado tarde. Por culpa también de la vista cansada, enviar un sms me resulta complicadísimo, aparte de mi obsesión por la corrección ortográfica. Por descontado, mi agenda es de papel: un bellísimo cuadernillo con tapas de piel que renuevo cada año.
En mis tiempos, cuando llamabas a alguien lo hacías desde casa, o desde el trabajo, o desde una cabina callejera. Si te contestaban la llamada era porque la persona a la que llamabas estaba exactamente en ese lugar al que llamabas.
Recuerdo a la perfección el primer teléfono que instalaron en mi casa. Yo era una cría, y me encantaba hacer como que llamaba, meter mi dedo en aquella rueda que giraba y volvía ella sola a su primitiva posición. "Deja eso, niña, que lo vas a romper". En mis tiempos las cosas se rompían... Ahora nos cambiamos de teléfono móvil simplemente porque han sacado otro modelo más... más... ¿Pijo?
Y tiramos los viejos sin que hayan llegado siquiera a estornudar. Pijos.
Mis compañeros más jóvenes me escuchan, unas veces con interés y otras sin él, mientras sostienen en sus manos los móviles, consultando permanentemente si tienen algún mensaje nuevo e, incluso, enviándose mensajes entre ellos, que están a menos de un metro unos de otros.
Y eso me pone muy nerviosa.
servido por Isabel Gala
4 comentarios
compártelo
favorito
16 Julio 2008
Supongo que lo mío es como convivir con un lunar al lado de la nariz. Forma parte de ti, se podría extirpar, pero no te ves sin él. Incluso cuando te lo extirpen, lo echarás de menos.
No hago otra cosa que pensar en él. Resulta ya inevitable. Me deshice de mi lunar hace más de un año, y aún sigo pensando en él.
Da lo mismo.
Cuando termino mi trabajo en la Expo, ahora que ya he tenido tiempo de visitarla toda ella, prefiero regresar a casa. Aquí tengo todas las comodidades, y también la soledad añorada. Mis nuevos amigos (gente muy joven de rincones diversos de España) no quieren darme un momento de respiro, se sienten obligados a agasajarme. Soy la mayor de todos. La más vieja, y con diferencia. También soy su jefa.
Me llevan y me traen. Cenamos de pinchos por Santa Marta y tomamos copas en Cesáreo Alierta. Suelo retirarme la primera, mi edad me lo permite sin mayores compromisos: mañana hay que estar en la Expo a primera hora. Ellos lo entienden y a veces creo que se sienten liberados cuando me voy.
Tomo un taxi hasta Gómez Laguna, donde tengo el piso de alquiler. Me gusta esta ciudad, también en verano.
Sin embargo, creo que emprendí una huida. Cuando me dijeron de venir a Zaragoza no me lo pensé. El AVE nos ha puesto a tiro de piedra, y el billete lo paga la empresa.
La verdad es que ya no sé si quiero recorrer espacios, vivir en sitios diferentes, conocer gente diversa, sólo por miedo a asentarme en un lugar y que todo su recuerdo, el de él, me aplaste sin misericordia.
Y mis huesos ya no están para eso.
Nunca pensé que alguien pudiera leer este blog después de tanto tiempo. Y mucho menos comentar en él.. ¿Cómo decirle a "elcorazóndelmar" cuánto se lo agradezco?
servido por Isabel Gala
2 comentarios
compártelo
favorito
13 Julio 2008
De repente, no sé por qué, he recordado que tenía un blog en La Coctelera, y que ese blog sigue ahí, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Un blog momificado.
Lo que me ha sorprendido en primer lugar es que haya tenido algún comentario muy reciente (más de un año después del último post), que agradezco como no podía ser de otra manera. Ni siquiera recordaba ya el correo asociado a este blog, por lo que no he seguido los comentarios que se hayan podido publicar desde aquella fecha.
Pero más todavía me ha sorprendido releer las cosas que escribí hace casi dos años, cuando empecé esta historia. Una historia que di por finalizada en marzo de 2007. En aquel momento acabó no sólo este blog sino también todo aquello que lo motivó. Ya no hay obsesión que te valga. Ahora, al releerlo, me queda la sensación de haber escrito más de lo necesario. Mucho más.
Me queda la duda de si quien lo leyó lo entendió. Pero la verdad es que no me importa.
Ahora, a dos meses de cumplir 51 años, me reencuentro con esto, con este blog. Ha sido todo muy simple.
Por circunstancias laborales me encuentro durante unos meses trabajando y viviendo fuera de casa. Me tuve que trasladar a Zaragoza con motivo de la Expo, y en los tres meses que llevo en esta ciudad, preparando la parte que me corresponde del evento, no he tenido un solo minuto para mí misma.
Curiosamente hoy, sábado, ha sido el primer día libre que he tenido realmente: sin compromisos, sin cenas, sin reuniones... Yo sola en el apartamento que la empresa tuvo a bien alquilar para mi exclusivo uso y disfrute.
Después de la tormenta de esta tarde, y gracias a ella, he tenido la excusa ideal para quedarme en lo que ya considero mi casa. Por primera vez en muchos meses he recordado la soledad.
Y no me ha importado. Creo que la necesitaba.
Y entonces, de repente, he recordado que tenía un blog en La Coctelera. Y lo he recuperado.
(Me gustaría mantener una de las características de este blog, que era la imagen de un chico joven, guapo y con poca ropa... ¿me lo puedo permitir a mi edad?)
servido por Isabel Gala
3 comentarios
compártelo
favorito
11 Marzo 2007
Hace años, un amigo más imbécil que simpático, solía decir que las mujeres a partir de los cuarenta se ajamonan o se amojaman. Yo me amojamé. Ahora, en el año que cumpliré los cincuenta (en septiembre), he decidido que tengo que engordar aunque sea cinco kilos. Me veo demasiado delgada.
Ya me he acostumbrado a dormir sola. En mi vida sólo dos hombres han compartido cama conmigo. A uno lo amé, aunque no lo deseaba. Al otro lo deseé, y ahora dudo si en algún momento lo llegué a amar. Sólo lo adoraba.
La última vez que nos despedimos fue en enero. Me guiñó un ojo y me prometió que me llamaría. Yo le sonreí diciéndole que, después de lo que había pasado, yo no iba a llamarle. Era como un reto.
Él se había dado cuenta de su terrible error conmigo: se le había olvidado que teníamos una cita. Quería recompensarme: "Yo te llamaré, te lo prometo."
Sus promesas las conozco, por eso le dije: "Bien, me llamas tú. Yo no pienso llamarte. También te lo prometo."
Como una adolescente, con cuarenta y nueve años.
En mi obsesiva ingenuidad pensé que tal vez nos veríamos a los pocos días, en un intento de reconducir una amistad (al menos eso) que se estaba desmoronando. Si ya el amor iba siendo imposible, y lo era, al menos poder seguir mirándonos a los ojos con la misma confianza y complicidad de siempre.
Sin embargo, ahora eso también es imposible. Es que ya no queda nada. Hasta mi obsesión se va diluyendo. Desde el último encuentro, consistente en un par de cafés, han pasado dos meses. Ni una noticia suya desde entonces. Empiezo a sentirme agotada de pensar en él. Y tan poco recompensada.
Pero estoy absolutamente convencida de que esta vez no seré yo quien descuelgue el teléfono para llamarle.
Y lo siento. Precisamente porque ya no soy una adolescente, sé donde hay que poner un punto final. Otra cosa es que lo haga.
servido por Isabel Gala
8 comentarios
compártelo
favorito
22 Febrero 2007
Lamento haber tardado tanto en escribir. En el fondo, eso es buena señal. Si ésta es la crónica de una obsesión, y no hay crónica, quizás sea porque la obsesión va desapareciendo.
Alguien dijo que la obsesión de amor es una enfermedad como el alcoholismo, que se puede llegar a controlar, pero que nunca se cura.
No lo sé. El caso es que durante estas semanas no he tenido necesidad de escribir. No al menos la necesidad que me animó a abrir este espacio. Sobre todo después de nuestro último encuentro. Porque finalmente nos vimos.
Aquel sábado no me llamó y yo me sentí inferior a una mosca en su cocina. Y decidí romper todo lo que me uniera a él. Incluso esta obsesión.
Pero aún vendría algo peor.
Me llamó a los tres días, cuando yo llevaba ya tres noches sin dormir, empeñada en recuperar todos mis rencores.
Lo mejor es que me llamó con esa inocencia que siempre le ha caracterizado. Incluso con la sinceridad que me enamoró. "Mátame, si quieres -me dijo-, pero la verdad es que se pasó por completo llamarte."
Cuando nos vimos me preguntó si sería capaz de perdonarle. Al despedirnos me lo volvió a preguntar y yo le respondí que me sentía tremendamente dolida, pero que cómo no iba a perdonarle.
Le dije eso como podía haberle dicho lo contrario. Porque la verdad es que cuando lo vi todas mis obsesiones se desmoronaron. Habían pasado seis meses desde la última vez que lo vi y me parecieron seis años. Comprobé que no tenía nada que contarle y que de lo que me contaba no me interesaba nada.
Le miraba a los ojos, aquellos hermosos ojos llenos de brillo, hoy rodeados de arrugas prematuras. Mi vista resbalaba por su frente, ya demasiado amplia, entrando de lleno en una calvicie que se declarará irreversible antes de que cumpla los cuarenta. Intenté refugiarme en la contemplación de sus labios, de sus manos.
Me descubrí mirando el reloj de reojo, aunque no forcé la despedida. Cuando lo hicimos con un par de besos en las mejillas, me dijo que me llamaría pronto para seguir hablando. Yo le dije que estaría encantada, pero que debería hacerlo él, porque yo no pensaba llamarle. Me guiñó un ojo: te llamaré, te lo prometo. Eso fue el diez de enero.
Yo, por ahora, no miro el reloj.
servido por Isabel Gala
6 comentarios
compártelo
favorito
25 Enero 2007
Por fin logré hablar con él. Ese fue mi tercer error. Le llamé por teléfono y, sin querer, justifiqué mi sms de Nochebuena. Él se disculpó por no haberme llamado antes, me contó alguna historia que no logré entender. O atender.
Era un diálogo en el que los dos nos pedíamos mutuamente perdón. Él por su ausencia, yo por mi insistencia. Siempre he pensado que si lo que me importa es él, lo demás no tiene ningún valor. Y puedo asumir fallos que no he cometido.
Lo que ocurre es que él se va devaluando casi cada día. Porque en esa llamada hubo una frase suya que me dolió profundamente. Quizás esté demasiado susceptible, pero aquella noche lloré como una idiota y me preguntaba si ya merecía la pena volver a verle.
Después de disculparse varias veces y decirme que tenía muchas ganas de verme, me dijo -sin pretender hacerme daño, con toda seguridad-: "Si quieres nos vemos el sábado por la mañana, que no tengo nada que hacer".
Naturalmente. Yo tenía tantas ganas de verle, que lo único que esperaba es que no le surgiera nada más importante. Y entonces me di cuenta de la humillación, y me puse a llorar con la esperanza de que ninguna mosca se colara en su cocina porque, sin duda, intentando acabar con ella ya tendría algo más importante en que ocupar la mañana.
Me estuve preparando el encuentro: manifestarle mi decepción, pero sin forzar una ruptura porque sé que a él eso ya le da igual. Ha sido capaz de estar seis meses sin saber nada de mí y sólo porque finalmente yo le he llamado ha recordado mi existencia. Soy yo quien no quiere perderle de vista.
Por supuesto, aquel sábado tampoco me llamó. Y yo decidí romper para siempre todo lo que me uniera a él. Incluso esta obsesión.
servido por Isabel Gala
6 comentarios
compártelo
favorito
11 Enero 2007
¿Valió la pena dejar una vida estable por seguir a este amor?. Es la pregunta que me hace unicoamor y a la que no he respondido antes porque no quería dar la respuesta previsible y, tal vez, la única posible.
Nunca podremos saber si aquella decisión fue acertada y si mereció la pena. En mi caso, sí sé que en aquel momento me aportó algo positivo, más allá del placer sexual. Que no es poco.
Nunca sabremos cómo habría sido nuestra vida de haber tomado otro camino. Así sucedieron los hechos y es inútil llevar a nuestros sentimientos hacia unos caminos que ya no pueden recorrerse. Hay que mirar al futuro, y recoger del pasado aquellas experiencias que nos hicieron crecer como personas. Y, a fin de cuentas, estuvo bien mientras duró.
Es cierto que, de haber renunciado a aquel amor (que hoy es esta obsesión) y haberme decidido por una vida estable, hoy sería una mujer que recordaría con amargura lo que pudo ser y no fue: una apasionada aventura piel con piel junto a un cuerpo hermoso y joven adornando aquel recuerdo con el recurso de la fantasía. Y me vería como la triste esposa fiel que cría y cuida a unos hijos maravillosos mientras desarrolla su profesión de forma impecable, pero que por la noche se abraza a un cuerpo frío y distante... O ya no se abraza.
Sin embargo, al renunciar a una vida convencional, pude disfrutar de aquella aventura, y ahora no necesito fantasear, sino simplemente recordar.
Pero ya no queda nada. Su cuerpo sigue siendo joven y hermoso y, si hubiera amor, lo seguiría viendo siempre hermoso, aunque dejara de ser joven. Por eso, lo que más me duele de su distanciamiento es que no me está dando la oportunidad de madurar y envejecer a su lado. Ni siquiera como amigos.
¿Valió la pena aquel pasado? Sí, claro. Y la prueba es que lo recuerdo con enorme cariño. Lo que no vale la pena es este presente de incomunicación, reproches y rencor.
servido por Isabel Gala
6 comentarios
compártelo
favorito