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INTERIORES.

5 May 08




Ahora hay que volver atrás, pero, ¿sabes?, estás en tu casa, y en un estado particular de atención que envuelve la voluntad y actúa sobre ella, la modifica y pone en un mismo plano con una serie de recuerdos. Las imágenes que llenan esta pantalla, fueron tomadas de una memoria, lejana al desafío que un día surgió desde el interior de algo que no es corpóreo.



En las desnudas paredes de una habitación que aprisiona los sueños, allí donde trabaja sin cesar el olvido del desamor, recomenzado, interrumpido a veces y deshecho por una pesadilla llena de reminiscencias, están encerradas amargas lágrimas en objetos alienados por el desorden.



La existencia de nuestro cuerpo, parecida a un vaso en el que estuviese contenida la espiritualidad, es la que nos induce a suponer bienes interiores, alegrías pasadas, todos nuestros dolores, nuestras más mínimas posesiones que no pueden escapar por ser ya esencia de nuestra imperfección.



Días en los que el aliento, insensible como el viento en la flauta, se mezcla en desconocidos cantos mas próximos a un final que hacen creer en impresiones de sufrimiento o de felicidad por quien apenas siente o es incapaz de manifestar tales debilidades. Son islas de espirales y surcos elipsoidales pegados al cuerpo del imaginario amante.



Nunca vemos a los seres queridos como no sea en el sistema animado, en el movimiento perpetuo de nuestra incesante ternura, que antes de dejar que las líneas que su rostro nos presenta, estas se desvanecen tamizadas por el reflejo ausente en el espejo, allí donde su cuerpo descansó por una noche.



Las palabras nos presentan de las cosas una imagen en miniatura, como un archivo de libros dispuestos a ser explorados. Conforman conceptos propios que descubren los ajenos. En esos libros están encerrados nombres que muestran de la personas una idea confusa, dotados de una sonoridad brillante u oscura, engastados entre dos vidas, la del presente y la que dejamos atrás.



Impulsos que nos arrastran lejos de lugares donde vivimos la inocencia, nos conducen sin resistencia, como prisioneros encadenados en la barca del vencedor, o como viajeros que se cruzan de noche, ávidos de sueño, sin fuerza para abrir los ojos y mirar por ultima vez los encajes que la mano toca, renovando la idea de otro contacto mas humano.



La vida que soñamos y amamos como un hecho irracional, a veces nos arroja a los brazos de la estupidez, aunque no de repente, pues todo en ella se degrada por matices insensibles. Al cabo de los años, no reconocemos nuestros sueños, ni aquellas ilusiones que antaño dirigían nuestros pasos a escenarios ideales. Ahora llegamos a preguntarnos si del encuentro con la muerte podría nacer nuestra consciente inmortalidad.









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