Moleskine
21 Feb 08No sé exactamente lo que queréis contarme, y por eso os trato con tanto respeto desde hace dos meses. Me quedo mirándoos curioso y vivaracho mientras la voz de la prudencia me dice que os deje a vuestro aire. Seguro que sois del tipo que cuando se pone a hablar lo suelta todo de golpe. Fantaseo a veces con viajes y pegatinas y tickets usados. Algún dibujo, una entrada y muchas firmas. Pero siempre vuelven a mí los versos perdidos, encajando un segundo y naufragando de nuevo por el canto de las páginas. Me digo que algún día, por fin, los atraparé y tendréis que sufrirme mientras os los canto. A lo mejor en un bar con mesas de madera, o en un parque mientras el viento os despeina. Lo que seguro sí sé es que al llegar a casa me daré cuenta de que no he sido yo, sino vosotras, las que por fin me habéis desvelado todos los secretos que guardabais solo para mí.
Palabras
NUNCA dejan de habitar la memoria
y se hunden con nosotros cuando se hunde
el barco de la vida -una metáfora-. Nunca
evacuan las bodegas
del alma -otra más-,
las sentinas tomadas por el agua podrida
de los remordimientos. Así brillan,
como brilla en la herrumbre
un pedazo de acero inoxidable,
como un metal precioso.
Imprevistas, de fuego, viejas, suenan
como ruido distinto, como si antes
no hubiesen sido dichas.
Como hielo inflamable, como rimas antiguas
-digamos hiel y miel-,
improbables, vacías y cargadas
de sentidos ocultos, sin sentido
como un antiguo tópico, ridículas,
agotadas en medio del camino
diciendo aquí me quedo, son las últimas
que olvidan nuestras bocas
tan cansadas
palabras del amor,
imperdonables.
(Javier Rodríguez Marcos, Frágil, Hiperión 2002)
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