Me puse a repasar casi a diario los obituarios que los periódicos inventaban hasta que encontré el mío propio. Morir envenenado y repasar mi epitafio con rotuladores cariocas se había convertido en mi principal oficio. Empecé matándome poco a poco pero terminé con mi vida de un golpe. Seco, árido y sin subterfugios. Un golpe de muerte o de suert...