Nunca me han parecido dolorosas las despedidas; decir adiós es cambiar de pareja, de trabajo, de vida o pantalón, y eso, al fin y al cabo, no es tan malo. Un adiós en esta esquina es un hola en otros frentes. En mi rincón he vomitado dos mil quinientas ochenta y tres veces, una por cada descubrimiento que he ido haciendo en este último añ...
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