Negro hormiga
Me siento en el escalón a dejar pasar un rato, porque la rabia me arde por dentro, quemándome la parte de atrás de los ojos.
Esta vez ni siquiera tengo ganas de llorar, porque no es pena lo que tengo.
Intento no pensar en nada, agarrarme a todos los rollos zen que leo de cuando en cuando en alguna revista. Ser equilibrada. Pensar en la felicidad. En las pequeñas cosas. Pero lo que realmente me apetece es subir y mandarle al infierno. Y al resto también. Repartir un par de gritos, un par de leches también, que desahoga mucho.
Yo no soy dulce, ni tranquila, ni pausada. Intento serlo, porque es lo que hay que ser. Ahora hay que vender la pose de mujer liberada e impasible, que comprende a los demás en su inteligencia y que mantiene sus pasiones bajo control. Y aunque soy buena actriz en realidad yo no soy así. Por eso estoy como estoy.
No quiero darme pena tampoco, que la autocompasión no es lo mío.
Pero qué mierda de vida joder.
Me encuentro bien, con ganas de salir, de hacer cosas, de conocer gente, de bañarme en la playa, de llegar tarde al curro, de follar, de gastar más dinero del que tengo, de dormir sin hora, de no dormir.
Yo que sé.
Y me encuentro atada en una vida en la que los demás se empeñan en decirme que soy una ilusa, que vivo en un mundo que no existe, con unas aspiraciones irreales. Que echo en cara a los demás cosas que yo hago incluso peor. Que soy demasiado perfeccionista y que exijo al mismo nivel. Pero si fallo poco tarda el mundo en recordarme mis errores.
Qué poco me falta a veces para mandarlo todo a tomar vientos.
Ni alas ni volar. Lo que quiero es hacer lo que me de la gana por un tiempo.
No he hecho otra cosa en la vida que no sea intentar llevar un orden, contentar a los demás e intentar demostrar que no me suponía un esfuerzo. Pero a veces creo que ese empeño no tiene recompensa. Que en el fondo todo el mundo va a lo que le interesa y si no te gusta te jodes.
Pasa una hormiga. Y otra más.
En pleno noviembre.
Qué mundo loco, en el que las hormigas que tendrían que estar disfrutando del festín de invierno aún andan ajetreadas con los acopios de última hora. O quizá simplemente están ajetreadas porque no saben hacer otra cosa. En esta tierra loca en la que habitamos ya ni siquiera hay certeza de que vayamos a tener invierno.
La hormiga de nuevo. Ella no se cabrea. Pero me pregunto si también estará deseando andar de acá para allá todo el rato para descansar un momento bajo este sol otoñal que tanto recuerda al verano.
Si querrá vivir por un rato el momento, sin pensar en las posibles consecuencias o en qué dirán los demás. Ser cigarra por un día. Por un rato.
Me levanto. Inspiro con fuerza. Pongo mi mejor cara de no pasa nada y me marcho a terminar el día.
Pero hoy es un día de mierda. Una mierda de día. Para mí y para la hormiga, que seguro que también piensa que no se puede pedir más en la vida que lo que ya tiene.
Mentira. Siempre se puede y se debe pedir más.









Podría pasarme la vida haciendo pompas de jabón de colores..
Jesús dijo
Te abrazo, Marta. Sé cómo te sientes. A veces tengo la misma sensación. No es fácil aprender a vivir con ello. En realidad, aún no he aprendido ni sé si lo lograré. Intento al menos seguir creyendo que es posible, porque eso me da las fuerzas que necesito para seguir adelante, pero hay momentos en que de nada ó de muy poco parece servir el trabajo realizado en los últimos años. Te escribo todo esto con el jodido nudo en la garganta. Quizás no te sirva de ayuda, tal vez no sea ningún consuelo (no pretendo que lo sea). Sólo quería decirte... que te entiendo perfectamente.
6 Noviembre 2007 | 05:02 PM