PLAYAS DESIERTAS
PLAYAS DESIERTAS
Rocío Hernández Triano
Me casé con Carmen porque era mi mejor amiga. Se lo pedí aquel día en el que había tan poca gente en la playa que casi podías imaginarte que era una isla desierta. Septiembre era un buen mes para nuevos propósitos y yo estaba seguro de que ella me quería. Ella quería a todo el mundo y había tenido novietes tan rijosos y estúpidos, y era tan inteligente y buena que era imposible que me dijera que no. Nunca me dijo cosas absurdas como “podrías ser mi padre” o “pensarán que estamos liados”. No hizo nunca un comentario sobre la conveniencia del trato con un hombre recién divorciado, cincuentón y correoso. Carmen era el ser más libre que yo había conocido. Al principio sólo me gustaba hablar con ella; luego me acostumbré a su olor y a su envergadura y después ya no pude evitar sentir deseos de abrazarla y de verla desnuda y de dormir a su lado.
- Me pides matrimonio antes de besarme- me dijo con una sonrisa, segundos antes de zambullirse en el agua.
Luego volvió a emerger y fue ella la que se acercó a mí, me besó en los labios y puso mi mano derecha sobre un pecho generoso y endurecido por el frío del mar. Nos casamos algunos meses después. En la boda civil ella insistió en vestirse de verde. Mi hijo nos regó con champagne a la salida del juzgado.
Fue en la noche de bodas la primera vez que ocurrió aquello. Acabábamos de hacer al amor y ella hacía nudos con el pelo de mi pecho. Yo siempre le pedía que pusiera puntuación a mis faenas y le pedía que tuviera en cuenta mi edad y mis canas Ella se reía y me besaba por todo el cuerpo, pero nunca contestaba. Pero aquella noche ella me devolvió la pregunta:
- ¿ Disfrutabas más en la cama con Amelia que conmigo?
Yo no supe qué contestar. Amelia ya no era nada para mí, pero cuando hablábamos, pocas veces y siempre con motivos de peso, yo sentía unos enormes deseos de volver a acostarme con ella y que me hiciera el amor de esa manera tan despreciable y sucia, casi sin mirarme, y chillando duro. Carmen era tan decorosa…
- Tú eres más dulce, mi vida- le contesté.
Entonces empezó a llorar. Su llanto era desconsolado y continuo, como la lluvia rompiendo en algo metálico.
- Aprenderé- me prometió.
Y aunque mucho he insistido sobre lo ridículo de este asunto, ella me hace pormenorizarle cada detalle de mis relaciones con Amelia. Así empiezan nuestros juegos en al cama. Yo le narro episodios de la vida sexual con mi mujer, hasta que nos ponemos cachondos y ella intenta reproducir lo narrado en el cuento. A veces me siento algo culpable, pero jamás me niego. Siento pena por ella. Carmen, siempre tan aplicada pero tan mediocre en sus calificaciones. Tengo que confesar que la primera vez que la vi en mi clase me pareció una alumna de esas feítas que se dedican a estudiar mientras encuentran al hombre de su vida.







Juanita dijo
Rocio, me ha parecido una historia muy interesante... tu la dices de una manera que recreo las escenas y las siento, metiendome incluso en cada personaje, si a mi me sucediera algo así... querría ser yo misma, a mi manera... y que me amasen sin recordar a nadie... y desearía ser una huella en su alma y en su piel, una brasa que quema... Saludos.
10 Abril 2008 | 08:03 PM