un texto viejo, un hombre nuevo
Desde un tiempo a estos días, por no decir que desde hace unos años, he
tenido la idea de escribir crónicas diarias sobre los sucesos mas dispares más
de una vez, se lo he transmitido a un amigo.
Siempre buscando en él, el entusiasmo que me faltaba por esos
días.
Ahora lamentablemente, para mi capacidad ociosa, me ha
contado, su crónica diaria. Su viaje en colectivo.
Entonces, como lamentablemente la nobleza obliga, tendría
que contar mis últimos acontecimientos, o bien los últimos sucesos que ansío
contar.
Y basado en mi tacita capacidad de atención, he decidido
“cronificarlos” acerca de la vida hospitalaria.
Por el carácter de “responsables” que tenemos los
primogénitos (tengo una encuesta de 5 casos) siempre que a uno lo acechan operaciones
o internaciones de seres cercanos tiende a menospreciar las posibilidades de
que algo salga mal. Mi caso no fue distinto por nada de eso, todo el tiempo me
mantuve en una tarima de hombre seguro, aun cuando mi hermana en un acto de egoísmo
que no es para nada sorpresivo en ella, se entrego a las lágrimas delante de mi
mamá, ya con bata y escarpines de quirófano.
O bien delante de mi tía con su insistencia inquebrantable
sobre las últimas novedades, siempre mantuve el comentario preciso, la sonrisa
que necesitaba la enfermera para prestarte atención, y la cara de circunstancia
como sabiamente comenta Cortázar en sus relatos de esa familia de villa crespo.
Pero aun así, la vida hospitalaria saca de las personas dos
perfiles que se repiten en forma constante.
La solidaridad y la paranoia.
Generalmente cuando uno espera en una sala de espera de
cualquier característica, existen aquellos que nos preguntan, ¿a quien espera?,
¿es varoncito?, ¿querés un mate?
Pero también respondiendo a sus pulsiones más oscuras, saben
que la enfermera respondió antes al pedido de esta o aquella familia, que a los
de la habitación 411 no les dicen nada de los horarios de visitas o bien que la
hija de la mujer de la habitación 407 no tiene marido, pero si tiene 16 años.
Por eso el universo hospitalario se me dibuja, como toda
relación humana, como un lugar de
miserias y altruismo.
Estuve solo dos días compartiendo la decisión de que
programa ver en la sala de espera, o de que enfermera es más simpática o menos,
para sonreírles a todos los familiares de los cuarenta pacientes que tienen que
atender por sueldos míseros.
De igual manera sé que no he sufrido la violencia de los
hospitales públicos, o el sinsabor de alguna pérdida,
pero aun así, con sólo un momento de
prueba descubro lo nefasto de creer que lo propio es lo único, la oculta
sensación de éxito que el “acompañante o responsable” siente al desearle la
misma suerte que uno corrió, al sacar al enfermo de “alta” del brazo y con cara
de circunstancia, como no podía ser de otra manera. Estamos en un hospital.
