Fundación Universitaria Konrad Lorenz

Facultad de Psicología.

Cátedra de Cultura II.

Andrés Mauricio Rodríguez León

Bogotá D.C., agosto de 2008

Cuando alguien le advierte a usted no cruzar por éste o aquél sendero porque podría resultar peligroso, puede elegir tomarlo, mas si estuviera desinformado usted no tendría opción y correría peligro inevitablemente. Pues bien, América se halla en semejante situación, está desinformada de su pasado, es una tierra que recorre caminos que desconoce, pues ignora su historia y se despoja de ella a medida que conoce otras culturas.

Si bien América sabe sobreponerse a las pestes, ignorando cómo fabricar vacunas, no tiene otro remedio que soportar la siguiente pandemia. Se deshace de un parásito una vez éste ha dañado drásticamente sus órganos y no ve problema en aguardar otro siglo para que otro le brinde el fármaco.

Además, América tiene la particularidad de ser receptiva a todo cuanto ocurre fuera de sus dominios, se nutre clonando cuanta cultura novedosa se le revela; América se apena de sí misma y ello lo obliga a ponerse las prendas de la pasarela extranjera. Y una vez la moda se acaba busca otra concha para ocultar su pena. Así, la he visto drogarse con su suelo, como cuando un perro muerde la hierba por indigestión; la he visto matar el día en que Dios descansa y bañarse con su sangre para hacerse al poder. La veo merodear en busca de marido para saberse protegida y engendrar con ellos miles de críos para romper su monotonía.

Ayer América se pertenecía y se fascinaba con el contacto de su vegetación, erigía pirámides para su magnificencia, contaba con tanta riqueza que era la envidia de otros; mas ella percibía sólo la envidia y no el tesoro. Pues a América no le importa vestirse sino que la vean vestida. Como antes se maravilla con espejos y persigue torpemente el falso reflejo de un porvenir ajeno, porque América ha olvidado su propia historia y no se concibe de otra forma que siendo siempre otra persona.

América sabe seguir instrucciones, hay que estar orgullosos de su obediencia; pero también es justo reconocer que es determinada y aguerrida, capaz de no dormir por conseguir el pan, capaz de desmembrarse para alcanzar sus propósitos, capaz de sacrificar su vida para lucir esbelta.

En ella confluyen un sinnúmero de subculturas y cada una de ellas se consiente con especias exóticas la tripa aborigen, trocando su alma aurea por nimiedades que la hagan lucir más nívea. A América no le preocupa qué sembró ayer o que recogerá mañana siempre y cuando tenga el trigo de hoy; y cuando éste escasea se revuelca en su barro y profiere cuanta maldición puede a los cielos, a los gobiernos, siempre a alguien distinto a sí, a ella le hace bien sucumbir cuando está acompañada.