De todo, quedaron tres cosas:
la certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir
y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar.
Hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída, un paso de danza,
del miedo, una escalera,
del sueño, un puente,
de la búsqueda... un encuentro.
(Fernando Pessoa)
Hoy es uno de aquellos días en que ves que el esfuerzo (valorado por las personas adecuadas) te es recompensado.
No siempre es así, pero como dijo Séneca "Muchas cosas no nos atrevemos a emprenderlas, no porque sean difíciles en sí, sino que son difíciles porque no nos atrevemos a emprenderlas."
Así que, hoy me siento un poco como Matt Harding (pero, que conste que soy mejor bailarín que él) :-D
Conocí a Superman en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Aunque entonces no me dijo que era Superman, claro.
-Me llamo Carlos Kemp -me dijo estrechándome efusivamente la mano-. Una prima mía presentaba el Un, dos, tres... hace la tira de años. ¿Te suena?
-Algo.
Era un tipo bastante anodino, como todos los que estábamos allí. Metro sesenta y poco, cincuentón de barriga generosa y casi calvo si exceptuamos una veta de pelo como el césped que le serpenteaba la parte posterior de la cabeza. La mayoría de veces, solía vestir camisa a cuadros, pantalones de pana marrones y unas náuticas. A simple vista, tenía más pinta de leñador jubilado que de guardián del bien mundial. Qué cosas.
-Al principio, cuando comencé a perder pelo, me compraba peluquines, peluquines de los caros, no te pienses -me dijo un día, cuando ya me había confesado su secreto y algún que otro más-. Pero, a la que me echaba a volar salían despedidos por la fuerza del viento. No hacen peluquines preparados para soportar velocidades Mach 3, ¿sabes? Este mundo vuestro es bastante bisoño en según qué aspectos, no te ofendas.
No me ofendía. Había sido mi héroe de la infancia.
Nuestras charlas, en cierta manera, se habían convertido en un ritual todos los viernes por la noche. Al salir de las reuniones de "Algo Alcohólicos", como las llamábamos en tono de broma, nos dirigíamos al bar de enfrente. Era nuestro particular exorcismo después de haber vomitado nuestras miserias en la sala de Bienestar Social del Ayuntamiento, donde solíamos asistir de media diez o doce borrachos, con suerte quince.
-¿Otra ronda, Súper?
-Bueno, pero esta la pago yo.
-Vale.
-¡Camarera! Dos cervezas, por favor.
Era extremadamente educado. Y, también, con buen sentido del humor. No perdía la ocasión de contarme chistes sobre él.
-¿Sabes el de la Mujer Maravillas?
-Me parece que no -mentí.
-Bien -me dijo dando un buen sorbo-. Es uno de mis preferidos. Te cuento.
"Llevaba más de seis meses en mi refugio del Polo Norte, trabajando en un remedio para arreglar lo de la capa de ozono cuando, por fin, di con la solución. Estaba más feliz que unas maracas pero a la vez muy cansado. No había sido fácil. Tanto tiempo allí encerrado, sin nadie con quien hablar, sin estar con una mujer... Ya me entiendes, ¿no? Así que, para celebrarlo, decidí salir a dar un par de vueltas por la estratosfera a ver si pillaba cacho. Di vueltas y vueltas y más vueltas y, en eso que, mientras sobrevolaba Manhattan, en la azotea de uno de los edificios, veo a la Mujer Maravillas en pelota picada y en una tumbona boca arriba, moviéndose de manera muy sensual.
La Mari (en el círculo de los superhéroes la llamamos así, la Mari) es una pedazo de mujer que no te la acabarías nunca. Muy atractiva pero que gasta una mala leche del copón. No se puede tenerlo todo, ¿no? En fin. El caso es que el verla me había puesto como un burro. Pero no me atrevía a cortejarla. La última vez que nos vimos, no acabamos muy bien, la verdad. Así que, allí estaba yo, volando en círculos como un buitre y pensando cómo podría echarle un kiki sin salir excesivamente perjudicado.
¡Joder, tío!, entonces me acordé de mi supervelocidad. ¡Ya lo tengo!, me dije. Me lanzo en barrena, me la cepillo y vuelvo arriba sin tiempo a que se dé cuenta de lo que ha pasado. Un plan excelente, ¿no?
Dicho y hecho.
Bajé como el rayo, ¡zas!, le di un buen meneo ¡zas! y volví a subir ¡zas, zas!. Todo en menos de una milésima de segundo. Sin tiempo de reacción.
Entonces veo que la Mari se levanta de un salto toda alborozada y exclama:
-¡Hostias, qué coño ha sido eso!
Y, en estas que oigo al hombre invisible que le contesta:
-Ni idea, Mari. Pero tengo el ojete reventado."
Un buen tipo el Súper. Hace tiempo que ya no le veo. Tuve que dejar de ir a las reuniones porque me estaban machacando el hígado.
Ve a trabajar, envía a tus niños a la escuela, sigue la moda, compórtate normalmente, camina por la acera, mira la tele, ahorra para cuando seas viejo, obedece la ley y repite conmigo: soy libre.
No sé porqué, pero me da la sensación de que los peores muros no están fuera sino dentro de nosotros. Bueno, supongo que sí lo sé. Todos lo sabemos, ¿no?
"El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio."
Que uno tiene que buscarlo y dárselo...
Que nadie establece normas, salvo la vida...
Que la vida sin ciertas normas pierde formas...
Que la forma no se pierde con abrirnos...
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente...
Que no está prohibido amar...
Que también se puede odiar...
Que la agresión porque sí, hiere mucho...
Que las heridas se cierran...
Que las puertas no deben cerrarse...
Que la mayor puerta es el afecto...
Que los afectos, nos definen...
Que definirse no es remar contra la corriente...
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo, más se dibuja...
Que negar palabras, es abrir distancias...
Que encontrarse es muy hermoso...
Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida...
Que la vida parte del sexo...
Que el por qué de los niños, tiene su por qué...
Que querer saber de alguien, no es sólo curiosidad...
Que saber todo de todos, es curiosidad malsana...
Que nunca está de más agradecer...
Que autodeterminación no es hacer las cosas solo...
Que nadie quiere estar solo...
Que para no estar solo hay que dar...
Que para dar, debemos recibir antes...
Que para que nos den también hay que saber pedir...
Que saber pedir no es regalarse...
Que regalarse en definitiva no es quererse...
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos...
Que para que alguien sea, hay que ayudarlo...
Que ayudar es poder alentar y apoyar...
Que adular no es apoyar...
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara...
Que las cosas cara a cara son honestas...
Que nadie es honesto porque no robe...
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo...
Que para sentir la vida hay que olvidarse que existe la muerte...
Que se puede estar muerto en vida..
Que se siente con el cuerpo y la mente...
Que con los oídos se escucha...
Que cuesta ser sensible y no herirse...
Que herirse no es desangrarse...
Que para no ser heridos levantamos muros...
Que sería mejor construir puentes...
Que sobre ellos se van a la otra orilla y nadie vuelve...
Que volver no implica retroceder...
Que retroceder también puede ser avanzar...
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol...
¿Cómo hacerte saber que nadie establece normas, salvo la vida?
¿Quién es esta mujer que duerme a mi lado? ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?
No me atrevo a moverme. Sólo mis ojos lo hacen y van de su rostro (dulce, por cierto) a las cortinas azuladas, que tampoco reconozco. Ella duerme. Su respiración es casi imperceptible y el pelo le cae desordenado (y sensual) a lo largo del hombro desnudo. Es rubia. Algo más joven que yo, pienso.
Intento recordar lo que hice ayer por la noche. ¿Me emborraché? No, no es posible. Cuando bebo, suelo despertarme con un horrible dolor de cabeza y esta mañana mi mente está más despejada que nunca. Ahora que lo pienso..., anoche ni siquiera salí de casa. ¿Qué hice...? Ahora lo recuerdo, sí. Después de cenar con mi mujer (no ésta, sino la verdadera) y mis tres hijos, me tumbé en el sofá y estuve leyendo un libro de Auster que me regalaron por Navidad. Juraría que me quedé dormido en él.
¿Qué día es hoy? ¿Miércoles? ¿Jueves?
Giro lentamente la cabeza y observo con atención el resto de la estancia. Una suite con su correspondiente baño. Hay un armario empotrado de color blanco con puertas correderas, un espejo y una lámpara de pared encima de la cómoda, un sillón negro de esos que dan masajes (¡el que siempre había deseado!), las cortinas azules, ropa por el suelo y, en un rincón, una foto encuadrada de una pareja de novios, el día de su boda, dándose un beso. Desde donde me encuentro no distingo sus caras. Me incorporo un poco y me froto los ojos. Los enfoco todo lo que mi astigmatismo me permite, pero nada.
Oigo ruidos abajo. ¿Abajo?
-Buenos días -dice la mujer que dormía a mi lado y que ahora se ha despertado.
Lo ha dicho mirándome y, ahora que yo hago lo mismo, veo que no parece extrañada de verme, sino que sonríe. Me entra un chute de pánico pero, no sé muy bien porqué, disimulo.
-¡Hola! -respondo, devolviéndole una tímida sonrisa.
Ella se acerca como un felino y me besa, suave, en la boca. Sus labios descansan en los míos mientras me mira con sus grandes ojos azules. Huele a jazmín. Es guapa. Como mi mujer, pienso.
De repente, la puerta se abre y una niña de unos cinco años entra gritando:
-¡Mamá, Mamá! ¡Max se ha comido la cabeza de mi Nancy!
Y se pone a llorar mientras extiende la muñeca decapitada hacia nosotros. Mi mujer, quiero decir, la mujer que hace un instante me besaba, se levanta y corre a cogerla en brazos mientras le dice cosas dulces y la mece y le da palmadas en la espalda y me lanza una sonrisa de cómplice resignación antes de desaparecer con la niña escaleras abajo.
Suelto el aire que guardaba en el pecho desde hacía... ¿siglos? Meso mis cabellos, vuelvo a suspirar y me dejo caer en la almohada. El techo es de color blanco, como el de mi dormitorio, sí. Pero en éste no hay el desconchado de la esquina derecha. En cambio, casi en el centro, hay una muesca con forma de tapón de champán. ¿Champán? A mi no me gusta el champán.
Vuelvo a fijarme en la foto de la boda y decido acercarme para examinarla mejor. Cuando lo hago, pasa algo curioso. Cuánto más me acerco, más se alejan los novios dentro de la instantánea. Con lo cual, me encuentro igual que antes.
De pronto, una idea empieza a angustiarme. ¿Y si yo no soy yo? ¿Y si, cuando me mire en el espejo, no soy capaz de reconocerme? Siento nauseas y corro hacia el lavabo para mojarme la cara pero me quedo en el umbral sin encender la luz, paralizado, viendo una cara, que parece la mía, en las sombras del espejo. ¿Seguro que es la mía?
Apoyo un dedo en el interruptor de la luz cuando la puerta del dormitorio se abre de golpe y mi mujer entra, pasa por mi lado como una exhalación, me da una palmada cariñosa en la nalga derecha y se encierra en el baño.
-¡Ocupado! -grita, riendo mientras oigo repiquetear el agua de la ducha.
Podría mirarme en el espejo de la cómoda y salir de dudas, pero en vez de hacerlo decido bajar a desayunar.
Resulta que vivo en una casa pareada de dos pisos, en el barrio más elegante de la ciudad, con jardín y aparcamiento doble, una hija única (la de la muñeca) y un Cocker Spaniel marrón de grandes orejas y especialista en destrozar lo que se le ponga a tiro. Las cosas me deben ir muy bien, ya que cuando bajo a buscar el coche para ir a trabajar, me encuentro con un BMW plateado de alta gama.
Cuando salgo con el coche, mi nueva familia viene a la cerca de la entrada a despedirme, como si fuera el guión de una película ñoña, pienso. Bajo la ventanilla y mi mujer me besa otra vez y me desea un feliz día mientras, detrás de ella, mi hijita no para de agitar la mano "¡Adiós, papá!" y Max ladra y salta alrededor de ellas.
A punto de pisar la calle, veo a través del parabrisas que, en la casa de enfrente, se está produciendo una escena parecida. Aunque en su caso, es la mujer la que se marcha con sus tres hijos. Lo hacen montados en un imponente 4x4 negro, mientras su ¿marido? los despide con una gran taza de café entre las manos.
Por casualidad, durante un instante cruzamos la mirada. Mi vecina y yo. Un segundo. Un sólo segundo que se convierte en toda una vida. Y veo en sus ojos la misma angustia que ella debe sentir en los míos.
Luego, como si fuera lo más natural del mundo, ella gira a la izquierda y yo a la derecha. Camino de no sabemos dónde.
Con la llegada, en la segunda década del siglo XX, del comunismo a Mongolia, se suprimieron los apellidos para destruir el sistema de clanes, la aristocracia hereditaria y la estructura de clases del país. Setenta años después, con la caída de los comunistas, esta absurda medida se abolió y una gran mayoría de mongoles tuvieron que elegir un nuevo apellido. Muchos decidieron adoptar "Sansar" que en su idioma significa Cosmos.