Milésimas
"Sansar, te digo que ha sido una cuestión de milésimas, joder, ¡milésimas!
He llegado a la estación con tiempo y, después de comprar el billete y timbrarlo, he salido al andén, y, como todavía faltaban diez minutos para que llegara mi tren, me he sentado en un banco al lado de la puerta, ¿sabes cuál te digo?, sí, hombre, ese que está justo en medio, al lado del paso subterráneo."
Tenía seis años cuando vi mi primer muerto. El azar quiso que fuera otro niño pero mayor que yo. Debía tener unos diez o doce. Sucedió mientras mi padre y yo volvíamos a casa en nuestro coche. Circulábamos por la calle principal, a un par de manzanas de nuestro barrio, cuando vi a lo lejos a un chaval que jugaba a subir y bajar de la acera con su bicicleta. Parecía divertido. Justo cuando el coche que nos precedía fue a rebasarlo, el chico se trastabilló y dio un golpe de manillar. Un golpe seco con el faro derecho lo lanzó al asfalto y lo dejó inconsciente junto al bordillo. Mi padre gritó un "¡mecagüenlaputa!", detuvo el coche y salió corriendo a atenderlo, dejando su puerta abierta y el motor en marcha. En unos segundos se formó un barullo impresionante alrededor del chico. Yo, silenciosamente, bajé de la parte de atrás, me hice poco a poco un hueco por entre el enjambre de piernas que lo rodeaban y, en cuclillas, me lo quedé mirando largamente. Habría jurado que dormía de no ser por el hilillo de sangre que le corría por detrás de la cabeza y que, gota a gota, se iba perdiendo por la rejilla de la alcantarilla. Los mayores gritaban nerviosos, no paraban de ir y venir, se oía algún que otro sollozo, pero yo no dejaba de mirarlo. No podía apartar la vista. Era superior a mí. Había algo en su rostro inexpresivo... no sé, algo distinto a lo que había visto hasta entonces, algo que intuía que debía descifrar. Pero, no sabía muy bien el qué ni tampoco el cómo. Alargué la mano muy despacio y con un dedo le toqué el brazo, pero no se movió.
Cuando llegó la ambulancia, mi padre reparó en mí y, agarrándome del brazo, me devolvió con suavidad al interior del coche. Un interior que, en ese momento, se me antojó una especie de urna de cristal, donde mi padre suponía que estaría a salvo de las desgracias del mundo. Antes de cerrar la portezuela me ordenó muy serio que no mirara más. "Ahora la ambulancia se lo llevará al hospital y lo curarán", me dijo con una sonrisa forzada. Pero en sus ojos vi que no era cierto. Que no se curaría.
"Me acababa de sentar cuando, por la otra vía, ¡uff! todavía estoy temblando, ha llegado un tren de Barcelona, la gente... joder, ¡la gente es idiota!, en vez de utilizar el paso subterráneo, tooodo el mundo cruzando las dos vías por delante del tren, mira que está prohibido, ¿lo sabes?, ¿sabes que hay cuarenta mil señales que lo indican?, pero, oye, ni caso, ni puto caso."
Hube de esperar cerca de ocho años para ver mi segundo muerto. Fue una chica de mi colegio. Tanto ella como yo íbamos al último curso aunque a clases distintas. Yo era de 8ºA y ella de 8ºB. La chica, la verdad, era de lo más normal, ni guapa ni fea; con notas normales, ni sobresalientes ni suspensos; con una familia normal, ni rica ni pobre; y amigos también más o menos normales, nosotros.
Quizá fuera ese tono de normalidad, que en cierto modo nos hermanaba, lo que más me impresionó cuando al mediodía de un sábado la vi caer desde su ventana, un décimo piso, y reventar contra el suelo. Fue un vuelo que no duró más que unos segundos, pero que a mí me parecieron toda una vida. Después, unos dirían que se suicidó y otros que no, que se cayó. Nunca se supo. La casualidad hizo que aquella segunda vez también estuviera acompañado de mi padre, tomando un aperitivo en la terraza de un bar próximo. Pero, en esa ocasión, fui yo el que se acercó a ver el cuerpo mientras mi padre se quedaba en la mesa esperándome. Como con el niño de la bicicleta, me situé a su lado, me puse en cuclillas y la estuve mirando largamente. No había nada que hacer. Sin saber porqué, alargué la mano y le apreté un poco el brazo, lo justo para notar sus huesos rotos, como cuando metes la mano en una caja de cereales y coges un puñado. Me fui. Aquella vez ya no había nada que descifrar.
"Por los altavoces han anunciado que por la vía de al lado estaba a punto de pasar un tren de mercancías, en sentido contrario y sin parada, y, y... ¡joder!, no hacían más que repetir que nos alejáramos de las vías, Sansar, ya sabes lo rápido que van esos trenes cuando no paran, lo sabes, ¿verdad?, ¡pasan como una exhalación, como un vendaval!"
Desde lo de esa chica de mi colegio, he visto algunos muertos más, no sé cuántos, tampoco muchos, pero casi todos han sido por la tele y últimamente en youtube. Siguen siendo muertos, claro, pero el que se interponga una pantalla le resta cierto realismo. O, eso me lo parece. Quizá sea un tema de proximidad o de saturación, vete a saber.
El caso es que mi tercer muerto "de verdad" fue el de mi padre hace doce años, a principios de un abril frío y lluvioso. Murió cuatro meses después de que le diagnosticaran cáncer de páncreas. Murió en los huesos, como un pajarito. Murió en su cama, ciego de morfina, pero rodeado de la familia. Y, murió sabiendo que se moría, que sabía que yo sabía que se moría, pero se fue sin pronunciar palabra sobre ello. Ni él ni yo.
"El otro tren, el de mercancías, venía a toda leche, lo estaba viendo desde donde estaba sentada, y no hacía más que pitar, venga a pitar, pitaba y pitaba, pero la gente ni caso, seguían pasando como si nada, y era tantos, que acabaron apelotonados en la cuesta para subir al andén, entonces fue cuando vi al chico, vi su cara, era joven, de unos veintitantos, no sé, con una gorra y una mochila al hombro, se disponía a traspasar la vía, el tren llegaba, estaba llegando, y él... él dudó durante unas milésimas, ¡fue una cuestión de milésimas, Dios!, ¡unas milésimas de mierda!, dio un paso y... ¡pum!, desapareció, se lo tragó, visto y no visto.
Quise gritar, pero no pude, me quedé sin aire mientras el tren pasaba y pasaba por la estación, no se acababa nunca, parecía que iba a estar toooda la vida pasando, vagones y más vagones, pero, al final se fue y me encontré con un brazo en la vía frente a mí y parte del cuerpo ya sin ropa unos metros más allá, no sé dónde fue a parar la cabeza pero, créeme, no tuve ánimos para averiguarlo."





salustiana dijo
mi primer muerto creo que fue mi abuelo. Lo velaron en el pueblo, en una habitacion iluminada solo por unos cirios. Me empujaron dentro, junto a unas plañideras que no dejaban de lamentarse y yo salí corriendo mirando por el rabillo del ojo. No le reconocí en ese cuerpo ni con esa cara. Los siguientes fueron suicidas del tren y del metro pero las sábanas siempre me impidieron ver lo que había debajo. El siguiente muerto que recuerdo fue mi otro abuelo. Lo miré y no sentí nada, ni una lagrima. Tampoco se hizo querer. Un par de ellos más creo recordar. Todos han sido en tanatorios y, salvo el último, que me entristeció de veras, tampoco me impactaron mucho. Supongo que mis muertos nunca me han dejado demasiado dolor. En realidad creo que el muerto que más dolor e impacto me ha causado es el de un perrillo que se me murió, esa imagen me acompañará siempre.
14 Septiembre 2008 | 10:35