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├♦ hipersalomas garitas ♦┤sergio e. malfé.

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20 Agosto 2006

"La Risita...X" (dupla), Narración:


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-Cualquier semejanza de los personajes y/o situaciones en esta ficción, con hechos y/o personas reales es mera coincidencia-.

La Risita... - La Maldita - Lo.co Regidor:


Narración en dos módulos ó capítulos que el lector puede secuenciar con su propio ordenamiento.
X): [es parte integrada con lo publicado el 21 de agosto; Y] :


   ...En un momento descongestionado, sin dejar de mirar al tránsito; Luisa mete la mano en el bolsillo del frente de su chaquetita azul, saca de allí una pequeña cosa oscura y nítida; me alcanza la Berretta 6.35, una pistola. La reviso, compruebo el cargador completo, recámara vacía, seguro puesto. “En estos negocios”, me dice ella, “ya no podemos ir desprevenidos”. Saco el seguro, muevo la corredera y guardo la preciosura, en mi campera con bolsillos espaciosos al frente.
No nos queda más tiempo, ni necesitamos más. Ya dejamos la autopista para alcanzar Villa Argentina, por la breve ruta arbolada, muy linda.
...Es angustiante dejar la cáscara del automovilito, y caminar hasta la cafetería restaurante anodino, en que convení encontrarme con ellos. Son una pareja; que se acercaron a mí en una moto, dos días atrás; para abruptamente ofrecerme un negocio instantáneo. Me dieron una muestra. Y entonces me dijeron que me esperarían en este Bar Córdoba, de la Avenida Aldao; que yo les caía bien, llevarían una libra, me iba a costar 160 Sollars...
...Es angustiante sobrellevar un encuentro, con algo tan diferente, tan otro y desconocido; pero doy los pasos necesarios. La Casa de Comidas está casi completa de gente, en la pausa de sus ocupaciones. Y en una mesa amplia de una esquina, está la muchacha del dúo; sola y mirando una guía de teléfonos. Parece que no me ve, cuando yo entro al ambiente rutinario del restaurante, me acerco a su mesa, levanta la mirada de la guía. Y en un solo movimiento se para, me da un beso de salutación tipo de gran amistad, alcanza la guía al mostrador cercano, me dice que me siente; y se ubica tan serena, seria y radiante, detrás de unos lentes como de profesora... Me mira con calma y me dice operativamente, que tenemos que conversar un rato, para no llamar la atención.
Lo que entiendo es que debo distenderme, e improvisar un personaje rutinario, para hacer de lo más corriente nuestro encuentro, ante las caras de todos los comensales y empleados del lugar. Veo que sobre la mesa, hay una bolsa de compras de un supermercado. La muchacha se refiere a mi observación y me dice, que la libra está ahí, que es de muy buena calidad, que en realidad me están haciendo un favor, porque en la Capital ellos, lo podrían vender al doble de lo que yo voy a pagar. Y de pagar hablando; que si traje el dinero; ya se lo puedo pasar por debajo de la mesa. No puedo hacer más que confiar en ella, que me dice se llama Marlene, mientras toma los Sollars, y los echa en su bolso de mano, en el asiento a su lado, sin levantar la mano ni mirar lo que le doy.
Marlene me pregunta como me llamo, a qué me dedico. Cuando le digo solamente mi primer nombre, Coulf, ella se entretiene en adivinar de dónde vendré. Así tanteando, dice que ya les había parecido a los dos, junto a Romo, su “socio”, que yo era un extraño en la Villa. Pero que no me haga problemas, porque se nota que voy “bastante bien con todo”. Cuando le resumo de lo que hago, con algo de verdad, mentándole que vivo en una casa rodante en las colinas; a la muchacha le interesa mi supuesta condición de nómade, para proponerme que haga yo ventas, de a onza en la Capital. Le digo que lo voy a pensar. Y ella repone que puede ser buen negocio, para ellos como para mí, que soy una “persona inteligente”; cree que voy a poder “zafar de cualquier choque”, porque siempre surgen crisis “en un negocio”. Y desprevenida, casualmente, toma de la bolsa de compras una cosa que desliza hacia mí jovialmente, por encima de la mesa. “No vayas a tomar mucho té, que no vas a poder dormir”, me dice en un tono más alto, que cualquiera puede entender como un irónico comentario amistoso, a propósito de cualquier cosa.


La caja de cartón, de té común en saquitos, perfectamente cerrada y envuelta en su celofán; deberá reposar en la mesa sin que yo le demuestre mayor interés, entiendo. El mozo se acerca a nuetra mesa y yo le pido unos canelones, anunciados en un letrero, más una cerveza. Marlene va a seguir tomando otra ViPeridina. El mozo se va; yo levanto un poco, como mecánicamente, la caja de té en saquitos. Y efectivamente, hay algo bien compactado adentro, una libra hermética.
Como que ni pienso enroscarme en las transacciones del otro lado, que me propone Malene; pero para mantener la conversación, y poder reponer el abastecimiento en el futuro; le pregunto cómo podré verlos, por cualquier decisión que tome sobre el asunto de la Capital. Ya viene el mozo co las bebidas. Rápidamente, Marlene cubre el bache silencioso que se pudo producir, hablando de una “granalla”, que supuestamente entregó en un “taller de orfebre”. Se amplía ella describiéndome las maravillas que el tal señor produce, con nombres y señas.
...“Acercate acá al mediodía, o al otro bar de enfrente. Si algún día no estamos, insistí; ó a la semana siguiente... ¿Y qué tal te pareció lo del otro día?; ¿buena cosa, no?”. El mozo nos había dejado con las bebidas, y Marlene buscaba aparententemente en mí, las congratulaciones que me consolidasen como su cliente. “Uuh; no sé cómo será...”, invento yo: “Lo llevé a una casa de visita; y charla que te charla quedó abierto en una mesa. Cuando con mis amigos nos dimos cuenta, se lo habían comido sus gatos”. Marlene me clava la mirada y yo me conmuevo. Sé, en mi disimulo, por como me observa rápida y profundamente; que piensa de lo que digo que es una macana. “Qué cagada”, comenta; a la vez que yo me escondo detrás del vaso de cerveza. Traen los canelones. Mientras tomo los cubiertos, para jugar la escena hasta el final, pienso que deberé tener la mirada bastante alterada; tanto por la piedra que se quemó anoche, como por la pinta de whisky zampada esta mañana.
“No tenés que comerte todo, Coulf”, me dice la muchacha muy risueña, en tono bajo, íntimo y contenido. Se la ve satisfecha cuando bebe ViPeridina de su alto vaso, echando la mirada por sobre todo, dando a compartir su presencia en el bar. Y vuelve a la carga con la cosa: me invita a ir hoy mismo con Romo y ella, “a quemarla en unas hermosas pipas de plata individuales”, con las que enfatiza y subraya así unos brillos, insospechados para mí: “Vas a entender lo que es...”.
“Mirá, no puedo, ya tendría que haberme ido”, le digo. “¡Ah!, sos casado”, manifiesta ella desencantada. Como yo le indico que en realidad tengo a mi compañera, insiste entonces Marlene, para que traiga más tarde a Luisa, que ya la enteré de su nombre. La muchacha opta pro proponer una reunión: “Armamos un cuarteto, una cuadrilla, como vos quieras”.
Por ahora, ya afortunadamente ocupado con una parte de canelón en la boca, puedo pensar un momentito que responder. Así que llego a soltarle otra pepa inventada: “Luisa tiene que cuidar al bebé, cumple cinco meses recién; y nos tiene bastante ocupados; mucho más Luisa, que está todo el tiempo al trote con el pecho. Otra vez será”. Y continúo con los canelones. Pero entonces ella quiere, que le dé precisiones de donde tenemos la casa rodante. Sugiere que ellos se pueden acercar, adonde estemos parando. Tomo el final de la cerveza, y le respondo; que se imagine toda la serenidad incontaminada que buscamos Luisa y yo con el bebé: “Tan violenta sería una alteración de la Naturaleza donde nos refugiamos; con esa motocicleta irrumpiendo en la calma y el silencio que elegimos. Y además, yo no tengo mucho tiempo para reuniones, así como están las cosas”, concluyo ceñudo; “que me paso los días fabricando carteras, trabajando en cueros; que mucho nos cuesta sostener lo que elegimos”... Luego Marlene resigna: “Hoy no digo una palabra más en este bar”. Pero agrega: “Si estás listo; es mejor salir juntos”. Por lo que yo manoteo sin mucho control al paquete de té. La Malene se echa atrás en su silla; y medio como que me definiese con una risita musitada y una mirada jerárquica. Yo me imagino estar mirando en la vereda del otro lado del ventanal...


Desde la vereda puedo ver traslocado, como Marlene me habla a mí ahí sentado frente a ella. Veo que le estoy contestando, que llamo al mozo y pagamos la cuenta. En mi ubicación imaginada, sé que le estoy contestando a Marlene en la mesa: “Ya estoy listo para salir... De la puerta del bar caminaré hacia la izquierda”. Esta conversación que observo desde afuera me interesa; apoyo la mano como visera en el cristal del ventanal y me acerco, para poder ver mejor lo que pasa. Al tocar el vidrio la siento a mi mano mojada, pegajosa. Miro lo que me sucede y resulta que estoy ensangrentado, la mano empapada en sangre que chorrea. Y uso la otra mano para darme cuenta de que tengo un horrible tajo en el brazo, un poco por debajo del hombro. Busco como me vino esto que me sucede; miro hacia la calle y allí, en la vereda, la tengo a Marlene con alguien más. Este otro es una cara rígida, un tipo que me dice ser ‘policía’. Marlene procede entonces a mostrarme en un gesto finalizador, como en convalidación de lo que yo pueda hacer ó decir; me muestra la navaja manchada con mi sangre, que pliega y guarda en un bolsillo del ‘policía’. “¿Tiene documentos?”, me pregunta él. Yo contesto que sí con la cabeza, alzo la mano hasta el bolsillo de la campera y empuño la automática ya lista: UN, DOS, TRES; al bulto de tan cerca que estamos; giro y la busco a Marlene; pero para alcanzarla tengo que entrar de nuevo al bar y llegar a la mesa. Atravieso por entre las mesas, con gente apavorada que se levanta en un silencio oprimente, tenso, de sillas que se caen, platos y copas que se rompen. Y otra vez: UN, DOS, TRES, sobre el cuerpo de Marlene. El bar estalla ahora en gritos. Yo tomo el paquete de té que está sobre la mesa; y busco salir rápido del lugar, con la automática arriba, abriéndome camino...
“Ya, ...¡Ya!; ¿andas con sueño tú?”, me dice la muchacha. Andamos, yo detrás de ella, de vuelta del traspaso imaginario. Llegamos a la puerta y a la calle y es una breve detención para darnos un respiro. “Que sigas bien”, me dice ella. Yo, ya de vuelta de la figuración alterada que imaginé, puedo mover los labios, para preguntarle si no tendríamos que darnos un beso...
Y la muchacha oprime una mejilla tibia sobre la mía. Retrocede y me mira sonriente antes de girar, como yo también giro. Voy caminando rápido hasta el auto a pocos metros, abro la puertita, entro y me siento junto a Luisa, que surte una expresión de alivio y conformidad junto a un suspiro. Y los dos miramos como la muchacha es alcanzada allí por Romo, a unos pasos de la salida del bar, en la misma Avenida Aldao. Yo lo he visto salir del bar de enfrente. Ellos se toman los cuerpos y siguen caminando enlazados sin mirar atrás.
“Nos vamos”, le digo a Luisa, que abre el contacto del automovilito, echa para atrás un poco hasta la bocacalle, completa la maniobra para volver en sentido contrario, sin seguir a la otra pareja. Puedo ir diciéndole al irnos alejando todo lo que pasó; hago que veo la caja de té. Y ella enseguida me urge a que busque en su cartera los papeles. Pero a mí me parece muy complicado, muy desprolijo. Añado que ya es posible, por la hora, que hagamos otra cosa: la evocación para Kalumán, nuestro duende de la tarde. Luisa asiente, mientras el auto rueda ya por la autopista. Y los dos ofrecemos nuestra oración, ayudándonos a recordarla:

“Oh, señor kalumán, que piensas las estrellas,

no dejes de sostener al sol ahora.

Piensa también en nosotros con paciencia.

Ilumina con tu plétora las tardes y las noches.

Piensa en el Sol, kalumán; no dejes que

se caiga ni apague. Y cosas bellas haremos

en la luz, para que tú las sientas y las veas”.


-\Clickar aquí para ver el enlistado de poemas fichados en el Blog/-.



Todo esto que conté fue lo más importante de hoy... Luego, sin ulterioridades llegamos a la casa; pudimos revisar el paquete de “té”. Encontramos casi todo como supusimos que debía ser. Y sin demora Luisa comenzó a hacer sus rodillitos tan delgados, como a ella le gustan. Y sin dramas yo también, me puse a contarles lo de hoy, como muestra de un modo de andar en este país. Ya se hizo de noche. Mañana le mando esta historia por correo postal el editor. Ahora me voy a llegar al taller de Luisa. Vamos bien tarde a ver como terminamos el día.


Imágenes de Wiki-Commons: Buchanan-Hermit Y Matthew Trump


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Tags: agosto 06

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