Mientras cenaba unas gotas de sangre salpicaron mi vestido. Sorprendida, miré la mesa. Mi madre le había seccionado un dedo a mi padre. El dedo anular izquierdo, donde debe ir la alianza. Nunca llevaban anillos de casados, en realidad, no sé si los han llevado alguna vez. Tampoco se suelen besar en los labios, como tantos otros clichés de pareja y familiares.
Miré atónita la escena, ese dedo rodando ya por la mesa. Mientras, mi hermano se hacía el avión cambiando el canal de la televisión. La verdad es que la programación de Nochevieja es terrible.
Mi padre, impasible, se limpió la sangre con una servilleta y prosiguió cenando. Si fuese zurdo como yo, hubiera tenido problemas para seguir comiendo.
En fin, tampoco me quise entrometer. Las cosas de pareja quedan en dos…

Al terminar de cenar, mientras ayudaba a recoger la mesa cogí aquel dedo con cariño. Aún no sé qué hacer con él. Creo que lo guardaré en mi cajón de las cosas sin remedio. Supongo que mi resignación pasiva me viene de mi padre.