Me vuelvo pequeñita observándote los milímetros de bella normalidad. Como si fuese un microscopio, me quedo pendida en una pestaña. Meciéndome en ella.
O acurrucada en una pequeña cicatriz de viruela que a mí se me antoja sexy.
Me encanta quitarte las pelusas del ombligo. Ese remolino de piel perfecto, casa del día a día.
Tus canas incipientes sólo me auguran más años contigo. Hasta que seamos los dos dulces pasas, desdentadas, grises y encorvadas.
Y aún con esas, tu belleza normal, cotidiana, simple, seguirá asombrándome, y mirarte con lupa cada milímetro de piel ajada, de surcos, de arrugas del tiempo, continuará siendo uno de mis pasatiempos favoritos.